Artículos contra la rusofobia

Vivos de plomo, muertos de oro; Boris Nemtsov

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Boris Nemtsov

El ostracismo mediático que oculta los asesinatos políticos en Kiev (Oleg Buzina, Sergey Sujobok, Oleg Kalashnikov y su hermano Vladimir, cuya muerte en “accidente” de tráfico predeció unas horas a la de su hermano) contrasta con la polvareda levantada tras el asesinato de Boris Nemtsov, el 23 de febrero en Moscú.

Repasemos su biografía para comprender mejor Rusia y la guerra civil ucraniana.
Doctorado en física matemática en 1985, entró en política por la senda del ecologismo protestando contra la construcción de una central nuclear. En 1990 se convirtió en diputado por la fracción Rusia Democrática y en el 91 defendió junto a Yeltsin el parlamento del intento de golpe de estado y también apoyó a Yeltsin en el 93, cuando llevó a cabo su propio golpe de estado.

Aplicó sus recetas neoliberales en Nizhnigorodskoi Oblast (gobernador del 91 al 97) con ayuda de Yavlinsky (hoy coordinador del partido Yabloka-Manzana) y mediante la fórmula “transición a la economía de mercado a paso ligero”. En septiembre del 92 aplicaron el “mes del librecambio”, reduciendo la recaudación de impuestos en un 50%, pero sin avisar a los comerciantes de que tenían que revisar los precios correlativamente y a la baja, quienes obtuvieron suculentas ganancias y apoyaron por siempre jamás a Nemtsov. En el plano macroeconómico, liberaron las empresas estatales de sus obligaciones improductivas: viviendia, guardería, seguridad social, vacaciones y servicios sociales para los trabajadores.

Después del pucherazo electoral del 96, cuando los 7 banqueros Abramovich, Deripaska, Xodorkovsky, Berezovsky, Proxorov, Vekselbert, Fridman (el del petrolero Prestige) auparon de nuevo a Yeltsin, Nemtsov ocupó la cartera de energía y petróleo, con final a lo FP (Felipe González), con cargo de consejero en la petrolera Neftianoi.

Para hacernos una idea de lo que la transición al capitalismo supuso, pensad que el seguro de automovilismo no era obligatorio, y las bandas se dedicaban a provocar accidentes con el fin de cobrar reparaciones desorbitadas a sus víctimas, a quienes hacían creer que eran culpables de los accidentes. Todo comerciante debía pagar entre un 20 y un 50% de sus ganacias a sus protectores. El crimen organizado formó una estructura vertical que a menudo enfrentaba a clanes por el control de la cúspide, dejando miles de muertos en enfrentamientos cuasimilitares. La policía se volvió tan inoperante que para solucionar los robos cotidianos, las violaciones o los litigios entre vecinos la gente acudía a los patriarcas criminales de barrio. La esperanza de vida cayó junto con el poder adquisitivo, 4 millones de soldados perdieron su empleo y muchos más millones de trabajadores. El único ingreso familiar podía depender del trabajo esclavo de un niño de 12 años que cruzaba una ciudad podrida de funerales para traer unos pocos rublos de madera a casa. Ciudades enteras de Siberia se abandonaron y sus habitantes se convirtieron en desplazados internos que alimentaron los suburbios de Moscú y otras megalópolis, donde la drogadicción era el único objetivo de la masa de huérfanos que olían pegamento y sobrevivían entre las tuberías de calefacción. La renaciente iglesia ortodoxa se sumó a la lógica mercantil vendiendo tabaco y estampitas en sus quioscos. Numerosas sectas extraían fieles de una ciudadanía totalmente desorientada. Con fondos extranjeros se importaron las mezquitas wahhabitas, la yihad en Chechenia y el terrorismo, el alcoholismo extremo, el tabaquismo radical… “Perdimos la guerra fría” dice uno de aquellos niños, soldados ahora fusil en mano, “pero nadie se merece semejante derrota. Donbass será nuestra revancha. No permitiremos que esto pase aquí”.

Llegó Putin, lo auparon los banqueros ante el desgaste de Yeltsin o fue un golpe de estado silencioso del KGB. El caso es que impuso el seguro automovilístico obligatorio y restauró las funciones del estado. El nuevo marco político fue adornado con el lema “la responsabilidad social de los multimillonarios”, quienes desde entonces han llegado a acuerdos con el poder central respecto a las inversiones, han acabado en la cárcel o han puesto tierra de por medio.

Nemtsov fue cosechando fracasos electorales, como miembro de distintos grupúsculos de derechas y como alcalde de Sochi en 2009, su ciudad natal. Si bien su lucha por las libertades cívicas y económicas pudo ser sincera en algún momento, su apoyo incondicional a la junta de Kiev le identifica como “quintacolumnista”, peyorativo restaurado a raíz de la polarización de la vida política rusa en este último año.

Mientras en Donetsk siguen muriendo civiles por efecto de los bombardeos ucranianos, la prensa dominante sigue construyendo la culpabilidad rusa del conflicto, agarrandose a todo lo que puede. La muerte de Nemtsov fue lamentada por Putin, que la califico de “provocación”. Sin embargo sus aliados no dudaron en utilizarla para darle bombo a un informe ridículo: 70 soldados rusos muertos en Debaltsevo. ¿Pero qué ejército profesional que “actua desde la sombra” mandaría a sus soldados sin apoyo aéreo? Es como si los americanos en Iraq les dijeran a sus aliados locales: “quedaros en la retaguardia, que a morir vamos nosotros”.

En Devaltsevo cayeron más de 200 soldados de Lugansk, mal formados y peor equipados, y no se se sabe bien porqué 6000 ucranianos se retiraron ante el empuje de 3000 milicianos, dicen que porque Poroshenko necesitaba la derrota para conseguir más crédito.

El paralelismo entre las muertes de Nemtsov y el fiscal argentino Nisman es comparable a las similitudes entre los francotiradores del Maidan y los del golpe de estado en Venezuela de 2002. Parecen operaciones de libro.

[Donetsk, 20.05.2015]

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