Un sueño llamado Roma

Vivimos en un momento en el que se grita mucho y no se sabe susurrar. En la fase que viene hay muchas mujeres feministas en primera línea del espacio político. Es una esperanza y una oportunidad de hacer las cosas sin levantar la voz

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En los primeros minutos de metraje de aquella ya casi clásica Gladiator de Ridley Scott un Marco Aurelio a punto de poner fin a una última guerra, encarnado por el magnífico Richard Harris, se preguntaba por el sentido de lo que hacían allí tanto él mismo como sus ejércitos ¿Para qué y por qué se lucha realmente? Qué podía justificar una vida que en veinte años había conocido menos años de paz que dedos hay en una mano.

Su interlocutor se revuelve y casi se indigna ante sus reflexiones y hace el recuento de soldados caídos y heridos en la batalla ¿cómo puede ser que el hombre en el que todos creen y por el que en último término han dado la vida tenga dudas? Ellos, le responde, han luchado por él y por Roma. Pero… resulta que este buen hombre no ha estado en Roma en su puñetera vida, y Marco Aurelio sí, así que las preguntas que se hace ahora que siente el final de su vida acercase, proceden, precisamente, del conocimiento de la realidad que su interlocutor ignora; de la incapacidad de idealizar lo que la experiencia ha degradado.

Y sin embargo, en vez de desterrar y despreciar la idea de Roma, decide tratar de restaurar su identidad. Y antes de que tan loable y ambiciosa idea le cueste el asesinato, nos regala esta magnífica y poética definición: “Una vez hubo un sueño llamado Roma, solo podías susurrarlo… a nada que levantabas la voz se desvanecía, tal era su fragilidad. Y ahora temo que no sobreviva al invierno”.

Todos los grandes sueños que se han cimentado sobre grandes ideales y han tratado se hacerse reales pasando de la utopía a la práctica han sido además de complejos frágiles. Algunos efímeros. Algunos convertidos en malos sueños. Algunos para olvidar. Muchísimos fracasados. Pero casi todos, si no todos, dignos de admirar aunque solo sea por haberlo intentado. De lo único que siempre se arrepienten los seres humanos al final de sus vidas es de lo que ni siquiera se intentó. Los errores y hasta los fracasos son mucho menos amargos que los vacíos y las nadas.

Vivimos en un momento en el que casi nadie sabe susurrar, se grita mucho más que se susurra. Se ha vociferado tanto en los últimos tiempos que a veces el ruido no permitía escuchar las palabras, y así no es de extrañar que -como decía Marco Aurelio- los sueños parecieran desvanecerse, pues también ahora tal es su fragilidad. Pero tampoco nosotros debemos renunciar a Roma, o no debiéramos hacerlo. Si aún recordamos cómo era, o incluso cómo creíamos que era cuando luchábamos por ella, tan solo debemos aprender a invocarla entre susurros, sin levantar la voz.

Que tantas mujeres, mujeres feministas, estén en primera línea en el espacio político de la izquierda en esta fase que viene y que previsiblemente se acelerará durante los próximos meses, solo puede ser una buena señal y una oportunidad, quizá para ellas sea más fácil hacer las cosas susurrando y sin levantar la voz.

Así seguro que el invierno es mucho menos duro de lo que tememos y Roma sobrevive hasta que llegue la primavera.

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