Más fútbol, otro fútbol

Durante la guerra civil, la JSU, para recaudar fondos para la República, organizó un partido de fútbol de dos selecciones de jugadores vascos de élite. Fue tal el éxito que les enviaron a Europa para recabar solidaridad.
Las selecciones vascas en San Mamés

Yo también disfruté con la victoria de la Roja, tras haber deseado su triunfo. Reúne más valores de equipo que ninguna obra selección, juegan bien, se apoyan, y cada uno de sus jugadores parece un buen chaval. Tiene un entrenador humilde, que pone por encima del futbol el hecho de ser buenas personas. Llegó a decir que en su selección nadie podía estar si no tenía esa condición, aunque fuera un buen futbolista. Pero esos chicos volverán a sus clubes, a estar bajo la influencia de magnates que les insuflarán ideas tóxicas, que les harán sentirse dioses. Y entonces habrá que volver a recordar lo incongruente de ese fútbol, de esos salarios, donde manejan cantidades que son obscenas. Y algún día habrá que meterle mano a eso. Seguramente el fútbol, el deporte, es el lugar donde se muestra con más claridad la derrota de las ideas de la izquierda transformadora, revolucionaria, en el terreno de la hegemonía. No tenemos ninguna alternativa. No nos atrevemos a construir un modelo antagonista. Pero no siempre fue así. Traeré varios ejemplos de otro fútbol, cuando el deporte también era una cancha en la que se libraba la batalla para construir otra sociedad.

Seguramente el fútbol es el lugar donde se muestra con más claridad la derrota de las ideas de la izquierda transformadora, revolucionaria. Pero no siempre fue así

El primero sucedió en Irún en 1933. Los comunistas iruneses se enteraron de que un equipo de fútbol soviético se encontraba de gira por Francia, y que, después, iba a disputar varios partidos en España. Así que, a través de sus camaradas franceses, contactaron con el equipo ruso, con el fin de organizarles un acto de recepción, con una comida de homenaje, cuando pasaran la frontera. Se pusieron de acuerdo de inmediato, pues una de la misiones de la gira de los deportistas soviéticos era la de estrechar lazos con las organizaciones obreras europeas, para promover entre ellas otro tipo de deporte, el deporte de los trabajadores, no profesional. Conocida la fecha de su llegada, encargaron un convite para veinte personas en un famoso restaurante irunés. El dinero para pagarlo lo fueron recaudando de aquí y allá, recabando la solidaridad con los soviéticos.

En la misma mañana del acto se enteraron de que las autoridades españolas no permitían cruzar la frontera al equipo soviético, impidiéndoles realizar la gira por España. Era uno de los nuevos signos represivos del gobierno de la derecha del “bienio negro”. Los iruneses, mientras tanto, muy enfadados, tenían preparado y pagado el banquete y no sabían qué hacer. Hasta que a alguien se le ocurrió la idea de convidar a los parados del pueblo como el mejor gesto sustitutorio. Y eso hicieron. Con la lista de parados de Irún, fueron llamando a unos y otros hasta completar el mismo número de personas que las previstas para el desaparecido equipo soviético.

El segundo fue en plena Guerra Civil. Para recaudar fondos pro-Komsomol, un barco soviético que, portando ayuda para la República española, fue hundido por la flota franquista. La JSU decidió organizar un partido de fútbol en San Mamés. Lo jugaron dos selecciones de jugadores vascos de élite. Y tal fue el éxito del encuentro, su eco en la población, que con los jugadores que lo disputaron se formó un combinado al que llamaron la selección vasca, con el apoyo del gobierno de Aguirre, y la enviaron a Europa para recabar solidaridad con la República española.

Jugaron partidos en Francia, Checoslovaquia Dinamarca, Polonia, la URSS. Tras caer el norte en manos franquistas, el equipo saltó a América para jugar allí con el mismo fin. En 1938 a la selección vasca se le permitió competir en la primera división de México, bajo el nombre de C.D. Euzkadi, logrando el subcampeonato. Tras la derrota republicana, y ya sin esperanzas, el equipo se disolvió. El núcleo de aquella selección no volvió. Algunos de sus jugadores alimentaron las plantillas del San Lorenzo de Almagro, del River Plate, argentinos; otros ficharon por clubes de México.

El tercero ocurrió en 1973. Chile y la URSS debían jugarse una plaza de repesca para el Mundial de fútbol de 1974, a celebrar en Alemania. El partido de ida se disputó en septiembre en Moscú con resultado de empate a cero. El Chile de Pinochet dispuso celebrar el partido de vuelta, el 21 de noviembre, en el Estadio Nacional, aquel que había sido campo de concentración y torturas, dos meses atrás, tras el golpe fascista; donde habían asesinado a Víctor Jara y a tanta gente. Los soviéticos solicitaron un cambio que Pinochet no concedió. La URSS no se presentó al encuentro. Chile salió al campo y marcó un ridículo gol fantasma. Los soviéticos, que no hacían todo bien, aquí se comportaron correctamente, poniendo otros valores por encima del deporte.

En el pasado mundial vimos cosas inauditas: Infantino obedeciendo la llamada de Trump exigiendo que levantaran la sanción a un jugador; la prohibición de alojarse en EE.UU. a la selección de Irán; la exclusión de un arbitro africano que no era del agrado de EE.UU. Son cosas que sólo pasan cuando en el deporte no prevalecen los principios, que es cuando desaparecen los valores de la solidaridad.

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