Las pasadas elecciones municipales y autonómicas del 28 de mayo han tenido como resultado un rotundo avance de la derecha radicalizada del Partido Popular y la extrema derecha de VOX, quienes serán gobierno en buena parte de las Comunidades Autónomas de España, así como en muchos pueblos y ciudades. La victoria del bloque reaccionario ha sido de tal magnitud que el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha convocado elecciones generales para el próximo 23 de julio, lo que supone un adelanto de 6 meses según el calendario previsto.
La izquierda que representa Izquierda Unida y las coaliciones con Podemos y otras fuerzas políticas ha retrocedido electoralmente. Igualmente han retrocedido otras organizaciones políticas (Comunes, Más Madrid, Compromís, etc.) llamadas a formar parte de la coalición Sumar que encabezará Yolanda Díaz para las generales. Para Izquierda Unida el balance no puede ser positivo, pues en cuatro años ha perdido casi un tercio de su presencia municipal, un mal resultado que se completaba a los pocos días con la renuncia de Alberto Garzón de concurrir en las próximas elecciones generales. Esta bajada ha sido especialmente aguda en las ciudades grandes y medias, quizás debido a que ha sido una de las campañas municipales más marcadas por la agenda estatal que se recuerdan, no siendo capaces de que se visualizara lo suficiente nuestra principal referencia federal.
El incansable trabajo militante no ha sido suficiente. La presencia en el gobierno de coalición, gestionando la peor crisis sanitaria, económica y social en décadas, no ha sido suficiente. La unidad a última hora, para acordar las listas electorales en Comunidades Autónomas y Ayuntamientos, no ha sido suficiente. ¿Qué ha pasado para que el bloque reaccionario haya recibido tanto apoyo ciudadano? Ha pasado que no se ha hecho lo necesario para evitarlo.
Y lo necesario es entender que la unidad no es tal si sólo se plantea en el terreno institucional y solo se utiliza para la configuración de listas en periodo electoral. Lo necesario es entender que la presencia en las instituciones, aunque apliquemos la mejor agenda de gobierno para ampliar derechos, lucha contra la emergencia climática y hacer políticas públicas que pongan la vida en el centro, por sí sola no es suficiente si no construimos espacios de radicalidad democrática para la participación política. Lo necesario es entender que sin organización popular y movilización social es muy difícil hacer tambalear la correlación de fuerzas.
En España nos jugamos que el 23 de julio el bloque reaccionario y sus aliados entren en las instituciones del Estado para acabar con todo. Tenemos una oportunidad, en un tiempo record, de hacer los deberes que no hemos hecho en estos meses y, desde la política y la camaradería, antepongamos el interés general de nuestro país a controversias internas que nada interesan. La oportunidad en este caso se llama Sumar, y la debemos hacer posible.








