¡Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra!
José Martí
Cada cierto tiempo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, algún secretario de Estado, algún senador especialmente beligerante o algún portavoz de la maquinaria propagandística imperial vuelve a recordarle al mundo una supuesta evidencia: Cuba representa una amenaza para la seguridad nacional estadounidense.
La afirmación provoca sonrisas en cualquier persona mínimamente familiarizada con la realidad. Hablamos de una pequeña isla caribeña de poco más de once millones de habitantes, sometida durante más de seis décadas a un bloqueo económico, comercial y financiero sin precedentes, que carece de armamento estratégico, bases militares en el extranjero, flotas desplegadas por todos los océanos o capacidad para proyectar fuerza militar más allá de sus fronteras.
Frente a ella se encuentra la mayor potencia militar de la historia de la humanidad. Un país con más de 800 bases militares repartidas por todo el planeta, un presupuesto militar superior al de todos los siguientes países juntos, portaaviones capaces de desplazarse a cualquier rincón del mundo y un arsenal nuclear capaz de destruir varias veces la vida sobre la Tierra.
A primera vista, la acusación parece ridícula.
Sin embargo, quizá Trump y sus voceros no se equivocan. Quizá, en cierto sentido, dicen la verdad.
Lo que olvidan explicar es la naturaleza de esa amenaza.
No se trata de misiles.
No se trata de bombas.
No se trata de ejércitos.
No se trata de actos terroristas.
No se trata de armas biológicas.
No se trata de ninguna de las formas convencionales mediante las cuales los Estados suelen amenazarse unos a otros.
La amenaza cubana es de otra naturaleza.
Es una amenaza moral.
Es una amenaza política.
Es una amenaza ideológica.
Es una amenaza ejemplar.
Lo que inquieta a Washington desde 1959 no es la capacidad de Cuba para destruir Estados Unidos. Lo que le preocupa es la capacidad de Cuba para demostrar que otro camino es posible.
La Revolución Cubana cometió, desde la perspectiva imperial, un pecado imperdonable: desafiar al poder más grande del planeta y sobrevivir.
Y no solo sobrevivir.
También alfabetizar.
También universalizar la sanidad.
También formar médicos.
También enviar maestros.
También compartir lo poco que tenía, incluso lo que le faltaba, con pueblos mucho más pobres que ella.
Mientras las grandes potencias exportaban guerras, Cuba exportaba solidaridad.
Mientras algunos enviaban marines, Cuba enviaba brigadas médicas.
Mientras otros imponían sanciones, Cuba enviaba vacunas.
Mientras los defensores del mercado prometían prosperidad futura, Cuba mostraba que incluso bajo las condiciones más adversas era posible colocar al ser humano y el medio ambiente en el centro de las prioridades políticas y económicas.
Esa es la verdadera amenaza.
Porque los imperios no temen únicamente a quienes poseen fuerza material comparable. Temen, sobre todo, a quienes no acatan su hegemonía.
Un misil puede destruir una ciudad.
Una idea puede atravesar continentes.
Una bomba puede causar devastación.
Un ejemplo puede inspirar generaciones enteras.
La historia demuestra que las grandes potencias suelen soportar mejor los desafíos militares que los desafíos morales. Los ejércitos pueden ser derrotados. Las ideas son mucho más difíciles de neutralizar.
Por eso, durante más de sesenta y siete años, administraciones republicanas y demócratas han pasado por la Casa Blanca intentando doblegar a Cuba.
Han cambiado los presidentes.
Han cambiado los discursos.
Han cambiado los métodos.
Han cambiado incluso los escenarios internacionales.
Pero Cuba sigue ahí.
Ha visto pasar a Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton, Bush hijo, Obama, Trump, Biden y nuevamente Trump.
Todos llegaron prometiendo el final de la Revolución.
Todos se marcharon.
Cuba permaneció.
La paradoja resulta extraordinaria. La superpotencia más poderosa jamás conocida sigue presentándose como víctima potencial de una pequeña isla bloqueada y asediada.
Tal vez porque, en el fondo, comprende algo que rara vez admite en público.
Las armas más peligrosas no siempre son las que fabrican las industrias militares.
A veces son las que nacen de la dignidad.
A veces son las que se construyen con solidaridad.
A veces son las que se forjan mediante la resistencia.
A veces son las que se transmiten a través del ejemplo.
Y frente a esas armas, Cuba ha demostrado poseer un arsenal extraordinariamente resistente.
Un arsenal compuesto por médicos, maestros, científicos, internacionalistas y ciudadanos capaces de defender su soberanía frente a enormes sacrificios.
Esa es la amenaza que realmente preocupa al imperio.
La posibilidad de que los pueblos descubran que la fuerza no siempre reside en el tamaño de los ejércitos, en la riqueza acumulada o en la capacidad de imponer sanciones.
La posibilidad de que comprendan que la dignidad también es una forma de poder.
Y esa es una batalla que Cuba lleva más de seis décadas librando.
Y ganando.
Pero no olvidemos algo:
Cuba no solo ha sido un símbolo de resistencia. Ha sido, durante décadas, un ejemplo de solidaridad internacionalista con los pueblos del mundo. Allí donde hubo una catástrofe, una epidemia o una necesidad urgente, llegaron médicos, maestros y cooperantes cubanos. Cuba compartió lo que tenía y, a veces, incluso lo que le faltaba.
Por eso, ante el recrudecimiento de las amenzazas, del bloqueo y las nuevas medidas de asfixia impulsadas por la administración Trump, no basta con admirar la resistencia del pueblo cubano desde la distancia. Este cerco económico, político y financiero, que castiga a millones de personas, exige una respuesta activa de quienes creemos en la justicia, la soberanía y la dignidad de los pueblos.
Hoy la solidaridad no puede ser una palabra vacía. Debe traducirse en denuncia, en apoyo, en compromiso y en acción. No podemos dejar sola a Cuba frente a este asedio medieval.
Porque defender a Cuba no es únicamente defender a una nación, a un pueblo, a una Revolución. Defender a Cuba es defender el derecho de los pueblos a decidir su propio destino. Es defender la cooperación frente al egoísmo, la dignidad frente a la imposición y la humanidad frente a la lógica de la fuerza. Defender a Cuba es defender la mas bella de las causas.
Acabar con Cuba no significaría solo intentar destruir una revolución. Significaría golpear una de las experiencias de solidaridad más profundas que ha conocido nuestro tiempo. Por eso, hoy más que nunca, Cuba necesita la solidaridad activa de todos nosotros. Cuba, su pueblo y su gobierno revolucionario tienen que sentir que cuando decimos Cuba no está sola, no lo decimos por decir, no hablamos por hablar.
Cuba le ha dado mucho a los pueblos del mundo, a la humanidad, y ahora es la hora de devolverle un poco.







