Hace cuarenta años, un 27 de abril de 1986, se fundaba en Madrid “La plataforma para la Izquierda Unida”.
Varios partidos, entre ellos el PCA, que hizo el llamamiento inicial, y miles de independientes, llevaban dos años en Andalucía poniendo los ladrillos de un proyecto unitario, programático y alternativo: “Convocatoria por Andalucía”, que desarrollaba de forma específica la política de convergencia aprobada por el PCE.
El acuerdo de fundación de IU se lanzó como la creación de una izquierda alternativa, impulsada de forma singular por los casi siete millones de personas que votaron No a la OTAN, y que planteaban de hecho, tal como dice el documento de creación: “una nueva concepción de la política”, basada en “una democracia avanzada sin espacios excluidos a la soberanía popular y en la cual la participación cotidiana constituya un elemento significativo en paralelo a las consultas electorales”.
Antonio Romero me mostró un periódico y dijo: “Izquierda Unida es un invento político de tecnología punta”.
El 28 de febrero de l984 habíamos lanzado la idea de “Convocatoria” en una plaza de San Francisco atiborrada de banderas andaluzas y rojas. Se trataba de un programa, participativo, que uniera en su elaboración a todas las izquierdas, fuesen organizaciones sociales, fuerzas políticas o personas (independientes) no adscritas. Se trataba a la vez de transformar lo establecido desde la lucha y desde el poder político. La pregunta clave de su lógica interna era: ¿Qué haríamos nosotros al día siguiente de gobernar desde la izquierda? Y el programa, en sus distintos estadios, respondía a esta cuestión, con una pieza nodal: la transformación integral de nuestra tierra, empezando por la reforma agraria. Y una filosofía que trabajaba en las alternativas concretas de un horizonte rojo, verde y violeta. Al mismo tiempo se intentaba responder al sistema bipartidista, generado por la Transición, para el cual no había cabida de ningún otro partido que los “oficiales”, y que nos había reducido a la mínima expresión en las elecciones de 1982 (8 diputados en Andalucía y dos en las generales).
Ese 28F en la plaza de San Francisco, uno de los referentes de esta respuesta (junto al Partido Comunista), Julio Anguita, alcalde de Córdoba, no solo lanzó la idea de programa-programa-programa, sino que esta idea descansaba en un motor ineludible: organización-órganización-organización. Un motor que se podía alimentar también de las aportaciones personales, pero que no podía ser sustituido. Desde primera hora se negaba la dialéctica del hiperliderazgo.
No tardó mucho Julio Anguita, tras conseguir “Convocatoria por Andalucía” 19 escaños, en trasladar sus bártulos a Madrid, a la sede de IU. Y así se inició un camino largo, trabajoso, a veces inestable, donde en no pocas ocasiones, la esperanza, que es un músculo, entraba en contradicción con el corazón, ese corazón repleto de neuronas que aportaba Julio.
Desde el principio IU era un proyecto transformador, como en un momento se aprobó explícitamente a la hora de definir la sociedad por la que luchábamos. Pero eso mismo llevaba en sus entrañas una contradicción que atravesó largos años la singladura del proyecto. Dos de los grandes debates donde se explayaba aquella antítesis eran sobre Maastricht (existe un capitalismo moderado y con corazón que podía acoger la integración en el sistema de IU) y sobre la necesidad de convertir a IU en un partido (al viejo PCE había que darle las gracias y despedirlo para siempre).
Tras muchos años de confrontación quedó finalmente despejada la naturaleza transformadora del proyecto, no sin sufrir rupturas y desgarros. Un proyecto que señalaba el camino de la esperanza alternativa, frente a la alternancia estomagante de los grandes partidos, que trabajaban como dos caras de la misma moneda. Ganaba la esperanza (una esperanza debilitada y convaleciente), perdía aquella propuesta que confundía renovar con parecerse al PSOE, y llegaba también a su final la fuerza de algunos corazones.
Se ha dicho por ciertos autores marxistas que la emergencia del fascismo se produce siempre por los errores de la izquierda. No sé si es exactamente así. El caso es que nos vemos hoy en la tesitura de consolidar cuanto antes una ética y una unidad organizativa antifascistas. Sí, se presente como se presente, es el fascismo de nuevo aunque esgrima sin descanso la palabra libertad. Es un fascismo que empezó en tono sonriente pero que está agriando el gesto conforme se abre paso en el “sentido común” (ver Gramsci) de mucha gente. Un fascismo que presenta algunas características, con el telón de fondo de los intereses de su patrón, que no es otro que el capitalismo: de una parte, ese proyecto político y electoral que parte de una lucha ideológica descarada que intenta recuperar el inconsciente, el sentido común franquista, que creíamos eliminado con la transición, pero que seguía ahí, en los pliegues del tiempo, esperando el cansancio y el malestar de la gente, la falta de futuro de la juventud y el “lawfare” permanente de las raíces franquistas esgrimiendo la guerra judicial; de otra parte, la socialización, cada vez más amplia, de la mentira trumpista, que está logrando en ocasiones “demostrar” que tener razón no sirve para nada y que la mentira bien dicha, en horas de máxima audiencia, equivale a la verdad, sobre todo si va acompañada de bombas y cañonazos.
IU nació en el seno del grito “No a la OTAN”, y se desarrolló en la dialéctica innegociable del “No a la guerra”, y en la necesidad de la paz para la vida y el futuro de las gentes y del propio planeta. Ahora se está refundando en clave antifascista, de ahí también la necesidad de construir un “frente amplio”, desarrollando por tanto la lógica propia de lo que ha seguido siendo IU, apoyada, entre otros, por el PCE y las Juventudes Comunistas.
Julio, uno de los creadores (quizás el principal) de este proyecto, se nos fue. El proyecto sigue adelante, con implantación territorial cierta y federado por miles de grupos municipales, que siguen componiendo el alma municipalista de IU. Quizás no haya que tener temor excesivo ya que, actualmente, casi todos los dirigentes se declaran “anguitistas”. Pero no debemos confiarnos demasiado. La lucha sigue, y yo sé que la vamos a ganar. Pero se va a ganar desde el programa y la organización creciente; desde el debate, desde la movilización, desde la confrontación de clases mantenida frente a ese inconsciente que nos trabaja a diario como explotación y como dominio. El único milagro que queda es el de la lucha desde la unidad. Lo demás es metafísica o mercado.







