Lo que más me molesta, derecha-que-va-a-por-todas, de esta crisis es la actuación feroz de los segundones, los corrillos de comadres disfrazados de comunicadores, los discursos de los estrategas de café. ¡Qué cantidad de energía perdida en practicar lo contrario de lo que se afirma! ¡Qué distancia entre predicar y dar trigo! ¡Qué retorcimiento en las palabras empleadas hasta despojarlas de cualquier significado noble, respetable y arrojarlas al vertedero de la mentira y la desconfianza!.
Salen unas personalidades a poner en palabras poco comprensibles para la plebe, aunque suenan como amenazas, la enésima muestra de pleitesía que exigen los financieros y la maquinaria mediática de desinformación saca a todos sus empleados y voluntarios a marear la perdiz. No les basta con tenernos pendiente de un hilo sino que, además, lo balancean, lo tensan o lo aflojan y nos tienen a todos colgados no sólo del hilo sino de dilucidar si la mano que lo mueve es la del titiritero o la de una marioneta intermediaria. Enjundiosa cuestión que tiene su importancia.
De vez en cuando sueltan declaraciones tronantes: España ya no está en la primera fila de la crisis, nos dicen. Ya estamos con la diferencia sutil entre España como unidad de destino en lo universal y los españoles que, como explica certeramente uno de los carteles que se manifiestan por las calles, al final del salario le sobra mes. Y eso suponiendo que tengan: 1) salario, 2) ocupación, que ya sabemos que hay gente que no consigue ni trabajo ni cobrar por trabajos realizados.
Lo mejor de la frase es que la ha dicho el presidente francés, lo que siempre se traduce como reconocimiento internacional, que debe valer más que el conocimiento propio, por lo mucho que jaleamos la ocurrencia. Además nos la han soltado con explicación: estamos fuera de la primera linea del desastre gracias a las medidas tomadas por el gobierno del Presidente Zapatero y gracias a la responsable actuación de la oposición encarnada en don Mariano Rajoy (y cierra el arco parlamentario). Eso sí que es matizar a un mes de las próximas elecciones.
Con la crisis de valores que dicen que padecemos (será, digo yo, de valores cotizables en Bolsa porque las calles están llenas de carteles invocando las reclamaciones más sensatas, más democráticas, más antiviolentas de toda nuestra historia reciente), podían haber aprovechado la ocasión y tener un recuerdo para las víctimas, para sus vidas laborales destrozadas, para la necesaria recuperación de un clima político no corrompido por la prebenda, la prevaricación, el autoritarismo del poder al margen de las urnas con el que se quiere imponer un futuro imposible para la mayoría.
Podían haber tratado de fortalecer la confianza en las instituciones: decirnos que valoran muy positivamente el debate parlamentario sobre la cuestión, la extensión de ese mismo debate a los espacios públicos, la incorporación de un sector de nuestra juventud a la democracia llana, la gran conversación de las redes sociales, los intentos de convergencia… Pero han preferido decirnos que el alivio viene de dos: uno que se mata y el otro que se dispone a rematar.
Las palabras siguen cayendo sobre nosotros como armas de confusión masiva y la cohorte de altoparlantes van desgranando la cacofonía. Con matices interesantes dentro de lo insustancial: por ejemplo, cada vez que abre la boca doña Esperanza Aguirre, peleona especialista en truculencias de corrala, estratega de victorias aplastantes, rendiciones sin condiciones, capaz, al mismo tiempo, de ver la plusvalía de una camiseta verde y de no identificar a la víctima que la lleva.
De vez en cuando, doña Esperanza se pasa. No porque diga algo que no piensen los suyos sino porque no ha escuchado atentamente la consigna del gran titiritero. Entonces la desaparecen de los medios y sale en su lugar González Pons, especialista en aclararnos que no somos idiotas, como si lo fuéramos. En medio de este clima zarzuelero (género chico que le llaman injustamente, ¡con el juego que dá!) intenta moverse el candidato socialista Sr. Rubalcaba con el ser o no ser de una propuesta tan dramática como tardía y que entra en contradicción con la buena noticia que nos daba el Sr. Sarkozy, que sólo piensa en José Luis y Mariano.
Y nadie, de todos estos boquiquis de oro, le dice a los financieros y a sus secuaces del brazo político que no nos creemos sus mensajes, que tienen que disolverse y entregarnos sus opas y sus agencias de calificación y que no nos valen su Parlamento Europeo y su Banco y su Fondo. Y que tiene que haber vencedores y vencidos. A ver si les asustamos.







