El tesón de los ministros del PP no conoce fondo. Saben perfectamente que han metido la pata hasta el fondo, que todas esas intervenciones parlamentarias a lo largo de 2003 para justificar la guerra en Iraq hoy son castillos de arena erigidos por el presidente de Estados Unidos y el primer ministro británico. Las declaraciones a rajatabla de hace un año hoy se matizan porque las potencias ocupantes de Iraq no han sido capaces de probar ni uno solo de las razones esgrimidas para poner en marcha la maquinaria bélica el 20 de marzo de 2003.
No hay armas de destrucción masiva, no hay ninguna conexión probada del régimen dictatorial del depuesto Sadam Husein con la red de Al Quaeda, no hay evidencias de una potencial industria química con fines armamentísticos. Una tras una, se descubre que los informes y pruebas explicadas ante el Consejo de Seguridad de la ONU no eran sino suposiciones y posibilidades en absoluto contrastadas por los servicios secretos estadounidenses y británicos.
Aquí, nuestro presidente, José María Aznar, confiesa no tener ningún dossier del Centro Nacional de Inteligencia a desclasificar en torno a este asunto. Tampoco cree conveniente comparecer ante la diputación permanente del Congreso para dar explicaciones de cuál fue la información manejada hace un año en la reunión de las islas Azores -junto a Bush y Blair- y que los demás, ignorantes mortales, carecíamos de las entendederas imprescindibles para vuelos de alta política exterior.
Nunca, por más que conviertan las peras en nueces, aprobó el Consejo de Seguridad de la ONU una resolución a favor del ataque; nunca la misión de las Naciones Unidas para el desarme de Iraq confirmó la veracidad de armas de destrucción masiva listas para ser utilizadas; nunca hubo pruebas de bombas químicas; no se han encontrado ni misiles de largo alcance ni lanzaderas para éstos. Y todo ello después de muchos meses en los que los expertos de EE UU y Gran Bretaña han podido recorrer el país a su antojo, interrogar a los científicos y políticos del tirano representados en esa lúgubre baraja de naipes tan particular.
Sin embargo, hoy sí podemos manifestar que la intervención militar ha causado miles de muertos, ha empobrecido el país, ha destruido instalaciones civiles (hospitales, escuelas, puentes, red de agua, etc.) fundamentales para la vida cotidiana, ha abierto la caja de los truenos entre las distintas etnias y no se ha avanzado ni un ápice en la pacificación de Oriente Medio.
Los palestinos siguen igual, el muro crece a marchas forzadas, el peligro de Iraq es hoy mayor que hace un año y los derechos mínimos de la población siguen siendo pisoteados al antojo de los gobernantes de cada uno de estos países. Pero eso no le importa a la espada justiciera del gobierno de Estados Unidos. George Bush ya tiene la guerra que tanto anhelaba, aunque el goteo de sus compatriotas vestidos de militar engrose una lista negra y trágica como sus aviesas intenciones.






