Frente a la violencia transfronteriza, resistencia colectiva y apoyo mutuo: Las caravanas migrantes como movimiento social itinerante en Centroamérica

Según la investigadora Heather M. Wurtz, las caravanas migrantes constituyen un “viaje conjunto originado como respuesta directa a las políticas transnacionales de control migratorio y de gestión de refugiados en Estados Unidos y México”
Caravana refugiados Centroamérica
Foto: ACNUR

Antonio Ramos (nombre falso para preservar su privacidad) tenía tan solo 21 años cuando, en 2012, abandonó su Honduras natal en una caravana migrante que partió de Tgucigalpa con destino a Houston. En aquel momento vivía con su abuela ya que su madre había muerto recientemente y su padre no podía hacerse cargo de él al tener una fuerte adicción a las drogas de manera que su situación le llevó a considerar la decisión de iniciar un viaje a pie hacia Estados Unidos a pesar de los múltiples peligros asociados a la travesía. Había oído que un grupo de 200 personas de su misma ciudad estaba a punto de partir de forma organizada en busca de mejores condiciones de vida y finalmente se unió a todos ellos. El plan parecía no tener fisuras: Su hermano residente en Houston, quien solía enviar dinero a su familia desde hacía años, le recibiría a su llegada al cruzar la frontera nada más entrara en el país. Sin embargo, después de haber vencido todos los obstáculos propios del éxodo, fue deportado rápidamente por la policía de migración estadounidense y a día de hoy sigue sin poder acceder legalmente a EE. UU.

Según el Migration Policy Institute, la migración desde El Salvador, Guatemala y Honduras ha sido el principal contribuyente al crecimiento de la población de Centroamérica a Estados Unidos desde 1980. En 2022, 705.500 personas cruzaron la frontera mexicana hacia EE. UU y entre octubre de 2019 y marzo de 2023 los ciudadanos de estos países representaron casi una tercera parte de los 5,8 millones de llegadas desde la frontera sur. EE. UU es el principal país de destino de los migrantes centroamericanos, excepto los procedentes de Nicaragua, cuyo principal destino es Costa Rica. La sobrina de Antonio también partió de Honduras hacia Estados Unidos tras cruzar México hace algún tiempo aunque ella afortunadamente sí consiguió entrar en el país. Su historia es la de una joven de 16 años que tuvo que abandonar su pequeño pueblo cuando se encontraba embarazada de su primer hijo para escapar de las amenazas de una mara local que quería obligarla a prostituirse y formar parte de una red de tráfico de drogas.

Miles de viajes a pie tienen lugar cada año desde ciudades y pueblos centroamericanos —San Pedro Sula, en Honduras, es un punto de origen muy habitual—, hacia Estados Unidos. Este agotador viaje trae consigo el cruce de montañas, ríos de gran caudal y otros accidentes geográficos extremadamente inaccesibles, sobre todo para los más pequeños. Pero el punto más mortífero del trayecto es sin duda la frontera mexicana, donde quienes migran se enfrentan cara a cara con la violencia de las autoridades fronterizas. Debido a los impedimentos burocráticos y legales generales para acceder a los documentos requeridos para entrar legalmente en el país, muchas familias se ven obligadas a cruzar la frontera de forma irregular (en muchas ocasiones incluso recurriendo a redes de tráfico ilícito de personas migrantes). Esto les obliga a buscar rutas desconocidas —y por ende más difíciles de cruzar— para llegar a Estados Unidos desde la clandestinidad absoluta sin ser avistados por la policía estadounidense.

Dada la existencia de numerosos riesgos vinculados a la migración irregular en el entorno centroamericano, muchos comenzaron poco a poco a trazar colectivamente estrategias organizativas tendentes a salir de sus países de origen de forma segura para mitigar algunos de los actuales efectos negativos del éxodo ilegal: Es en este contexto que nacen,  a principios de la década de 2000 las caravanas migrantes, también conocidas como viacrucis de migrantes. Estas caravanas están conformadas por grupos masivos de población que caminan conjuntamente de manera autoorganizada y autogestionada no sólo para conseguir visibilidad sino también para construir apoyo mutuo sobre una base de solidaridad común.

Por esta razón, este tipo de éxodo no solo puede ser entendido únicamente como un movimiento itinerante sino como toda una red de camaradería y protesta, puesto que estos viajes proporcionan un remedio —al menos temporal— al aislamiento y la vulnerabilidad tan recurrentes en el contexto de la migración irregular: Mediante las caravanas terrestres, los traumas individuales causados por la constante criminalización de los migrantes se transforma en lucha compartida y fortalecimiento mutuo. A pesar de la gran inseguridad que supone para las familias el hecho migratorio, estudios realizados por ACNUR muestran que el 70 % de las personas que se unen a las caravanas migrantes piensan que estarían en peligro en caso de regresar a sus países de origen. Suyapa es plenamente consciente de que podría perder la vida si emprende un viaje hacia el Norte, no obstante sigue planteándose seriamente emigrar en caravana: «Ya tengo 40 años, nadie me da trabajo a mi edad y el gobierno no da ninguna ayuda a la gente. No hay fuente de ingresos, no hay trabajo y los precios de los alimentos han subido mucho en los últimos años». Para la mayoría de los habitantes de Centroamérica, emigrar no es una opción verdaderamente libre, sino la única forma posible de sobrevivir ante contextos de pobreza endémica y violencia callejera e institucional.

Con el paso de los años, los migrantes de las caravanas están siendo atendidos por entidades sociales para garantizar su seguridad durante el viaje y están menos expuestos a abusos físicos y sexuales, una forma habitual de violencia que se da en estos desplazamientos.  A pesar de que estas caravanas suelen realizarse en grupos de más de 1000 personas, dada la naturaleza irregular de este tipo de tránsitos es casi imposible hacer un seguimiento y encontrar información precisa sobre estos viajes: Desconocemos cuántas personas consiguen finalmente llegar a territorio estadounidense, cuántas de ellas mueren en el camino, cuáles son los perfiles más habituales de los viajeros… Normalmente, la mejor manera de informarse adecuadamente sobre los principales aspectos de cada viaje es hablar con los mismos miembros de las caravanas que quieran contar su experiencia o incluso con sus familiares más cercanos. Sí sabemos que las personas están expuestas a constantes peligros y muchos nunca llegan a terminar sus viajes: la violencia de las pandillas, los abusos policiales, las mordeduras de animales salvajes como serpientes o lobos, la deshidratación, el hambre, las caídas o los golpes de calor son algunas de las consecuencias comunes de viajar con pocos recursos durante mucho tiempo. La madre de Antonio, Suyapa, afirma que los migrantes, especialmente los niños pequeños, suelen sufrir mucho durante los viajes y sólo unos pocos llegan realmente a EE. UU., «la gente muere porque el gran tren mexicano conocido como el tren de la muerte suelen ser arrollarlos, otros son mordidos por animales, otros se ahogan en los ríos…». Solo unos pocos consiguen completar la travesía.

Hoy en día estas caravanas siguen siendo muy populares entre los ciudadanos centroamericanos, lo que demuestra el profundo éxito del que goza esta forma de organización. Entender la razón de ser y la naturaleza de estas caravanas implica necesariamente entenderlas como un movimiento social en sí mismo: Por un lado, constituyen enormes redes de solidaridad que operan con el objetivo de proporcionar cuidados colectivos y garantizar que los recursos son compartidos por todos los componentes del grupo y por otro, son espacios donde las decisiones se toman en común a través de asambleas. Ante la constante violencia de las autoridades estadounidenses en la frontera mexicana, es muy habitual que las caravanas organicen protestas y manifestaciones para mostrar su unidad y reacción ante las políticas fronterizas. Además, se considera que esta forma de migración aumenta la resiliencia y otros efectos psicológicos y somáticos positivos, ya que empodera a las personas migrantes y combate la soledad, pues el sufrimiento individual se transforma en experiencias compartidas.

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