«También a las mujeres nos han declarado la guerra.» 5 mujeres asesinadas y un niño de 2 años en 48 horas. Estas cifras no son casualidad: en un sistema que normaliza la violencia —como el que extermina a 60.000 palestinos y palestinas bajo el silencio cómplice de Europa—, la expresión más brutal del patriarcado se recrudece. Los feminicidios son solo la punta del iceberg de una espiral que se alimenta de rearme, militarización y la legitimación institucional de todas las violencias.
Cultura de violencia, raíz patriarcal
Como señalaba Johan Galtung, estamos educados en una cultura de violencia —que yo añadiría: violencia patriarcal—, donde se nos niega imaginar alternativas no violentas a los conflictos. Desde la infancia, se nos enseña la historia como una sucesión de guerras; se nos adoctrina en que las disputas se resuelven con autoridad jerárquica: el padre, el macho, las leyes del más fuerte. Los medios masivos refuerzan este relato, vendiendo la militarización como única solución. Vivimos, así, inmersos en un ciclo de agresión constante, que permea todos los ámbitos de la vida.
Despatriarcalizar para desarmar
La herramienta más sólida para romper este ciclo es una educación feminista, hoy ausente en escuelas y medios. Urge desmontar los cimientos de un sistema que glorifica la dominación: necesitamos formar a las nuevas generaciones en cultura de paz, solidaridad e igualdad. Pero el mundo no sale a las calles masivamente para exigir el fin de los feminicidios, como tampoco lo hace para detener los crímenes sionistas e imperialistas. La misma lógica que normaliza la violencia machista —la de un sistema patriarcal— es la que justifica las masacres coloniales: la deshumanización de quienes son considerados inferiores. La indiferencia ante ambas no es coincidencia; es síntoma de una cultura que acepta la violencia como moneda de cambio del poder. ¿Por qué? Porque los valores hegemónicos siguen siendo los de la sumisión, la fuerza y la jerarquía.
La batalla de las ideas
Hoy libramos una lucha crucial: el pulso entre el feminismo —que defiende la vida, el diálogo y las soluciones consensuadas— y el auge de la extrema derecha, cuyo fascismo se nutre de la violencia patriarcal. Sus ideales se sostienen sobre la opresión a quienes consideran inferiores; los nuestros, sobre la construcción de un mundo donde hombres y mujeres vivan en igualdad y libertad real.
En conclusión, despatriarcalizar el sistema no es una opción, es una emergencia. Exijamos educación feminista ya, porque solo desde nuevos valores —y no desde las trincheras del viejo orden— podremos construir una sociedad donde la paz no sea la excepción, sino la norma.







