No es la primera vez que en esta sección recordamos un libro que no es de fácil adquisición ya porque esté agotado, ya porque esté descatalogado. Sin embargo, siempre hemos creído que, en medio de la abundante producción editorial diaria, era necesario llamar la atención sobre lo que ha quedado marginado, silenciado o eliminado del circuito cultural, o dicho de otra manera, este espacio, parafraseando el último verso de la «Poética» de Javier Egea, desea ser un pequeño rincón en armas contra el olvido.
Su biografía, como la producción de su obra, estuvo ligada a Granada, su ciudad natal. Allí compartió militancia poética y política con el grupo de poetas que se dieron a conocer en los años ochenta. Sin embargo, a partir de su muerte en julio de 1999, su obra ha quedado arrinconada por los discursos poéticos hegemónicos y mercantiles, a pesar de que en el año 1983 aparece su nombre junto a los Álvaro Salvador y Luís García Montero en los textos fundacionales de la corriente denominada «La otra sentimentalidad,» que se concreta en la práctica con «1917 versos» (Ediciones Vanguardia Obrera, 1987), una pequeña selección de cada uno de los poetas – en total seis – vinculados a esta tendencia.
Y como decíamos anteriormente, no sólo es que en estos momentos sea difícil adquirir sus obras, sino que además algunas de las que escribió en vida permanecen inéditas. Y si a esto le añadimos que, en un país que tiene larga tradición de antologizar sus poetas, en muy pocas encontramos sus poemas, tenemos derecho a pensar que «algo» ha ocurrido para que se produzca este fenómeno. Y no es por cuestión de lo que se denomina calidad poética. Javier Egea, en su breve e intensa obra, se nos revela como un gran poeta que se situó en los límites de la realidad literaria, al margen de los patrones burgueses y académicos en un tiempo en que muchos creyeron en la normalización social y política. No fue un poeta maldito en la acepción tradicional, pero sí en su radical apuesta por la vida que, paradójicamente, optó por elegir su propia muerte.
Tampoco es casual que los poetas antes aludidos manifestasen sus respectivos manifiestos en forma discursiva, mientras que Javier Egea escribiese un metapoema a partir del «Mas se fue desnudando. Y yo le sonreía,» de Juan Ramón Jiménez, en el que explica parafraseándolo su relación con la poesía que transita por un camino que va del idealismo y norma hasta llegar a ser «pequeño pueblo en armas contra la soledad,» no sin antes manchar sus ropas en las «escombreras» de luz y libertad y «llevarla por calles y lunas prisioneras.» Todo un manifiesto poético, pero también político en un momento en el que, posiblemente pudo intuir que «La otra sentimentalidad» podría derivar a lo que se llamó después la poesía de la experiencia, un discurso que se ajusta más a presupuestos de la postmodernidad enunciados por James Jameson que a los planteamientos fundacionales.
La poesía de Javier Egea inicia su difusión a partir de sus primeras obras, Serena luz del viento y Aboca de parir para alcanzar su madurez en «Paseo de los tristes», obra galardonada con el Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez y editada en cuatro ediciones sucesivas durante la década de los ochenta, aunque Troppo mare, escrita anteriormente, fue editada en 1984. Su último poema «Leer El Capital,» en el que el que su protagonista se dirige, a la manera beaudelariana, a un «hipócrita lector, hermano, camarada» para que juntos contemplen el fracaso de sus historias y con urgencia «romper hacia otro norte,» no sin antes haber dicho: «Hoy es preciso un alto en la derrota» para que de la altiva soledad surja la conciencia del existir y la esperanza: «Hoy sólo sé que existo y amanece.» Este poema es un ejemplo de poesía materialista en la que el amor, la soledad y la muerte están insertas en el proceso histórico – «¿Acaso tu costado no latía, / no era la misma cicatriz en todos? /¿ Por qué la soledad, como la muerte, / sino muérdago en flor de tanto expolio» – definido sin paliativos con los términos metaforizados muérdago/expolio cuyo referente es la explotación como base del sistema capitalista. El inconsciente ideológico del personaje poético ha quedado definido.
Con una identidad clarificada, Javier Egea continúa su producción y escribe Paseo de los Tristes que podemos considerar un discurso amoroso que definiría en la práctica los presupuestos ideológicos de «La otra Sentimentalidad». Este libro se configura en dos partes. Una primera, denominada «Renta y diario de amor» y una segunda, «El largo adiós», que culmina con un extenso poema que la da el título al libro.
Renta y diario…» está compuesta por poemas breves que se corresponden con las formas epigramáticas y populares que dejan entrever las derrotas del vivir diario en un escenario urbano cuyas señales son las de la contabilidad y el mercado con sus correspondientes guardianes: «Ellos los asesinos, / vigilaban la caza del amor en silencio». En todos estos poemas, la retórica empleada está cercana a la narratividad que al lenguaje poético. El personaje quiere expresar su intimidad como apuntes escritos en una barra de bar. Ahora sus ofrendas y promesas se ciñen a una realidad contable y, por la tanto deshumanizada: «Te ofrezco algunas cifras amarillas… Te ofrezco lo que puede quererse tras la muerte, / lo que queda de amor después de la oficina».
La pregunta que nos asalta después de leer estos poemas es si es posible el amor en medio de la explotación y el expolio, la misma interrogación de los personajes del poema que comienza «Sin apenas mirarnos, casi en vilo…» que, en una tarde en medio de una intimidad burguesa, exclaman «… y cuánta sangre, / cuánta muerte rodando entre nosotros / para tomar el té.»
En «El largo adiós», la brevedad y contención retórica es sustituida por el poema de más largo aliento en los que predomina la discursividad – en algunos adquieren el tono epistolar – Sobre el papel y «Otro Romanticismo», en los que el amor sólo le basta la presencia compartida: «Hay cosas en la vida / que sólo se resuelven junto a un cuerpo que ama». Mientras que todo los demás, como la escritura, sólo son artificios para espantar la soledad: «Y cartas que se escriben…y te da por pensar / que es posible que no nos conociéramos / aunque fuimos viviendo el mismo frío, / la misma explotación, / el mismo compromiso de seguir adelante / a pesar del dolor».
Y como colofón, el largo poema, «Paseo de los tristes» que tiene una vinculación directa por su temática con «Itinerario.» Tanto en uno como en otro, el escenario es el mismo: La ciudad como lugar de los sueños y el amor, pero también de la enajenación y la soledad.
Juan Egea publicó después «Raro de Luna» en el que leemos el verso «No No era este el lugar», reiterado varias veces, y que en el contexto de su poesía expresa su lucidez y su derrota, sus denuncias y sus deseos y el sueño de un re-nacimiento de un nuevo octubre rojo.







