Adolfo Golber

De origen polaco y militancia comunista fue el secretario de Cultura en la primera dirección nacional de la JSU. La organización mostraba su carácter internacionalista
Acto de despedida en Barcelona a las Brigadas Internacionales, octubre 1938 | Robert Capa
Acto de despedida en Barcelona a las Brigadas Internacionales, octubre 1938 | Robert Capa

Un viejo combatiente republicano me habló de un joven camarada polaco con el que había compartido momentos dramáticos en la defensa de Asturias, como miembros de la dirección de la Juventud Socialista Unificada, la JSU. Inmediatamente se instaló en mí una enorme curiosidad. Me contó cómo, en esos últimos momentos de la derrota, a los que aguantaron hasta el final se les planteó un problema: cómo huir para salvar la vida. Se encontraban en Gijón y con los fascistas a las puertas. En ese dilema, la dirección de la JSU se partió en dos; un grupo decidió escapar por mar, como él, en uno de los pocos barcos que quedaban en el puerto gijonés del Musel; y otro grupo decidió huir atravesando los montes de León, hasta encontrar territorio republicano. Entre éstos se encontraba el polaco. Y desde entonces no supo nada más de él, aunque lo buscó durante el resto de la guerra, y en cada una de las cárceles que visitó tras la derrota. Y se imaginó que había muerto, como tantos miles de republicanos, capturado y fusilado en alguna fosa común de los montes leoneses. Le pregunté más detalles sobre aquel joven. Me dijo que se llamaba Adolfo Golber, que era un poco gordito y no muy alto, con el pelo rizado y rubio. Que hablaba bien el español, que provenía de la juventud comunista, que era estudiante de Derecho en Madrid antes de la guerra, y el secretario de Cultura en la primera dirección de la JSU emanada tras la unificación de las juventudes comunistas y socialistas. Que le había pillado el alzamiento franquista en Galicia, adonde había acudido para el congreso de unificación regional de la UJC y la FJS; que allí había sido detenido pero que pudo escapar.

Lo que más me atrajo de Golber no fue la suma de aventuras que imaginaba que había vivido en los montes de León, huyendo de los fascistas. Lo que más me llamó la atención fue que, siendo polaco, fuera miembro de la primera dirección nacional de la JSU. Eso le daba un empaque más coherente a esa organización, que así se mostraba internacionalista de verdad. Me recordó el ejemplo de Leo Frankel, ministro de Trabajo en el gobierno proletario de La Comuna de París. La Comuna, que había nacido en la desesperación provocada por el largo asedio alemán de la ciudad, y el disgusto que la rendición sin lucha provocó en el pueblo. Un momento, en ese París de 1871, en el que los sentimientos nacionalistas, o incluso chovinistas, podrían haber sido muy fuertes, y aún así La Comuna “concedió a todos los extranjeros el honor de morir por una causa inmortal”. Nombró ministro a Leo Frankel, un obrero judío húngaro, y “honró a los heroicos hijos de Polonia, Dombrowski y Wroblewski, colocándolos a la cabeza de los defensores de París”, como dirá Karl Marx en “La Guerra Civil en Francia”. Como La Comuna, la JSU concedía a los extranjeros el honor de ser capitanes de esa causa inmortal.

Y me puse a buscar los rastros de Golber. Fui encontrando todo aquello que el veterano republicano me había contado. En el diario “El Pueblo Gallego” del sábado 18 de julio de 1936, di con la siguiente nota:

“COMISIÓN PROVINCIAL DE UNIFICACIÓN

El próximo domingo día 19 se celebrará en el “Danubio azul” a las cuatro de la tarde, un acto como clausura al Congreso Provincial de Unificación de la Juventudes Socialistas de Pontevedra en el que intervendrán los oradores Ramón Conde por la Comisión provincial; Adolfo Golber y Segundo Serrano Poncela por la Comisión Nacional.

A continuación, habrá un gran baile en el que intervendrá una afinada orquesta.”

Hallé anuncios en la prensa madrileña de la época, de actos previos a la unificación juvenil, en los que Adolfo Golber era anunciado como orador en nombre de la juventud comunista. Encontré que fue detenido y encerrado en la cárcel de Monforte de Lemos, tras el alzamiento franquista, de donde consiguió escapar. Y lo mejor, encontré rastros posteriores a la caída de Asturias, donde se mencionaba su estancia en Valencia, en Catalunya, a lo largo de 1938.

Me volví a citar con mi informante, quería comunicarle mi hallazgo.

—Tengo una buena noticia —le dije para prepararle el terreno.

—A éstas alturas todo son ya buenas noticias —me comentó riendo. 

—Golber no murió. Sobrevivió, llegó a territorio republicano. Encontré documentos que lo demuestran, Pero el trabajo está a medias —continué—, porque a finales de 1938 su pista desaparece. No hallé nada posterior, ni en los registros de prisiones. Quizá, escapó de la muerte tras la caída de Asturias, pero ésta le encontró después, siendo uno de los tantos asesinados en fosas, sin rastro —es la única explicación que encontraba, porque ese joven nacido en 1916 en Czestochowa, Polonia, era una persona conocida, a quien le habría resultado muy difícil esconderse del régimen franquista, y tampoco habría evitado el fusilamiento o una larga condena de haber sido detenido.

—Pues si está en alguna fosa hay que encontrarlo —me dijo el viejo miliciano—, no puede quedar sin huella, borrado de la historia, su vida no lo merece.

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