Movistar Plus lleva algún tiempo apostando por series de calidad y producción nacional. Sobre todo desde la fusión entre la compañía y el extinto Canal Plus, que ha traído como resultado el nacimiento de series, a menudo desiguales, pero de una calidad estética y narrativa prácticamente desconocidas en nuestra televisión reciente (a excepción de la excelente Crematorio).
Entre esas producciones, una de las más destacadas es El día de mañana, creada por Mariano Barroso y Alejandro Hernández. La serie narra la historia de Justo Gil, un inmigrante que llega a la Barcelona de finales de los sesenta desde el opresor mundo de las provincias franquistas, cargado con una maleta de cartón llena de sueños y una madre moribunda a la que pretende salvar de una muerte segura. A partir de ahí, y a lo largo de seis capítulos trepidantes, Barroso y Hernández desarrollan una historia a medio camino entre el costumbrismo galdosiano y el thriller de contenido político, que nos dibuja un mapa de una sociedad atrapada entre el ansia de cambio popular, la frivolidad de la gauche divine, la heroicidad antifranquista y la realidad macilenta, gris, represiva y despiadada del régimen franquista.
Justo Gil, el protagonista y auténtico sostén dramático de la historia, es un personaje ambiguo, lleno de claroscuros, que tan pronto te arranca una sonrisa preñada de ternura como te invade de deseos de estrangularlo por su vileza y falta de escrúpulos. Un ingenuo y un pícaro. Un romántico y un delator. Un antihéroe que, sólo a ratos, puede hacer que te identifiques con su desesperación y del que los guionistas se valen para mostrar la naturaleza más obscena del fascismo: la de cambiar a una persona hasta llevarla a territorios sólo aptos para canallas, la de convertir al ser humano en el lobo del ser humano, una rata, una hiena carroñera que es capaz de aplastar a cualquiera para sobrevivir o ascender. Un mierda, vamos.
El mayor acierto de la serie es precisamente esa ambigüedad (no ideológica sino dramática). El mundo, por mucho que nos gustara a algunos, no se compone de negros y blancos sin matiz, sino que se nutre de una inagotable gama de grises que fluctúan como la desidia o la pasión. Los personajes (y las personas, por ende) no nacen con un futuro determinado sino que se construyen a sí mismas como fruto de la experiencia vital, de los hachazos del destino, de las condiciones materiales que la realidad nos arroja en el camino. Justo Gil no es malo. Tampoco es bueno. Es, por el contrario, un producto del sistema, una consecuencia del mismo y, por eso, cuando se ve en una situación comprometida, se convierte en un siniestro peón del fascismo como confidente e infiltrado del régimen en las organizaciones comunistas de la resistencia. Podría decidir no serlo, es cierto, pero el veneno de treinta años de Movimiento le ha infectado la sangre y no tiene antídoto posible contra el mismo; porque las personas que lo tienen o que lo tenían (no nos engañemos) no eran tantas. Porque las personas que eran capaces de sobreponerse a la oscuridad de la España Grande y Libre eran minoría; héroes y heroínas que se lo jugaron todo mientras la mayoría de sus congéneres iban a lo suyo puesto que eso era, al fin y al cabo, lo que habían mamado de la ubre del Estado y sus tentáculos ideológicos.
Esta reflexión, escondida bajo la epidermis de la historia, es la que hace de El día de mañana una serie novedosa e interesante lejos de la mirada azucarada y descompuesta de otros productos (Cuéntame como ejemplo más palmario) que tratan esa misma época. No es un panfleto sino un cuento con retranca y amargura, una fábula sobre lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Con un reparto solvente y equilibrado en el que emergen Karra Elejalde (bendito sea), un brillante Mateo Moreno (que pasa de policía torturador a militante del PSOE, ay, qué historia la de este país nuestro…) y un prácticamente desconocido Oriol Pla que soporta con dignidad el peso de un papel protagonista enormemente dificultoso. Fotografía impecable y diseño de la producción más que notable que, junto a una puesta en escena sobria y funcional, acompañan un guión sobresaliente. Muy recomendable para pasar un par de tardes del invierno venidero bajo la manta y la calidez del hogar (si las eléctricas nos dejan).







