Película: ‘La isla mínima’, de Alberto Rodríguez

Obra maestra


La isla mínima
Alberto Rodríguez

Título: LA ISLA MÍNIMA.
Director: Alberto Rodríguez.
País, año: España 2014.
Intérpretes: Antonio de la Torre, Raúl Arévalo, Javier Gutiérrez, Nerea Barros, Jesús Carroza.
Guion: Rafael Cobos y Alberto Rodríguez.
Producción: Mercedes Gamero, Gervasio Iglesias y Mikel Lejarza.
Música: Julio de la Rosa.
Fotografía: Alex Catalán.
Montaje: José M.G. Moyano. Vestuario: Fernando García.
Distribuidora: Warner Bros. Pictures International España.
Estreno en España: 26 Septiembre 2014.

Si los flamencos, patos y demás aves que las sobrevuelan pudieran hacerlo, tal vez nos hablaran de la insondable belleza de Las marismas del Guadalquivir, Sevilla. Tal vez quisieran referir también ese cúmulo de despropósitos, crímenes u otros delitos menores, entremezclados con simples, y con frecuencia desesperados, gestos de supervivencia, que los humanos llevan a cabo, integrados como hormigas, en paisajes tan sobrecogedores como los que ha fotografiado Álex Catalán para Alberto Rodríguez en su filme policíaco La isla mínima. El paisaje, de una hermosura deslumbrante contemplado a vista de pájaro, súbitamente convertido en amenazador a ras de suelo bajo una lluvia nunca antes tan elegantemente cinematográfica en el cine español, confiere a la narración un tono épico, trascendental, metafísico. El thriller elevado a la categoría de tragedia griega, los personajes atrapados por lazos invisibles, uno por su pasado de torturador franquista, otro por su sentido ético en la policía “democrática”, aquéllas perseguidas por el funesto designio de la pobreza, el coro de heterogénea composición, guardias civiles anticuados, jueces corruptos, periodistas carroñeros, asesinos poderosos, víctimas sin consuelo, bailando un vals cuyos compases remiten a una época de transición, principios de los 80, entre dos regímenes políticos y dos fases del desarrollo económico unidos por el vértice de un mismo modelo de desigualdad social.

Si uno ha tenido la suerte de disfrutar de la serie televisiva de la cadena norteamericana HBO True Detective (en la que sobresalen las soberbias actuaciones de Matthew McConaughey y Woody Harrelson) tendrá la sensación de que alguien ha copiado a alguien, porque además de algunos elementos argumentales también el tono, el perfume de La isla mínima la evocan. Lo cierto es que el filme se terminó de rodar en septiembre de 2013 y la serie se estrenó en febrero de 2014, de modo que no cabe duda de que se trata de simples y afortunadas coincidencias; lo que viene a resaltar cómo en nuestro cine puede rodarse con la misma eficacia y maestría que en Estados Unidos, con historias de aquí, personajes de aquí, vivencias de aquí. Sólo es imprescindible el talento, y de eso Alberto Rodríguez ha dejado demostrado en sus anteriores películas (Grupo 7, 2012; After, 2009, y otras tres) que anda sobrado. Es uno de nuestros directores más prometedores; y si con Grupo 7 se consagró con dieciséis nominaciones a los goyas –aunque luego sólo obtuviera dos de los considerados menores-, a La isla mínima le auguramos el mejor de los futuros, pues consideramos que va a ser la mejor película española de este año.

Alberto Rodríguez y su coguionista habitual, Rafael Cobos retornan, ya lo hemos dicho, a la década de los ochenta y al género policial. En la citada Grupo 7, cuyo argumento se desarrollaba en los años previos a la inauguración de la Expo 92 de Sevilla, las relaciones, entre amistad y recelo, de los miembros de una brigada policial dedicada a barrer de las calles a pequeños camellos y consumidores de droga, uno joven e inexperto y otros tres curtidos en la época de la dictadura, sus métodos de dudosa legalidad o abiertamente contrarios a ella, el aire aguardentoso de un tiempo que nos parece tan lejano aunque corresponde a ayer mismo, todo ello coincide en el retrato robot de La isla mínima. Pero ésta se define con mucha mayor precisión en el género del thriller, rama investigación con suspense. Supone un franco paso adelante en la depuración estilística, abandonando tics propios de la cinematografía americana (como las escenas de persecución trepidante) y amarrando cualquier situación arquetípica a nuestra idiosincrasia con un estilo hiperrealista que combina con leves y oportunos apuntes poéticos.

Dos actores en estado de gracia, Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez componen la característica pareja de investigadores que llegan a un lugar remoto, desterrados por motivos dispares. Arévalo encarna a un policía que cultiva la mala costumbre de creerse las nuevas ideas acerca de la democracia en un tiempo y un país en que ese concepto era aún incipiente bajo la amenaza del ruido de sables y el desquiciamiento terrorista. El comisario de Gutiérrez oculta un turbio pasado que delatan sus maneras. El medio rural acumula todos los retrasos imaginables en una España mucho más atrasada de lo que la propaganda oficial pregona y entre las cañas y el barro de los arrozales, en la pegajosa humedad de un ambiente malsano retratado con maestría, se disparan los agravios y surge el padre de las niñas desaparecidas, un personaje dibujado en muy poco espacio por un genial Antonio de la Torre, maltratador maltratado por la vida. La investigación avanza con fluidez, el paisaje dibuja al fondo la España que quiere perder su negra sombra. Algunas secuencias causan nuestro asombro por la fuerza arrolladora de la puesta en escena, en especial la que despeja la ecuación de quién es el asesino, un prodigio dramático y poético que figurará en los libros de cine. Como lo hará esta película, que no dudamos en calificar de obra maestra.

RECOMENDACIONES

EL AMOR ES UN CRIMEN PERFECTO, de Arnaud y Jean-Marie Larrieu, 2013. Un magistral Mathieu Amalric, todo un espectáculo, en un “polar” que no es tan policíaco como parece y sí un sorprendente retrato de un moderno donjuan.
Reportaje en “Días de Cine”: http://bit.ly/1xAWOgH

EL HOMBRE MÁS BUSCADO, de Anton Corbijn, 2014. Espías muy actuales surgidos de la mano maestra de John le Carré. Imposible no destacar uno de los últimos trabajos del desaparecido Philip Seymour Hoffman.

EL VEREDICTO, de Jan Verheyen, 2013. Los errores judiciales pueden provocar legítimas reacciones de venganza. Tan peliaguda tesis es la que examina este filme belga de buena apariencia y engañosos resultados.

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