No abundan los maestros en el oficio de dibujar viñetas de humor. Cuando digo “maestro” lo digo en el sentido pedagógico, no en el elogioso y un poco pedante que se aplica cuando hablamos de un artista al que admiramos. Por mucho que algunos se empeñen en teorizar sobre el humor (yo mismo caigo en eso algunas veces), es un arte en el que no hay reglas fijas, tan solo algunas pistas que pueden ayudar al aspirante a humorista, pero poco más. Si uno quiere dedicarse a esto, tendrá que aprender a ser autodidacta.
Pero cuando hablo de Vázquez de Sola, suelo referirme a él como mi maestro, porque realmente es el único que he tenido en esta profesión. Otros me han enseñado las bases del dibujo, a manejar los colores y técnicas diversas, pero Andrés fue quien me introdujo en los mecanismos del chiste gráfico. Esto se remonta a 1994, cuando asistí al curso de verano que impartió en la Universidad de Cádiz, Humor gráfico y comunicación. Por entonces yo aún no había hecho viñetas de prensa, ni tenía previsto hacerlo, pero practicaba el humor en abundancia en mis facetas de historietista e ilustrador. De aquel breve curso saqué unas cuantas enseñanzas que me resultaron muy útiles cuando, una década más tarde, recibí el encargo de hacer una viñeta diaria para un periódico, y que a estas alturas de mi trayectoria sigo teniendo muy en cuenta.
La primera enseñanza, en la que está el meollo de todo esto, es que en el humor gráfico no se trata tanto de dibujar bien como de comunicar. Muchos grandes humoristas no han sido técnicamente buenos dibujantes, pero tienen talento para transmitir ideas por medio del dibujo, y saben seducir al lector no sólo por la calidad de su humor, sino por poseer un estilo muy reconocible, que crea un vínculo de complicidad con el lector. Y me van a disculpar, porque ya estoy teorizando.
Andrés posee sin duda ese estilo particular, pero es además un excelente dibujante. Si alguien lo duda, que eche un vistazo, sin ir más lejos, a su famoso dibujo, La corrida, incluido en su libro El General Franquísimo, publicado en Francia cuando aún estaba en el exilio, o a sus extraordinarias caricaturas. Su dibujo, sintético casi siempre, barroco sólo cuando “lo exige el guion”, y de una expresividad a veces estremecedora, lo emparenta con caricaturistas anteriores a la guerra civil, como Luis Bagaría.
Me han pedido que hable del Vázquez de Sola dibujante, pero no puedo pasar por alto el hecho de que es mucho más que eso. Con todo mi respeto y cariño a los humoristas gráficos actuales, entre los que me cuento, creo que se ha perdido la figura del dibujante de humor como alguien de cierta “altura intelectual”, que se codeaba con literatos y pensadores de su época. Pienso, por ejemplo, en los creadores de La Codorniz, como Tono y Mihura, o en Gila, Forges, Perich o Mingote, todos ellos a la vez escritores y personas influyentes intelectualmente. Andrés, dejando aparte las diferencias ideológicas con algunos de ellos, forma parte de este grupo. Y es que el humor, amigos, no es ninguna tontería. Eso también lo saqué en claro en aquel curso.
Otra “lección” que aprendí y sigo teniendo muy en cuenta: si haces humor político, debes de estar siempre contra el poder, “aunque gobiernen los tuyos” (palabras textuales de Andrés). Eso es esencial si quieres ejercer esta profesión de manera digna y honesta. No debes “casarte con nadie”, tu cometido es tocar las pelotas a los que dirigen el cotarro. El humorista de prensa es ante todo un observador, que ofrece a los demás su mirada al mundo y a los acontecimientos. Y esa mirada ha de ser necesariamente crítica. Aquí puede que venga a cuento lo que sobre Vázquez de Sola dijo Julio Anguita: “Es un continuador de Goya. Dibuja lo que ve y no lo que le gusta, como le pasó a Goya en sus Caprichos y aguafuertes.”
El dibujante satírico es en realidad un periodista. Hace lo mismo que un columnista de opinión, con la única diferencia de que lo hace por medio de una imagen y muy poco texto, cuando lo hay. Si ha de expresar una opinión, esta debe ser la suya propia, no la que marque la línea editorial del periódico. Y los pocos elementos de que dispone le obligan a ser muy directo en su mensaje, con frecuencia visceral. Esta visceralidad es la que provoca muchas veces la indignación de algún que otro lector. Si una viñeta con intención crítica no provoca este tipo de reacciones, debe ser que estás haciendo mal tu trabajo.
El humor no busca siempre la carcajada. A veces sólo busca una sonrisa de complicidad, y otras muchas, es la manera menos traumática de enfrentarse a hechos dolorosos o indignantes. “El humor es hiperrealismo —ha dicho Andrés— no hay nada que aproxime más a la realidad que el humor de reír por no llorar. (…) Ante una realidad hay varias formas de reaccionar: una es indignarse, otra es reírse y la otra es reír para afuera y llorar para adentro, que es el verdadero humor.” Sus dibujos a veces duelen, pero ya se sabe, no hay que matar al mensajero.
Sus caricaturas merecen una mención aparte. Huye de la típica caricatura que se ensaña con el físico del retratado, aquellas de la cabeza gigantesca y el cuerpecito enano. No le dicen nada (y a mí tampoco). Prefiere la caricatura que podríamos llamar psicológica: “el retrato más o menos estilizado, más o menos psicológico, más o menos profundo de una persona”. Carlos Castilla del Pino las definió como “biografías caricaturizadas”. Se trata de “retratar en dos trazos a la persona y al personaje”. El parecido físico no es lo más importante, sino plasmar quién es o quién fue el personaje en cuestión, lo que hizo y lo que vivió. Se me ocurren dos buenos ejemplos: la de García Lorca, saliendo de una enorme pistola, alzando sus manos que sostienen una paloma, y la de Guzmán el Bueno, un personaje cuyo rostro no conocemos, al que sin embargo identificamos por su atuendo medieval, y más que nada porque aparecía afilando un puñal, mientras en su pecho se leía el mensaje “I love (corazón) Herodes”.
Por si no ha quedado claro en este modesto texto, el humor de Vázquez de Sola es inseparable de su compromiso político y social. Nunca se ha dejado dirigir y ha hecho lo que honestamente creía que debía hacer. Este inconformismo, unido a su indudable talento, le hizo ser reconocido durante sus años en Francia como uno de los grandes, junto a Wolinski, Reiser, Bretecher y algunos más. Pero una vez de vuelta en su país, en los años de la transición, encontró un difícil acomodo en la prensa española, demasiado acostumbrada a que no se crucen ciertas líneas (no sé si es adecuado llamarlas “rojas”). Por esto, su nombre no es tan conocido por el público como los Forges, Summers o El Roto. Pero para los que nos atrevemos a mirar un poco más allá, es todo un referente. Y para los que además nos dedicamos a hacer garabatos, pues eso, un Maestro.

15 x 20 cm







