Ben Watt: la finura del pop británico

Aquellos compositores que se desenvuelven muy bien en la sombra, es decir, músicos que ponen su talento al servicio de otros, suelen muy de tarde en tarde salir del anonimato para decirle al mundo “aquí estoy yo y ésta es mi obra personal”. Acostumbran a volcar en esos discos su magno universo, caracterizado por una sensibilidad pura, cristalina, sin adulterar. No son obras pensadas para vender miles de ejemplares y es de agradecer que, en este mundo actual donde se valora más el pirateo de discos que la mercancía original, haya todavía discográficas que den luz a estas canciones. Este mes, el invitado se llama Benjamin Brian Watt, nacido en Londres en 1962.

Dicho así, no nos dice nada. Así que voy a acotar el campo. Su nombre artístico es Ben Watt y fue la otra mitad de uno de los dúos más exitosos del pop británico del pasado siglo, Everything but the girl (EBTG), donde él componía y tocaba para la suave y frágil voz de Tracey Horns. Esta unión se fraguó en 1984 y en casi 20 años de fructífera carrera alumbró nueve álbumes de estudio. Un año antes de esa fecha, Ben Watt había publicado su primer disco, ‘North Marine Drive’ (1983). Por muy extraño que resulte, ha sido ahora, en febrero de 2014, cuando este hombre ha editado su segundo disco en solitario, titulado ‘Hendra’, una obra singular, profunda, exquisita. Nada de alardes instrumentales ni de estribillos comerciales o arreglos efectistas. Pero, ¡vaya!, una obra extraordinaria en todos sus ángulos.

El estilo guarda fidelidad al folk y pop de las islas; la voz de Ben Watt se arrastra para describir unas historias íntimas bañadas en texturas poéticas. La orquestación es sencilla, aparentemente, porque cuando hacen su aparición los arreglos de guitarra de Bernard Butler (ex-Suede) sobre la base vaporosa de los teclados el conjunto cobra nuevos brillos. En el lado opuesto, es sólo el piano y la voz de Ben Watt lo que da vida a una de las canciones más hermosas y, a su vez muy trágica, del disco, como es “Matthew Arnord’s Field”. Excepto este tema, en todas las demás composiciones el conjunto de batería, bajo, piano/teclados, guitarra acústica y guitarra eléctrica se adhiere a la atmósfera requerida por cada historia. Considero necesario insistir en la memorable aportación de Bernard Butler porque hace de la guitarra eléctrica una segunda voz, un contrapunto o una continuación en perfecta sintonía con la intensidad del tema.

Entre las frases más geniales están: “Su familia vive en la afueras, en una comunidad cercada / les hacen creer en una inmunidad mágica” (The Gun); “Me hubiese gustado haber estudiado más / haber sido alguien / pero en su lugar sólo soy un dependiente / pero no debo culparme de ello” (Hendra); “¿A quién estoy engañando cuando digo que no tengo remordimientos?” (Forget). Son sólo unas cuantas perlas de lo que esconde el disco.

Haciendo memoria, por estas páginas pasó no hace tanto otro ejemplo con notas similares. El inglés Bill Fay tardó 41 años en publicar su tercer disco, y lo hizo gracias al empeño del cantante de Wilco, Jeff Tweedy. Publicó ‘Life is people’ (2012), cuando sus dos anteriores trabajos son de 1970 y 1971. Modelo que espero no siga otro compositor con actitudes muy parecidas en la forma de componer y quien también tuvo su hueco en esta sección. Es Chris Garneau, bostoniano, nacido en 1982, con un soberbio trabajo, ‘El Radio’ (2009). Es mucho más joven que los dos anteriores, pero comparte con ellos ese ‘algo’ que distingue a los músicos especiales, como lo era también el malogrado Jeff Buckley.

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