La cultura saharaui no es únicamente una expresión artística o una herencia simbólica: es el código genético de nuestra identidad nacional. En ella se condensa nuestra historia, nuestros valores y nuestra capacidad de resistencia. Es, además, la raíz viva de nuestros derechos humanos y el fundamento desde el cual se articula nuestra defensa política.
En una conversación con mi tío y profesor, el antropólogo Bahia Aawah, abordamos el concepto de culturicidio, un término emergente en la antropología contemporánea que comienza a abrirse paso tanto en el ámbito académico como en los foros internacionales. Más allá de su dimensión teórica, existe un aspecto crucial: su posible reconocimiento jurídico en el derecho internacional, lo que permitiría emplearlo como herramienta en la denuncia y defensa de pueblos víctimas de la destrucción cultural sistemática.
En el caso del Sáhara Occidental, las prácticas impulsadas por la potencia ocupante —el régimen marroquí— constituyen un claro ejemplo de esta forma de violencia. Se trata de una guerra silenciosa, dirigida no solo contra el territorio, sino contra la esencia misma del pueblo saharaui. Esta ofensiva se intensificó especialmente tras los acontecimientos de Gdeim Izik, marcando un punto de inflexión en la estrategia de dominación cultural.
Sin embargo, pese a la presión constante, el pueblo saharaui continúa demostrando una notable resiliencia. La preservación de su identidad sigue siendo una tarea histórica irrenunciable: reconstruir lo destruido, restaurar lo manipulado y proteger aquello que aún resiste.
Las protestas del 8 y 9 de noviembre de 2010 en El Aaiún ocupado evidenciaron para Marruecos que la cultura saharaui constituye el pilar de la unidad y la dignidad de este pueblo. Desde entonces, se ha desplegado una estrategia cuidadosamente planificada —y ampliamente financiada— con el objetivo de sustituir esta identidad por una narrativa impuesta.
Uno de los instrumentos clave de esta política ha sido la proliferación de festivales y eventos “culturales” en los territorios ocupados. Presentados como espacios de convivencia, estos actos funcionan en realidad como mecanismos de manipulación simbólica destinados a legitimar la ocupación y diluir la autenticidad saharaui.
Hay un proceso de marroquinización cultural. El africano Ngũgĩ wa Thiong’o ya señaló que el verdadero poder colonial no se imponía únicamente por la fuerza, sino a través de la educación
Este fenómeno, ampliamente debatido entre saharauis en el exilio, en los territorios ocupados y en la diáspora, confirma la advertencia de Bahia Aawah: la destrucción de una identidad colectiva puede alcanzar niveles equiparables al genocidio cuando amenaza la existencia misma de un pueblo.
La historia demuestra que cuando un poder busca dominar a otro —política, geográfica y culturalmente— lo primero que destruye son sus particularidades culturales. Despojar a un pueblo de su lengua, sus símbolos y su memoria es despojarlo de su esencia.
El pensador africano Ngũgĩ wa Thiong’o lo expresó con claridad al señalar que el verdadero poder colonial no se imponía únicamente mediante la fuerza, sino a través de la educación. En esta línea, tras la retirada de España, Marruecos eliminó las escuelas bilingües hassanía-español, sustituyéndolas por un sistema educativo neocolonial dominado por el dialecto dariya y el francés. Así comenzó un proceso de marroquinización cultural destinado a erosionar la lengua, la memoria colectiva y los vínculos históricos con el mundo hispanohablante.
El caso saharaui resulta paradigmático: un Estado que fue colonia reproduce las mismas prácticas coloniales contra otro pueblo.
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CUATRO DIMENSIONES DEL CULTURICIDIO SAHARAUI
1. Patrimonio cultural inmaterial
El idioma hassanía y su tradición oral, pilares de la transmisión cultural, se encuentran gravemente amenazados. En las escuelas de los territorios ocupados, la hassanía ha sido sustituida por la dariya marroquí desde la infancia, mientras que su uso en espacios públicos o administrativos es desincentivado e incluso sancionado.
2. Educación y conocimiento
Desde el inicio de la ocupación, no se ha construido ninguna universidad en el Sáhara Occidental. Los jóvenes saharauis se ven obligados a emigrar a ciudades marroquíes como Casablanca o Rabat, donde la integración pasa, en muchos casos, por la asimilación cultural.
3. Símbolos materiales de identidad
La jaima saharaui, símbolo ancestral de la cultura nómada, fue prohibida tras las protestas de Gdeim Izik. Su criminalización revela el reconocimiento, por parte del régimen, de su profundo valor como emblema de resistencia.
4. Narrativa cultural y manipulación simbólica
La cultura se ha convertido en un instrumento de legitimación política. A través de festivales, producciones audiovisuales y exposiciones, se promueve una imagen distorsionada de la identidad saharaui, reduciéndola a una extensión del folclore marroquí.







