Decía Gramsci que cuando se estaba en una fase de turbulencia social y política la pregunta no era el adivinar cómo iba a terminar sino qué había que hacer para influir en el desenlace. Es evidente que ahí está la pregunta del momento. Eso no quiere decir que se deba obviar el análisis de la coyuntura, pues ninguna estrategia puede ser ciega. Por eso es importante tener claro que los fundamentos reales de la crisis son profundos y, para nada, están resueltos. Se podrán ver variaciones tácticas en respuesta a las resistencias y por la necesidad de gestionar las contradicciones que las políticas dominantes van creando al propio sistema, como demuestran las declaraciones recientes de Mario Draghi o los documentos del FMI. Pero las directrices básicas siguen siendo un ataque de clase inmisericorde y una degradación consiguiente de la democracia, tanto mayor cuanto mayores sean las dificultades del propio sistema para legitimarse.
Pero, volviendo a la pregunta de Gramsci, ¿qué hacer para que la crisis de legitimación del régimen de la Transición desemboque en una nueva situación favorable a los intereses de los trabajadores y las clases populares? Lo primero, introducir la propia variable de clase en la lucha política: el problema no es de casta y corruptos frente al noventa y nueve por ciento; el problema es de intereses del capital frente a intereses del trabajo, y –por tanto- de la vida. La segunda transición que vivimos estos momentos es el proceso mediante el cual el poder del capital que supo transitar incólume de la dictadura a la democracia europeísta intenta reubicarse en una nueva época que hasta ahora nadie sabe caracterizar por la sencilla razón de que la crisis general del capitalismo sigue y seguirá hasta que se produzca una destrucción suficiente de capital que haga posible la recuperación de la tasa de beneficio. O el sistema sea sustituido por algo mejor. La primera convergencia a conseguir, por tanto, es la de las luchas y las resistencias, la que se pudo atisbar el pasado marzo por los calles de Madrid, que deben generalizarse, confederarse. Estas experiencias son las que posibilitan la aparición de un nuevo sentido común, el sentido común que surge de la experiencia de la lucha, esto es, de hacer y vivir como alternativa.
Lo segundo es la democracia. La democracia no es una forma de Estado, es la intrusión de las clases dominadas en defensa de sus propios intereses en la regulación y las decisiones estatales. Eso, y no otra cosa, es la democracia participativa: la coyuntura nos ofrece una oportunidad a partir de las próximas elecciones municipales de intentar llevar a la práctica procesos de base que contribuyan a la creación del bloque social alternativo mediante prácticas generalizadas de democracia participativa. Porque esas prácticas son el fundamento de un verdadero proceso constituyente. A mi entender, con estas dos ideas claras, se pude saltar al terreno de juego sin miedo a nada. Serán los que se han quedado atrapados en el ascensor social los que tendrán que elegir.







