Esperando a los bárbaros

Don Antonio

No es posible olvidar la ejemplaridad ética, y por qué no, la radicalidad de don Antonio Machado, que para nada ha sido, dado su pobre aliño indumentario, ese don Antonio «manchado» con que lo motejaban compañeros y alumnos, al menos por lo que respecta a su entidad histórica y moral.

Camps y su cohorte debieran leer y asumir aquello: …»con mi dinero pago/ el traje que me cubre y la mansión que habito». Nunca un mejor, más certero y humilde pero franco autorretrato de un poeta de aquella generación de escritores progresistas que no sabía separar la ética de la política, y que cubrieron siempre esta apuesta, aunque arrostrando casi siempre calamidades por este atrevimiento, que para muchos políticos actuales de esta España que parece estar atravesada por una especie de cleptocracia, parecería obra de ingenuos cuando no de gilipollas y puritanos de la honradez.

Don Antonio supo atreverse a decir siempre lo que pensaba y sentía desde las coordenadas, más o menos populistas, de una nueva sentimentalidad. Y se atrevía a decirlo siendo consciente de que la academia y los estamentos de cierto poder, y los pastores de un cierto tipo de posteridad, nunca se lo perdonarían. Como, por ejemplo, el poema que dedicó a Líster en el que se atrevió a hablar de eficacia poniendo por encima de la pluma la necesidad republicana de hacer en aquel momento lo que mejor que nadie personificaba el militar comunista: «Si mi pluma valiera tu pistola/ de capitán, contento moriría».

Y como nadie don Antonio, cuando se trataba de sintetizar un gran proyecto («yunques sonad, enmudeced campanas») supo enunciar los mimbres de una nueva sociedad, nucleada por los trabajadores, que superara por fin las nieblas místicas del antiguo dominio del feudalismo español, aun tan presente en una serie de fenómenos de la historia reciente de la «trentina» España, tan enemiga de ese poder diseminado, participativo y laico de la república.

Y así hasta el final, allí en Collioure («¿Cuando llegaremos a Sevilla?», le preguntaba desnortado a su madre en aquel camino del exilio), con el pie en el estribo, cuando le escribió a Bergamín, creo recordar, aquella carta tan sencillamente solemne donde venía a decirlo que no tenía nada, que no se trataba siquiera de llegar a final de mes, sino al final del día, pero que bueno, allí estaba, humilde y pensativo, cada vez más cerca de la muerte y lejos, como siempre, de rendir sus ideales, Esos ideales que un poco antes le habían llevado a una reflexión enternecedora, y muy cierta, cuando dijo aquello de que, efectivamente, se decía y publicaba la idea de que habían perdido la guerra, y eso era posible militarmente hablando, pero no sabía muy bien si la habían perdido desde el punto de vista humano.

Así, desde esta unión real de ética y política, conociendo la personalidad real de don Antonio, su humilde lucha intransigente, desde esa ternura, es como se puede llegar a amar profundamente a la política.

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