Este 18 de julio se cumplen 90 años del mal llamado «Alzamiento Nacional»: el inicio de una supuesta cruzada patriótica destinada a salvar España del comunismo y restaurar un orden basado en el catolicismo, la tradición y el autoritarismo. Es el mito fundacional del franquismo, construido durante cuarenta años de dictadura para justificar un golpe de Estado contra el legítimo gobierno republicano del Frente Popular, resultado de las elecciones de febrero del 1936.
Sin embargo, esa lectura de la historia tiene un reverso del que los demócratas y antifascistas debemos reivindicar ahora más que nunca. Porque el 18 de julio no solo marca el comienzo de la sublevación de un grupo de militares rebeldes, apoyados por buena parte de las élites económicas, la aristocracia y los terratenientes; también señala el inicio de una de las mayores resistencias populares al fascismo que ha conocido la Europa contemporánea.
Existe una idea ampliamente extendida según la cual España es el único país donde el fascismo venció y gobernó. Pero la realidad es más compleja. Mientras el nacionalsocialismo alemán llegó al poder tras un proceso electoral que culminó con el nombramiento de Hitler como canciller, y el fascismo italiano consolidó su dominio tras la Marcha sobre Roma y la posterior cesión del poder por parte de la monarquía, el fascismo español necesitó tres años de guerra, cientos de miles de muertos y una intervención militar extranjera decisiva para derrotar a la República.
El fascismo español, necesitó tres años de guerra, cientos de miles de muertos y una intervención militar extranjera decisiva para derrotar a la República.
Este hecho cobra mayor relevancia al recordar que, durante esos mismos años, la maquinaria militar del III Reich ocupó en cuestión de semanas buena parte de Europa. Polonia, Noruega, Dinamarca, Bélgica, Países Bajos o Francia sucumbieron con una rapidez que puso de manifiesto tanto la superioridad militar alemana como la incapacidad de los Estados europeos para organizar una resistencia eficiente. Además, en los Estados ocupados se formaron gobiernos colaboracionistas, como el Régimen de Vichy en Francia o el del Vidkun Quisling en Noruega.
En ese contexto histórico, España constituyó una excepción. A pesar de la enorme inferioridad material de la República, del embargo de armas impuesto por las democracias occidentales y de la ayuda constante que recibieron los sublevados por parte de la Alemania nazi y la Italia fascista, el golpe fracasó en buena parte del territorio y terminó convirtiéndose en una guerra de casi tres años. Aquella resistencia retrasó la victoria del fascismo mucho más de lo que sus promotores habían previsto y convirtió al pueblo español en uno de los primeros pueblos europeos que resistió y combatió militarmente al fascismo.
No se trata de convertir el 18 de julio en una fecha de celebración. Sería un error identificar el inicio de un golpe de Estado con una efeméride reivindicativa. Lo que sí merece ser reivindicado es la memoria de quienes, desde ese mismo día, decidieron defender la legalidad republicana y enfrentarse al fascismo cuando gran parte de Europa todavía lo legitimaba.
Con demasiada frecuencia se repite que «España fue el único país donde ganó el fascismo». Pero rara vez se añade que ese triunfo solo fue posible gracias a la intervención masiva de la Alemania nazi y la Italia fascista, así como las tropas coloniales del Ejército de África. También fue decisivo al abandono de la República por parte de las democracias europeas bajo la política de no intervención.
Reducir aquellos tres años a una simple derrota supone aceptar, aunque sea de forma involuntaria, el relato del franquismo. La Guerra de España también fue una historia de resistencia popular, de organización colectiva, de internacionalismo proletario y de defensa de la democracia frente al fascismo.
Porque el franquismo gobernó España durante cuatro décadas, pero nunca consiguió borrar el hecho de que el pueblo español fue uno de los primeros de Europa que decidió plantar cara al fascismo con las armas en la mano. Y esa es una tradición democrática y antifascista que también forma parte de nuestra identidad colectiva, y que ahora más que nunca, debemos reivindicar.







