Repartir el trabajo y el tiempo, compartir los cuidados es la vieja reivindicación feminista del pan y las rosas. Ha pasado más de un siglo desde que las obreras de la fábrica textil de Lawrence decían, en su manifiesto reivindicativo, que los corazones padecen hambre, al igual que los cuerpos y acompañaban sus luchas en la calle con un hermoso himno, en el que hablaban de cocinas oscuras y grises lavanderías, de su amor maternal, de la solidaridad con las mujeres muertas, explotadas desde el nacimiento hasta la muerte, y de su afán por conocer el amor y la belleza.
Los seres humanos vivimos en comunidad, somos interdependientes unos de otros y necesitamos cuidados; no podríamos sobrevivir de otra manera. Como dice la antropóloga Margaret Meat, el hallazgo de un fémur roto y curado en un fósil humano marca el inicio de la ética y el humanismo, porque solo podemos afrontar nuestra fragilidad con el apoyo de otras personas, todas cuidables y cuidadas, todas cuidadoras… Sin embargo, en el reparto sexual del trabajo, somos las mujeres las encargadas de los cuidados y, aunque se ha avanzado en la conciencia social durante los últimos años, hay un desequilibrio latente y patente en la estrategia que desarrollamos para incorporarnos al trabajo productivo y la que desarrollan los hombres para compartir el trabajo reproductivo; así, mientras las mujeres nos aplicamos a ponernos en su lugar, ellos se ponen en el lugar de sus deseos, que no es, ojo, el lugar de sus caprichos, porque sus deseos —entendidos ampliamente— pueden inventar una vacuna, construir un edificio, escribir un cuadro o escribir un libro, entre otras muchas cosas; pero las mujeres nos ponemos en el lugar necesario y en el tiempo preciso, subordinando a ello nuestros deseos.
Hay que reivindicar la épica de la vida cotidiana, los trabajos del corazón que nosotras hacemos para que toda la comunidad lo entienda y lo valore; para que los hombres, educados para la vida pública, se apliquen a ese aprendizaje
El movimiento feminista ha ido consiguiendo, a lo largo de siglos de lucha, conquistas y derechos que los hombres tienen por el hecho de ser hombres. Pero sabemos que todo eso debemos compatibilizarlo con los cuidados a las personas que tenemos alrededor; los hombres que se han incorporado a esas tareas, entienden que es lo justo, pero su inconsciente ideológico les dice que están llamados a otras misiones más importantes y que para esas ya están las mujeres que lo hacemos muy bien y casi sin esfuerzo. Por eso, hay que reivindicar la épica de la vida cotidiana, los trabajos del corazón que nosotras hacemos —sembradoras, magas, cosedoras, multiplicadoras del tiempo, del pan y los peces— para que toda la comunidad lo entienda y lo valore; para que los hombres, educados para la vida pública, se apliquen a ese aprendizaje y traten de hacerlo tan bien, al menos, como nosotras intentamos hacer el trabajo remunerado.
Sí, se habla demasiado poco de lo que aportamos las mujeres a la vida de la comunidad, aunque haya una aprobación más o menos explícita de las labores que llevamos a cabo, faltaría más… Pero es que aprobación no es lo mismo que reconocimiento que, en palabras de la filósofa Ana de Miguel, es un concepto filosófico relacionado con la justicia, porque es la necesidad de ser reconocidos en igualdad con el resto de los seres humanos, de no ser tratados como ontológicamente inferiores. Ese reconocimiento, imprescindible para avanzar en la igualdad, es reconocer nuestras fortalezas y nuestras fragilidades, como el resto de seres humanos y saber que todas las personas, hombres y mujeres, tenemos derecho a dar y recibir los cuidados necesarios. Que no es solo un asunto de ética; también de épica.








