Esto no es una película. Dirigida por Jafar Panahi y Mojtaba Mirtahmasb. Irán, 2011.
Estreno en España: 13 abril 2012
Distribuidora: Aquelarre Cine.
De Nicolás a Sarkozy. Dirigida por Xavier Durranger. Francia, 2011.
Intérpretes: Denis Podalydès, Florence Pernel, Bernard le Cocq, Samuel Labarthe.
Fotografía: Gilles Porte.
Distribuidora: A Contracorriente Films.
Estreno en Francia: 18 mayo 2011.
Estreno en España: 20 abril 2012.
Casi al mismo tiempo se han producido dos estrenos cinematográficos de alto contenido político aunque de naturaleza formal radicalmente distintas. Se trata de “Esto no es una película”, que lleva la firma del iraní Jafar Panahi, y de la producción francesa “De Nicolas a Sarkozy”, dirigida por Xavier Durranger.
La primera insinúa en el título sus intenciones provocadoras, que sin embargo los directores tratan de camuflar en su desarrollo para protegerse, en lo posible, de las represalias del régimen de Teherán, pues en la actualidad Jafar Panahi padece la prohibición de hacer cine durante nada menos que 20 años, además de haber tenido que llevar a cabo una huelga de hambre para forzar su excarcelación. En efecto, con extremada inteligencia, el filme –que ha sido rodado siguiendo un guión, pese a su apariencia de ejercicio improvisado- desafía a los funcionarios represores de su país y a cualquier espectador convencional a otorgarle otro calificativo descriptivo que el de cuaderno de notas audiovisual de un condenado por la Justicia a un arresto domiciliario durante 6 años. No hay actores, o eso se diría, no hay trama, o eso parece, tan sólo Panahi conversando sobre su encierro por teléfono con su abogada mientras aguarda no muy esperanzado el veredicto de la Corte de Apelaciones, o intercambiando impresiones con el cineasta iraní Mojtaba Mirtahmasb que sostiene la cámara y el micrófono, a quien le cuenta ladinamente el guión que no ha podido rodar, hasta que aparece en escena un simpático chico que recoge las basuras (y bien podría ocultar tras ese humilde oficio a un espía del gobierno).
Dos pilares sostienen esta insólita propuesta, nada convencional, que dejará descolocado a más de un espectador que acuda a verla sin referencias: en primera instancia el grito de rebeldía, de protesta, de denuncia de la represión de un régimen que en muchos aspectos, y en éste particularmente mucho más, recuerda a los años nada gloriosos de la censura franquista. Llevar al mundo exterior la imagen y la palabra de un cineasta al que se ha privado de libertad y del derecho a ejercer su oficio es el pilar básico. Pero sobre éste se superpone un discurso interesantísimo sobre la naturaleza del cine mismo: ¿qué es cine?, ¿basta una cámara y alguien delante de ella contando una historia (como esa alusión implícita al «Dogville» de Lars von Trier, uno de los momentos brillantes de la cinta) para considerarlo cine?, ¿se puede hacer cine en un grado de escritura tan elemental como el del no-director hablando a cámara, incluso cuando la cámara es un simple teléfono móvil? Huelga decir que la respuesta es ambivalente y discutible, el abogado defensor alegará como el título que «esto no es una película», mientras que el cinéfilo descubrirá instantes de gran inspiración que son a la vez robados a la vida misma y fruto de una planificación.
Bien diferente es el juego de las apariencias en “De Nicolas a Sarkozy”, porque allí un soberbio plantel de actores encarna a personajes reales de la escena política francesa. Desde el “petit Sarko”, en sus tiempos de refulgente ministro, hasta sus más significados correligionarios, el propio presidente Jacques Chirac, o su directo adversario en las preferencias de éste, Dominique de Villepin, en realidad enemigos íntimos en la época que la película recrea, 2007, así como la por entonces esposa del propio Sarkozy, Cécilia, que mutó su condición de consejera por la de ex cónyuge y traidora, todos parecen haber cedido el alma a los intérpretes que les personifican en la pantalla, en un juego de ocultamientos, mentiras y también abierto despliegue de sables y navajazos, que convierten a la carrera presidencial por alcanzar el Elíseo en una variante moderna y políticamente sangrienta de «Las amistades peligrosas».
El carácter político es obvio en esta sátira edificada sobre las intrigas palaciegas, centrada en la figura emergente de un individuo que manifiesta una ambición y un ego gigantescos, en el marco de su imparable carrera al «trono» de la República francesa. El recorrido por avatares políticos y electorales ubica a esta película al nivel de «Los idus de marzo», esa excelente obra dirigida e interpretada por George Clooney, con la que guarda algunas semejanzas; por ejemplo, en ambas se da la paradoja de que los aspirantes a la presidencia son abandonados por la persona de confianza en el momento más inoportuno para ellos, exactamente cuando están a punto de conseguir aquello por lo que han estado luchando durante años. En el caso de Sarkozy la situación adquiere un tono de farsa romántica en consonancia con la personalidad del actual «candidato saliente», como le denomina el opositor socialista François Hollande.
Hay, pues, actores (excelsos, Denis Podalydès, como Sarkozy, y Bernard Le Cocq, en su presidente Chirac) y trama y todo aquello que se presume de un cine político (aunque Durringer mantiene un equilibrio perfecto entre su interés por quien ocupa el primer plano y la importancia que requiere el fondo en el que se mueve), a diferencia de lo que apuntábamos en el filme iraní. Pero no resulta fácil determinar, si es que hubiera que hacerlo -tantas son las diferencias-, en cuál de los dos pesa más la materia cinematográfica y en cuál es la política lo que se impone.
RECOMENDACIONES
Madrid, 1987, de David Trueba. Un prodigio de sobriedad de medios -dos personajes encerrados desnudos en un cuarto de baño- una magnífica escritura de diálogos y una exhibición interpretativa de José Sacristán: con talento todo es posible.
Grupo 7, de Alberto Rodríguez. El director sevillano reclama nuestra atención y no defrauda con un sólido y sórdido retrato de la retaguardia policial durante los fastos de la Expo 92.
Take Shelter, de Jeff Nichols. En la línea de los dramas de M.Night Shyamalan, Nichols sumerge al espectador en la psicosis apocalíptica de una familia media norteamericana. Desasosegante y fascinante.
Intocable, de Olivier Nakache y Eric Toledano. Romper los registros de taquilla suele ser mal presagio. Este infumable bodrio francés de humor simple y rancio confirma tan triste regla.







