La película como tal, no está ni mucho menos exenta de fallos narrativos, de clichés soporíferos que rayan en lo absurdo y de tópicos made in USA

Batman: la defensa del neoliberalismo

Cuatro años han pasado desde que se estrenara la aclamada segunda parte de Batman y desde entonces, los seguidores del murciélago han esperado como agua de mayo el cierre de la trilogía dirigida por Christopher Nolan. Pues bien, ya está aquí, ya podemos disfrutarla en cines desde el pasado 20 de julio.

Como es lógico, mucho se ha dicho sobre esta tercera parte; los foros en Internet siguen echando humo y provocando polémicas (generalmente entre fans y muy fans) y los hilos de discusión continúan generando páginas y páginas en las que por regla general, se aclama la entrega final del caballero oscuro.

La película como tal, no está ni mucho menos exenta de fallos narrativos, de clichés soporíferos que rayan en lo absurdo y de tópicos made in USA a los que ya estamos, lamentablemente, bastante acostumbrados. Tampoco podemos obviar que dos personajes tan carismáticos como los encarnados por Morgan Freeman y sobre todo por el magnífico Michael Caine, parecen estar en la película como dos extras cualesquiera; parecen decir en cada secuencia aquello de: “yo pasaba por aquí…”

Si el filme no da mucho de sí, aparte de grandes dosis de acción y marabuntas de extras que no es que la hagan especialmente aburrida, el trabajo de doblaje acaba por redondearla. En especial lo que han hecho con el malvado Bane, al que en ocasiones se le destapa una especie de acento gallego que oímos como por megafonía.

Pero centrémonos en algo concreto, en algo que llama particularmente la atención y que no es otra cosa que ciertas actitudes ideológicas que, con mayor o menor sutileza se van dejando sentir durante toda la película hasta el punto de casi conformar el eje argumental.
En resumen podemos decir que el villano Bane, (quizá percebeiro antes de dedicarse a esto del crimen) a través de una serie de actos que se podrían calificar de terroristas, pretende hacerse con el poder de Gotham para “devolvérsela a los ciudadanos”. Algo un tanto absurdo si tenemos en cuenta que guarda un arma nuclear bajo sus cimientos para hacerla detonar sí o sí. Bane acaba por crear un estado de excepción que da a la urbe el tufo de una ciudad sitiada, mientras políticos corruptos e individuos adinerados son juzgados por el vago espejismo de juicios populares. Batman y las fuerzas del orden (la policía, claro) deberán restaurar la situación y devolver el equilibrio a Gotham. Poco más.

La primera irrupción pública de Bane tiene lugar en la bolsa de Gotham para perpetrar una fechoría online. Él y sus secuaces entran a tiros mientras todo el mundo grita y se echa al suelo. Todos menos uno, que sentado aún en su silla de trabajo mira perplejo al imponente Bane mientras éste se le acerca con paso firme y decidido. El hombre, reculando en su silla mientras es agarrado por nuestro villano, le espeta: “Esto es la bolsa, aquí no hay dinero que robar”. A lo que Bane contesta: “¿Ah, no? Y entonces ¿qué hacéis vosotros aquí?”

Nuestro malo malísimo ya empieza a dar muestras de un cierto…inconformismo, por llamarlo de alguna manera.

Como era de esperar, decenas de coches de policía acuden a toda velocidad a las puertas del edificio –edificio que, como muchas otras cosas, recuerda a la ciudad de Nueva York-; multitud de cuerpos de asalto salen de camiones blindados para desplegarse por la zona y varios agentes empiezan a cortar las calles adyacentes.

En estas, un tipejo que quizá fuera broker y que consiguió salir del edificio, se dirige al oficial al mando en estos términos (cito de memoria): “Entren ahí y hagan algo”. El oficial responde: “No pienso arriesgar la vida de mis hombres por su dinero”, a lo que el broker replica: “no es mí dinero, es el dinero de todos”. Un agente que presencia la escena dice “yo el mío lo guardo bajo el colchón”. El broker se le acerca y dice: “Si no cortan las comunicaciones, mañana su dinero no valdrá nada”.

Otra escena significativa tiene lugar en el baile de la alta sociedad en el que Bruce Wayne baila con Selina Kyle, Catwoman, anteriormente conocida como Anne Hathaway. Ella acerca sensualmente sus labios al oído del multimillonario para soltar una especie de soflama reivindicativa, en la que denuncia el abuso que los ricos han cometido hacia los pobres, y le advierte que se prepare porque estos acabarán por rebelarse. Un discurso bastante “bonito” sino fuera porque quien lo dice es una ladrona que además ha robado a Wayne (incluso en ese mismo momento lo está haciendo), y por lo tanto, el personaje es inmediatamente desacreditado debido a sus propios actos.

Pero la clave de bóveda de todo este asunto sucede durante el partido de fútbol. Un niño aparece cantando en un estadio abarrotado hasta la bandera el himno nacional estadounidense. Sólo oímos la voz aflautada del chaval mientras los planos de su rostro se van mezclando con los de personas que mano al pecho susurran la canción, y con otros en los que vemos a los villanos de Bane tomando posiciones ametralladora en mano. Los segundos pasan y pasan y la música patria sólo se ve enturbiada por la voz de Bane, que se dice a sí mismo: “Canta como los ángeles”.

El partido comienza y en una secuencia con mucha fuerza visual, el suelo del estadio empieza a desplomarse debido a unas explosiones que nuestro villano ha programado por toda la ciudad.

Tras esto, Bane y unos cuantos de los suyos hacen presencia en lo poco que aún queda de césped, y megáfono en mano se presenta ante la sociedad. En un discurso con trazas muy reivindicativas o incluso “izquierdistas”, por llamarlo de algún modo, Bane proclama que está harto de la corrupción de los políticos, harto de todos esos ricos que empobrecen a la mayoría de la población y que son quienes ostentan realmente el poder. Él ha venido para destruir eso y para, literalmente, “devolver la ciudad al pueblo de Gotham”. El pueblo deberá ahora juzgar a toda esa patulea corrupta y denigrante. Pero advierte: si alguien intenta salir de la ciudad, ésta será destruida por un arma atómica. También nos dice que él no tiene el detonador de la bomba, que es un “ciudadano corriente” quien lo posee, lo cual contribuye a crear un clima de desconfianza mutua.

La escena es muy significativa y habla por sí sola. El problema radica en que quien dice cosas con las que mucha gente puede estar perfectamente de acuerdo, más aun en estos tiempos y en nuestro país, es un villano que está desacreditado desde antes de empezar la película. El Bien y el Mal, en este tipo de historias, se dan por sentado de antemano y no hay lugar para la discusión; sobre todo si tenemos en cuenta que el protagonista es un superhéroe indiscutible cuya imagen es ya un icono de toda la cultura pop, y es bueno per se, y por tanto, todos los que estén contra Batman están contra el Bien. También hay que decir que esta banalización pueril del Bien y el Mal es un fenómeno extendidísimo en el cine y en la literatura. Si Dark Vader o Sauron o quien sea hacen lo que hacen, es porque son malos y punto, algo que a fin de cuentas, no suele ser muy verosímil. Y aquí tenemos a Bane, que no sólo es malo sino que algún medio de tirada nacional lo tildaría perfectamente de líder sindical-populista.

Tras la escena del estadio y debido a las diversas explosiones, todos los efectivos de la policía acaban encerrados bajo tierra. El caos se apodera de la ciudad, los criminales son sacados de sus celdas e inmediatamente pasean sus (ojo al dato) relucientes y nuevecitos kalashnikov y sus trajes naranja-Guantánamo por las calles de la ciudad, gritando y armando bronca. Vandalismo, caos, saqueos…y un bonito plano de la bandera de las barras y estrellas ajada y quemada es lo que ha conseguido Bane.

A continuación asistimos a una escena muy breve pero muy digna de comentar. La apenada Selina Kyle aparece en un piso desvencijado mirando la fotografía rota de un matrimonio feliz, muy way of life todo. Su amiga, acercándose por detrás le pregunta que qué le sucede, a lo que Catwoman responde: “Esta casa antes era de alguien”, y aquélla, abrazándola por detrás y con una cara de feliz satisfacción remata: “Sí, y ahora es de todos”. La pobre gatita, dolida por los ataques marxianos de su amiga, tira la fotografía al suelo y abandona colérica el lugar.

El encadenamiento constante y nada casual entre rebelión o ataque al sistema establecido y el Mal, parece diáfano y poco discutible en las mencionadas escenas, e incluso ésta es la tónica general de toda la película.

Más adelante podemos observar uno de los varios “juicios populares” que se celebran en la ciudad tras el golpe de Bane. Un juez –el espantapájaros de las anteriores entregas- aparece tras una esperpéntica, grotesca y enorme mesa hecha a base de muebles y libros amontonados sin ningún orden ni concierto. Desde lo alto y la lejanía, cual caricatura del famoso momento de Alicia en el país de las maravillas, contempla al acusado que es sentado a la fuerza en una silla mientras éste tiene, detrás de sí, a una turba armada y andrajosa que vocifera y pide su cabeza. El acusado en cuestión es un poderoso y adinerado hombre al que se le condena por gozar de tal condición. El mismo juez dice: “Su delito ya está determinado, ahora usted elija muerte o exilio”. La escena, realmente patética y digna de la más cutre de las películas disutópicas, es realmente pobre y poco creíble, pero pone muy de manifiesto una típica y paupérrima imagen estereotipada de juicios llevados a cabo por el pueblo.

Por último cabe mencionar la carga de infantería que tiene lugar entre la policía y los secuaces de Bane. Sí, ambos tienen armas de fuego, pero cargan unos contra otros como si se tratara del choque entre los ejércitos de William Wallace y el rey inglés en Braveheart. Cosas de la escenografía, supongo. De todas formas, dos detalles llaman la atención. En los instantes previos a la carga, los planos de decenas de policías caminando despacio y temerosos por las calles de Gotham, desprenden un cierto aroma 11-S que ya nos pone sobre aviso: es la policía quien representa los auténticos intereses del bien y del pueblo de Gotham, ellos también son héroes.

La batalla campal acaba en las escalinatas del ayuntamiento y cuando los policías y los rebeldes se zurran sin tregua, a uno casi se le viene a la mente, muy de pasada, aquello del Occupy Wall Street, y en todo momento sabemos quiénes son los buenos y quiénes los malos.

Basten estas pocas escenas para poner sobre el tapete la ideología que fluye por toda la película, que no es otra que la defensa a ultranza del modelo político-económico neoliberal establecido. Hablando de una película como Batman esto puede sonar a paranoia, a invención infundada o a una excesiva ideologización del hombre murciélago. Pero los postulados son tan nítidos a veces que ni pueden ser casuales, ni mucho menos inocentes piezas en la maquinaria de acción cinematográfica que, a fin de cuentas, es esta tercera entrega.

Por otro lado, no olvidemos que Bruce Wayne, el rostro bajo la máscara, es un hombre enormemente rico que también ha visto cómo su compañía le era poco menos que expropiada por el tirano Bane. Da la sensación de que no es Batman el que quiere liberar a Gotham de la dictadura recién instalada, sino el millonario que hay debajo.

Tampoco podemos dejar de lado el contexto real en el que vamos a ver esta película. Con un estado de crisis global y unas instituciones muy puestas en tela de juicio (no sé si tanto en U.S.A. como aquí), no hay que rascar mucho para darse cuenta de que la película es bastante clara en su posicionamiento, y éste es la defensa del statu quo vigente. Todo intento de transformar el sistema será a base de terror, muerte y caos, y aunque las palabras suenen a justicia y a esperanza, siempre serán pronunciadas por hombres que, en el fondo, o son tiranos o terroristas. O seguramente ambas.

Pero aunque este tipo de mensajes propagandísticos sea bastante común en el cine yanqui, utilizar a Batman para ello y además, hacerlo de una manera tan burda y descarada, casi parece un paso adelante. O hacia atrás.

Lo último que resta decir, es que sea el espectador atento y reflexivo el que juzgue la película sin temer destronar un mito moderno.

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