Oda a la lejía

Pepi, centaura del Barrio Alto, quiere que alguien cuente la historia de su padre, que salvó a su nieto de los peligros del barrio y era de esos que podían organizar una huelga general del campo en 24 horas, sin siquiera octavillas
Cuadro de Felipe Alcaraz. Ropa tendida

Este artículo trata de la oposición radical al trabajo no pagado a las mujeres y a la resistencia de estas levantando a diario la bandera de la combatividad anónima, incluso contra su condición de amas de casa.

Las mujeres tienen el desparpajo de la lejía y manejan como nadie esa agresividad persiguiendo rincones y boquetes. Es una de esas gestas que no consta en los libros de historia: la épica de la lejía. Que no gusta a todo el mundo, sobre todo a ciertos hombres, que la creen exagerada. La mujeres saben ocultar los recipientes y los transportan de incógnito por las calles repletas a la hora de la compra. A veces el ambiente de la casa pica en los ojos y hay que aventar las habitaciones. Pero nada ni nadie conseguirá romper la alianza de las mujeres con la lejía. En la vieja división del trabajo las mujeres y la lejía son del mismo bando. Descubres todo esto quizás tarde, en la última curva del camino, aunque no sabes reconocerlo, preso de tu silencio institucional. Hoy la cafetería del bar de la calle Descalzas huele a lejía y resulta un descubrimiento cargado de tranquilidad. Pienso que ese picorcillo en los ojos es el picor de la vida, de que la vida sigue.

Estás sentado en el poyete de la farmacia al final de la calle Jerez, ese que llamas el poyete Freud, donde se sienta la gente y coloca su relato. Hoy se ha acercado Pepi, una de las centauras del Barrio Alto y, sin sentarse, de pie ante ti, desgrana su conversación.

—Ahora limpio colegios, por la mañana, desde las siete. Después voy a la compra y tiendo la ropa en los alambres de la azotea. Guiso y espero que vuelvan mi marido y las niñas. Ya te dije un día: a ver si te vienes a la casa y pruebas mis fideos con choco. Yo te avisaría. El día antes te lo digo. Vivo ahí, muy cerca, en las casas sociales de la calle Descalzas.

Después, como otras veces, me habla de su padre y de cómo supo salvar a su nieto Tolino, hijo de su hermana, de los ambientes malos de un barrio pobre en uno de los pueblos más pobres de España. Tolino ahora se ha retirado pero, hasta hace dos años, llegó a ser un futbolista de postín, quizás el mejor que ha dado el pueblo hasta ahora.Jugó en el Celta, en el Manchester City, en el Barcelona, y ha sabido no dilapidar el dinero ganado.

—De los quince barrios más pobres del país, doce están en Andalucía, y en uno de ellos vivía Tolino. Es ese barrio… Vamos, se cuenta, ya sabes… Embarrancó una “goma” repleta de droga y las vecinas, hasta las viejas con sus batas negras de topos blancos, se tiraron a coger los fardos y se enfrentaron incluso con un helicóptero de la policía. Es esa economía oculta del pueblo. Pues mi padre cogió desde chico a Tolino y lo educó en otros valores y le insufló el espíritu de la lucha, incluso lo metió en una escuela de fútbol para niños que había. Lo salvó de esa epidemia que se metía en las casas y rompía a la gente… Rompía las relaciones, el futuro, la vida misma de la gente. Sí, algo parecido a lo que está diciendo al televisión de ese barrio de Sevilla, las Tres mil viviendas, donde hasta se han oído ráfagas de metralletas militares, en poder de la gente desesperada.

Pepi quiere que alguien cuente la vida de su padre, su lucha junto a los jornaleros y cómo encauzó la vida de Tolino. Y cuenta historias de su padre, que siempre fue más pobre que una rata.

Aquí se rompió la clase obrera. Todo el mundo se compró un “roalito” de pocas o algunas aranzadas. Ahorraban o invertían préstamos. Muchos dejaron de pensar y actuar como trabajadores cuyo único capital son sus manos

—Se me ponen los vellos de punta al recordarlo. No tuvo justicia en este mundo. Pero nunca se quejó. Y nunca dejó de luchar, siempre del lado de los más pobres. Aquí se rompió la clase obrera. Ya hace tiempo. Todo el mundo se compró un “roalito” de pocas o algunas aranzadas. Ahorraban o invertían préstamos o empleaban lo que habían ganado algunos en la emigración. Pero eso mismo hizo que empezaran, muchos de ellos, a pensar y actuar de otra manera, no ya como trabajadores cuyo único capital son sus manos. Mi padre no se compró nunca una parcela, ni hizo siquiera intención. Siguió yendo hasta el final ahí, a esa plaza, a la llamada Puerta de Jerez, por las madrugadas, a esperar que llegaran los capataces a escoger los que iban ese día a cortar uvas o el trabajo que fuera. Y mi padre era uno de esos que podían organizar una huelga general del campo en 24 horas, sin siquiera octavillas, comunicándose de boca a oreja con la gente.

Después Pepi se despide. Tiene que empezar a preparar la cena.

—A ver si te vienes un día y pruebas mis fideos con choco. También, a veces, les echo pedacitos de marrajo. Yo ya te aviso. ¿No te importa comer con las niñas y el hombre?

—En absoluto.

Empieza a caer el día en Sanlúcar de Barrameda. El sol se oculta por la punta del Malandar e incendia el horizonte de un festival de luces rojas y doradas, un poco antes de que inicie su trabajo el faro de Chipiona, lanzando en la oscuridad una hoz de plata cada diez segundos. En el cielo las tonalidades de amarillo pasan al rojo, y las del rojo a color vino. El atardecer en Sanlúcar es la ópera de los pobres.

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