Cuando redacto estas líneas Sarkozy ha vuelto a ganar con amplitud en la primera vuelta de las legislativas francesas. Socialistas y comunistas han sido ampliamente batidos y éstos últimos son ya casi extraparlamentarios. Por parte de la titulada izquierda se imputa a la abstención la responsabilidad de la derrota ; exactamente como entre nosotros, aquí en España. Y la verdad es que no han sido los abstencionistas de izquierda quienes han abandonado las siglas que convencional, inercial y supuestamente los representan sino que han sido las auto-tituladas fuerzas «progresistas» las que hace tiempo dejaron de representarlos. La abstención o el voto en blanco de estos grupos, sectores, colectivos y personas no hacen sino recordar aquello del Poema del Mío Cid «que buen vasallo si hubiese buen señor». Me parece que ellos siguen ahí esperando que «los suyos» reconsideren en los hechos.
Creo en la urgencia de una reflexión que culmine en resultados políticos, orgánicos, estratégicos y tácticos para una acción económica, social, política e ideológica conducente a organizar un estado de opinión y lucha que sitúe en el hoy el sentido y el papel de la izquierda. Y quiero subrayar que al hablar de ideología me refiero a la Ética, los valores y su aplicación consecuente en la cotidianeidad. Los datos y evidencias que me conducen a este planteamiento son legión y nos abruman cada día desde la realidad inmediata, los medios de comunicación y nuestra conciencia todavía no dormida del todo.
No es ninguna casualidad que los enfrentamientos entre el PSOE (con sus mesnadas) y el PP no tengan -nunca- como objeto los salarios, las pensiones, la vivienda, la precariedad, las deslocalizaciones o los aliños en el método para evaluar el número de parados. Hay un coro de turiferarios múltiple, variado, político, sindical e «intelectual» que se deshace en loas sin cuento acerca del crecimiento de la Economía española pero que silencian, obvian y desvían la atención para no entrar en dos cuestiones fundamentales: el crecimiento basado en un consumismo desaforado con poca base de capacidad endógena para crear tejido productivo y- sobre todo- que en esta época de vacas gordas el verbo repartir esté exiliado del lenguaje y la práctica. Parece que las tremendas dificultades de millones de ciudadanos para poder sobrevivir es una cuestión ajena a la virtualidad de la política y a la corrección debida con los treinta años de la Transición.
Si cualquiera de nosotros hace 30 años hubiésemos dicho o pormenorizado los retrocesos en las conquistas sociales, las violaciones del Título Preliminar de la Constitución o la instalación de la corrupción como una segunda naturaleza del Estado parido entonces, hubiésemos sido colgados en la farola más cercana por airados y justicieros políticos y sindicalistas que hoy languidecen en la chaise longue de su poltrona.
No es casualidad tampoco los silencios cuando no los giros lingüísticos para no condenar y desenmascarar a supuestos y desinformadotes «demócratas» y sus campañas sobre Venezuela. Ellos que no pían cuando Bush, saltándose a la torera a la UE y su siniestro mister PESC, coloca instalaciones militares en Europa o defiende el terror de las torturas volantes y las implicaciones de estados europeos. Y así hasta cuestiones internas como esa desvergonzada propuesta de instalar en el Congreso de los Diputados un retrato de Fraga Iribarne y que hasta hoy sólo haya tenido la protesta de ERC.
Derecha e izquierda aparecen hoy como alternativas de voto y no como conjuntos de valores, proyectos sociales alternativos y actitudes éticas consecuentes. En ese sentido la derecha es algo más numeroso y extendido que lo contenido en las siglas PP y la izquierda clasificada como tal en el ranking comercial y electoral del Gran Teatro del Mundo es algo sin pulso.







