No hay arma más poderosa que el miedo, junto al amor, el sentimiento más primitivo del ser humano. Un atentado terrorista, un bombardeo sobre una ciudad cualquiera, la amenaza de un crack financiero, incluso las imágenes de alguien infectado por un virus tan desconocido como exótico, producen un efecto desgarrador sobre la población. Pero es el miedo a que ocurra de nuevo lo que hace buscar a la desesperada soluciones para que no se repita. Y eso, en manos de quienes controlan el destino del mundo, lo hace no sólo eficaz, sino el producto infinitamente más rentable de la industria bélica.
No es nada nuevo. El miedo ha sido repetida y machaconamente utilizado a lo largo de la historia. Basta echar una ojeada a los libros sagrados y Santa Santorums de cualquiera de las religiones que atenazan el libre razonamiento de la humanidad para comprobarlo. Nadie ha vuelto del Averno para contar sus supuestos horrores, pero es suficiente nombrarlo, en cualquiera de sus modalidades, para inspirar temor y correr prestos a pagar diezmos y privilegios eclesiásticos que nos libren de éste.
Ya no son los púlpitos el principal escaparate en el que se exhibe el miedo. El testigo ha sido recogido por los medios de comunicación que, al dictado de sus accionistas, lo propagan conduciendo el pensamiento de la humanidad en un mundo que se supone sin fronteras, excepto para los que nada tienen porque se lo hemos quitado todo. Prensa, radio, televisión y redes sociales, al amparo de una supuesta veracidad, consiguen hacernos creer que las guerras y hambrunas que asolan el sur del mundo son fruto de conductas y culturas ancestrales, de la idiosincrasia de ciertos países, ocultando el motivo principal que no es otro que el pertinaz saqueo.
Pero en la espuria ocultación hay algo más perverso. Se trata de presentar el caos como algo que puede llegar a convivir junto a nosotros, a perturbar nuestra tranquilidad. Los miles de muertos a diario de ese otro mundo ajeno al nuestro, el que nos surte de alimentos, materias primas y mano de obra barata, se convierten en números aproximados, sin rostro ni identidad, frente a los que, ocasionalmente, aunque no menos doloroso y terrible, son víctimas en nuestros territorios; víctimas detalladas, con nombre y apellido, insultantemente utilizadas.
El miedo a todo aquello que no responda a nuestros parámetros de conducta se impone y entonces nos dejamos avasallar por normas y leyes que más sirven al servilismo y el sometimiento que a solucionar la masacre global que sistemáticamente se está cumpliendo en aras de una mal llamada civilización. Sabemos del imperio del crimen en Siria o Iraq, de la miseria en Haití o Etiopía, del tragadero de vidas y esperanzas en que se ha convertido nuestro Mar Mediterráneo, pero difícilmente se nos ofrece un análisis riguroso sobre sus causas. Y, por supuesto, en la lista de responsables, no aparecen las grandes multinacionales que controlan la alimentación, la salud o el comercio. Es más, si se les nombra, es como benefactores, no como artífices del asesinato masivo.
Y así, de esa manera, habiendo perdido la batalla de la información por nuestra parte y habiendo colaborado en la banalización de la cultura, el miedo, utilizado como arma precisa, levanta clamores a favor de la injusticia y no contra ésta; se apodera de nuestros países como un cáncer. Rechazamos a quienes, expulsados de sus hogares por nuestra codicia, llaman a nuestras puertas, bombardeamos a quienes hemos enloquecido, financiamos a quienes, enloquecidos, nos aterrorizan, porque hemos callado lo que nunca debiéramos haber callado.
Hace ya demasiado tiempo que prestamos nuestra voz. Es hora de recuperarla.







