Esperpento

Nos dan una ración televisada de “hacer sacrificios para defender la paz” y ya podemos hacernos a la idea de quedarnos sin las joyas de la corona del Estado de Bienestar para pagar el peaje

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Encuentro del presidente del Gobierno Pedro Sánchez, con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski en octubre de 2023 en el Palacio de Congresos en Granada en el marco de la III Cumbre de la Comunidad Política Europea (CPE)| Pool Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa
Encuentro del presidente del Gobierno Pedro Sánchez, con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski en octubre de 2023 en el Palacio de Congresos en Granada en el marco de la III Cumbre de la Comunidad Política Europea (CPE) | Foto: Pool Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa

José María Alfaya califica de «esperpento» la forma en que se nos conduce a la guerra en Ucrania, mientras se oculta información sobre Gaza.

Tanto si lo entendemos como persona, cosa o situación grotesca o estrafalaria (según define la RAE) o si nos referimos a la concepción literaria y técnica teatral creada por Valle-Inclán, que deformaba la realidad acentuando sus rasgos grotescos e incoherentes, haciendo que las cosas y los animales se humanicen mientras los humanos se animalizan, tenemos que admitir que la práctica del esperpento forma parte de la vida política española.

Para empezar, Sigma Dos nos indica que uno de cada dos españoles considera que la guerra en Ucrania debe acabar lo antes posible, aunque los ucranianos pierdan territorio. Y eso que los ucranianos son “los buenos” y los rusos cargan con el sambenito de ser “los malos” de la película. Será por eso que hay mucho español (el 61% de los encuestados) que respaldan mantener el apoyo militar, que empezó con saldos de cacharrería procedente del desguace y ahora son ganancias estupendas de las empresas españolas del armamento.

No sabemos si hemos comprendido el coste y los peligros asociados a esta decisión que una buena parte del Gobierno mantiene y el presidente impone, pero para eso está el esperpento mediático: nos dan una ración televisada de  “hacer sacrificios para defender la paz” y ya podemos hacernos a la idea de quedarnos sin las joyas de la corona del Estado de Bienestar para pagar el peaje de nuestra seguridad, que debe traducirse como la certeza de que nos ajustarán la economía hasta la extenuación del presupuesto mensual de supervivencia. Téngase en cuenta que, además, tenemos lo de las sanciones a Rusia que se han vuelto contra la propia Europa y la necesidad del gas ruso que los americanos no quieren que llegue al mercado europeo porque ya nos venden el suyo que es más caro.

Cuando estábamos en esos dimes y diretes, con el Sr. Borrell hablando en plan forestal de junglas y jardines, estalla la situación en Gaza y nos encontramos ante una matanza tan impresionante que los sionistas se cargan su reputación exhibiendo la puesta en marcha de algo que llaman “derecho a defenderse” pero se parece extraordinariamente a un genocidio, porque no se cortan un pelo en contar el cómo y los porqués. Y los números cantan y los muertos no son fieras salvajes sino una enorme población civil masacrada. Dos rabinos sionistas, Shapira y Elietzer, han llegado a decir que “hay razones para matar a los niños palestinos… si existe la evidencia de que, al crecer, nos dañarán”.

Y España, polarizada. No sólo porque la derecha y la extrema derecha anden en rivalidades  electorales. Además, la derecha se inventa un peligro rojo.

Nos califican de radicales, violentos y, lo mejor de todo: terroristas. Si te descuidas eres un “tonto útil” —como decía la policía franquista— entre Hamás y Bildu. No se acuerdan de que fuimos los inventores de la guerra de guerrillas, no reconocen la historia de nuestros levantamientos populares frente a las tiranías y las invasiones.

Estamos en una situación difícil que necesita coherencia, pensamiento y acción. Como escribe Carlos Magariño en El Común: Si ya veníamos destinados a ser el retiro turístico y desindustrializado de Europa —hasta el punto actual de no poder pagar un alquiler ni percibir un salario digno—, ahora sumamos el vasallaje absoluto, la entrega de la sanidad, de la educación, de las pensiones, todo lo que se irá por el sumidero ante el enorme gasto militar, sumado a la inflación y al deterioro de la economía derivado de las sanciones y sabotajes a las relaciones con Rusia y China.

Un verdadero suicidio, un sacrificio en pro de la hegemonía de los USA, en el que España se pone a la cola a la espera del desplome final. Como diría el Marx preferido de los progresistas y wokes, Groucho, “más madera, es la guerra”. (Añado: Ojalá fuera la de Gila).