El mito de la transición española (I).

la recuperación de la identidad nacional perdida

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La dictadura franquista destruyó la organización de la sociedad republicana y desarticuló su incipiente ser social. Esta descomposición total de lo colectivo, de lo común, trajo como consecuencia, entre otros factores, la ausencia de tensión política durante el régimen -salvo la actuación del PCE- y el control absoluto de la población por parte del aparato represor. La aniquilación del tejido socio-asociativo, que tanto favoreció la implantación transversal del franquismo como sistema autoritario, con el corporativismo nacional-católico como base ideológica, produjo, desde el Plan de estabilización de 1959, una anómala situación ya que el ambicioso proyecto interclasista de la tecnocracia emergente -Franco cedió pronto el poder económico quedándose con la representación política y el orden policial- carecía de referente social. El poder institucional se apoyaba en el terror ejercido por una amplia red policial -desde los serenos a la Brigada Político-Social- y en la omnipresencia de cancerberos militares y religiosos. Las funciones estratégicas de estas fuerzas de choque eran claras. Mientras los militares, vencedores en el campo de batalla, aseguraban la verdad histórica revelada y la cohesión nacional, la vanguardia religiosa garantizaba el orden moral y la educación. Con la cartografía en la mano, a la tecnocracia -necesitada de articular una estrategia económica capaz de vencer el aislacionismo- le faltaba una pieza: una sociedad protoconsumista que impulsase la demanda interna y que fuera capaz de adaptar la estructura productiva, casi autárquica, al novedoso sistema económico. Impulsada por el INI, un pluriempleo, en muchos casos, de la casta militar, y las grandes corporaciones bancarias; ayudada por las inversiones extranjeras, el crecimiento del turismo, el dinero procedente de la emigración europea y las congelaciones salariales, la tecnocracia dirigió la renovación con mano de hierro como única forma de asegurar la pervivencia económica de su clase. Si la izquierda antifranquista se refugiaba en la idea de pueblo derrotado -los vencidos de 1939- siguiendo la estela de una continuidad frentepopulista, los «aperturistas» de la dictadura, adalides de la renovada identidad, buscaban anclajes sólidos en las pujantes capas medias católicas. Sabido es que la importante migración campo-ciudad de esos años favoreció esta dinámica industrial. Para potenciar esta nueva estratificación social acorde con el modelo propuesto era imprescindible recuperar una parte de la leyenda: reinventar el cuerpo social y reinventar eso que, bajo palio y espada, llamaban España.

La construcción de un universo simbólico y referencial, entendido como el conjunto de elementos necesarios para imponer, de forma permanente, un punto de vista interesado sobre el mundo, requiere el concurso de múltiples elementos. En primer lugar se necesita un corpus teórico formado por conceptos intuitivos y trascendentes (sustrato material de la ideología dominante, un lenguaje) cuya comprensión no requiera información previa: patria, España, ejército, religión, bandera, educación, matrimonio, familia, etc. Una vez concebido el aparato conceptual con sus respectivas ramificaciones y procesos, es decir, definidos los fundamentos de verdad y verosimilitud del sistema general de valores, es preciso establecer un procedimiento eficaz de difusión: la propaganda. Al principio era el verbo, hecho logos o carne, y hablaba por la radio Queipo de Llano. Después, coincidiendo con el desarrollismo, vino la «excepción española», los paradores nacionales y las invocaciones a la «diferencia»: la constitución real de la idea de pueblo soberano que la tecnocracia requería.

En la actualidad, superada esa etapa de barbarie inferior e inmersos ya en la civilización líquida y democrática emanada del acuerdo constitucional de 1978 -una etapa donde el discurso dominante fluctuó sin consolidación- habla el EPS con sus reportajes, entrevistas y opinión, más los centros comerciales -luminosos campos de concentración de masas- como lugares de esparcimiento, relación social y ocio. La sofisticación o la aparente sofisticación de les temps modernes -en puridad, una versión tecnológica de la cosmovisión liberal-conservadora del siglo XIX con las modificaciones impuestas por los acuerdos de Bretton Woods (1944)- es la clave argumental de nuestros días, el paradigma cerrado y bloqueado de la modernidad. Desde mediados de los años setenta, a medida que la sociedad adquiría niveles cada vez más elevados de interiorización mercantil y el consumo se erigía en árbitro y semáforo de las clases sociales marcando fronteras insalvables, el mensaje emitido por los propietarios de la razón, y de los medios de producción de objetos e ideas, se tornaba cálido, íntimo y próximo, adaptando su apariencia a la «sinuosa» sensibilidad, a la novedosa manera de mirar y sentir el mundo de la socialdemocracia capitalista: «ser» se hizo «sentir», un «sentir de formas evanescentes» (sic). Para reforzar este razonamiento y comprender la evolución social, bastaría repasar la historia de la publicidad y sus ideologemas fundamentales o el concepto mismo de «imagen». Una vez atado y bien atado, según la conocida fórmula, el mecanismo de reproducción -incluso las ideas, en sentido platónico, se han transformado en logotipos, marcas o señas de identidad grupal en este estadio avanzado del capitalismo tardío- y sembrada la duda sobre la pervivencia y validez de los principios de la izquierda, la sociedad fue cayendo en una apatía, una ausencia de sí, viviendo a merced de las necesidades (fisiológicas) de los mercados. A esta permanente provisionalidad -la irrupción de lo precario en las relaciones sociales, políticas, sentimentales, económicas y culturales; un ser/no ser, un estar/no estar, un sentir/no sentir- se añadió, desde la muerte de Franco, el «pacto del olvido». La explosiva mezcla de irresponsabilidad social, impulsada por las fuerzas políticas y sindicales, y diversión continua, fomentada por los poderes públicos y privados, es a lo que algunos han llamado, sin ironía, «el espíritu de la transición».

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