La Atalaya

La Legalización

Todos los años sin excepción los medios de comunicación ponen en actualidad la legalización del PCE; y en este 2007 especialmente por cumplirse el trigésimo aniversario de aquel acontecimiento. Lo primero que llama la atención es el olvido de otras legalizaciones : PSOE, UGT o CCOO. No hay que extrañarse, sólo la legalización del que había sido durante el franquismo el Partido por antonomasia, podía dar la medida justa de que las intenciones del gobierno Suárez y todo lo que representaba, iban más allá de la operación que los americanos auspiciaban y el PSOE consentía.

Es indudable que como ha reconocido Martín Villa, una situación de pretendido cambio democrático era impensable sin el PCE. Pero esta condición sine qua non debía haberse hecho extensible a otras organizaciones políticas que se vieron obligadas a hacer cola. El paso de los años nos ha enseñado que nuestra legalización fue necesaria pero no suficiente.

El XXX Aniversario es una fecha que debemos conmemorar con alegría aunque con austeridad y sobriedad. Nos legalizaron porque nos ganamos a pulso el derecho a estar en la nueva época que se avecinaba; pagamos caro en comisarías, asesinatos vestidos de ejecuciones y torturas el derecho a dirigirnos a los trabajadores sin el riesgo de la persecución, la detención y el juicio sin garantía procesal alguna. Pero también pagamos el peaje de la negociación con quienes pretendían salvar los intereses económicos, políticos e institucionales de la Dictadura que ya había dejado de servir a las nuevas élites surgidas bajo el régimen y necesitaban una operación cosmética de cierta envergadura.

Mientras que los comunistas franceses, los italianos y después los portugueses entraban con las armas victoriosas en sus respectivas capitales en los finales de la II Guerra Mundial o en la Revolución de los Claveles, nosotros debimos hacer una transacción y cambiar en un tiempo récord el discurso de la Ruptura Democrática. Es muy difícil- hoy por hoy- calibrar si se hubiese podido hacer otra cosa; si en esta parte de la Europa bipolar se hubiese podido dar una ruptura tal y como la pretendíamos, habida cuenta de que desde 1947, USA primero y la socialdemocracia europea después, habían empezado a preparar el terreno nacional e internacional para una salida negociada de la dictadura con dos partidos políticos fundamentales «socialistas y demócratas» tal y como aparece en los documentos desclasificados a los que Joan Garcés ha tenido acceso para publicar su magnífica obra «Soberanos e intervenidos».

Pero fuera cual fuere la situación imprevista que condicionaba a nuestra dirección y la inducía a negociar contra reloj, el hecho es que en un santiamén aceptamos la Monarquía de Franco y la enseña que se alzó sobre el cadáver del la República eliminada «manu militari». Las condiciones objetivas, la subjetividad de análisis hechos en mesa camilla y la inercia del giro copernicano trajeron el hecho consumado. ¿Podía haber sido de otra manera? Personalmente no lo tengo claro y además no quiero perder tiempo en la cábala que suponen hechos pasados irrepetibles en el laboratorio.

Sin embargo creo que aquella decisión sorpresiva debió haber tenido condición de obligado giro táctico y a corto plazo. El PCE y sus estructuras organizativas, sus materiales teóricos y sus líneas políticas debieron adecuarse a la nueva situación pero en el sentido de una nueva fase que requería la conciencia de que sólo había cambiado la superficie de las cosas. Los «aggionarmientos» teóricos y las convivencias fraternales en el nivel político institucional «para normalizar la situación democrática» actuaron como sedantes de la tensión necesaria y nos orientaron política y organizativamente a las citas electorales exclusivamente.

Si las jornadas que precedieron al «Sábado Santo» hubiesen puesto en marcha los elementos de una estrategia para la nueva situación que permitiera retomar elementos y posiciones políticas anteriores al giro táctico, hubiésemos podido ganar mucho tiempo. El incumplimiento de los Pactos de la Moncloa, los entresijos del 23F, la OTAN, el reiterado vaciamiento de los contenidos económicos, fiscales y sociales de la Constitución el incumplimiento de compromisos internacionales o la corrupción instalada en todas partes pudieron ser los elementos que restituyeran nuestro derecho a dar por finalizado un compromiso a causa del incumplimiento de la otra parte.

Han pasado 30 años y el PCE se encuentra ante una encrucijada de evidente trascendencia: seguir mal que bien administrando aquella jornada o a partir de ella retomar el hilo de un discurso que convoque a la ciudadanía para construir una nueva situación de plenitud democrática y social: la III República. Pero para ello debe prepararse y arrojar el lastre que estos tiempos nos han ido dejando.

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