La afilada punta del cálamo

Derecha fracasada

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Francamente, ya no sabe uno qué decirte. Probablemente sea mejor no decirte nada y hacerte un favor: quitarte de en medio (políticamente, se entiende), generar una radical revolución de valores que te arrebate cualquier atisbo de respetabilidad y de representatividad, incluso entre tus más adocenados partidarios y cómplices de sectores sociales que han seguido alegremente tu juego, incluso entre los más reacios a aceptar que te has cargado tú solita tu propio estilo de vida, un “contrato social”, que sólo se sustentaba en hipotecar vidas y haciendas (de los demás) con la esperanza de que alguien de la siguiente generación pagara la deuda contraída en tirar cohetes sin ser ni siquiera capaz de fabricar la pólvora necesaria.

Habrá que utilizar lo mucho y vanamente que has “largado” para dejar claro que ni tienes palabra, ni pensamiento… tan sólo intereses tan miserables, tan impresentables, que se pueden calificar de suicidas. Lo malo es que, siguiendo una tradición muy tuya, nos pretendes cargar con el peso de tu propio cadáver y lo peor es que nos dejas –ahora que nos estamos movilizando de manera creciente para hacer frente a tu patético fracaso sociopolítico- una incertidumbre instalada incluso en las víctimas que se resisten a serlo.

Volvemos a las preguntas fundamentales: ¿Qué hacer?, que dijo –en su día- un tal Lenin.

Para responder a esa pregunta hay suficientes ponencias, sabiamente escritas por gentes con estudios. Quiero decir que no entro en la trampa de tener que competir personalmente, individualmente, con lo que dice tu Gobierno, que –por cierto- dice mal, confusamente y con un recurso ya machacón a frases ramplonas, a mentiras de cortísimo recorrido, a poner caritas de preocupación mientras se le escapan sonrisas conejiles a algún ministro, aplausos de sus diputados hooligans y el exabrupto de corrala de doña Andrea, todos ellos, detalles que ponen de manifiesto que gozar de una buena situación socio económica y pertenecer a un aparataje de poder no te hace más guapo, más refinado, más capaz ni más elegante.

Para responder al desastre que has montado (tú y tus cómplices) no basta con leerse todos los días las ponencias que explican lo contrario de lo que apenas sabes predicar. Hay que ensanchar el círculo de lectores, hacer lecturas en común y sacar al espacio público la práctica del intercambio de ideas en la acción. Hay muchas ideas que contrastar con todos los que van saliendo a la calle, algunos gravemente afectados por tus malsanas influencias: El otro día, en una cacerolada, un amigo oyó a una persona que explicaba que se estaba manifestando contra los recortes pero que no quería hacer nada que “politizase” el asunto. (Asesinar de esta manera a Aristóteles me lleva a la convicción de que hay que quitarte cuanto antes la responsabilidad de educar a las futuras generaciones). Uno reflexiona sobre el particular y deduce que la psicomotricidad básica de golpear dos cazos está al alcance de cualquiera, aunque a veces se tarde más de la cuenta en encontrar las cacerolas y salir a la calle… pero lo de Aristóteles es ya más preocupante.

Y digo que no me meto a polemizar con mis propias ocurrencias porque he visto lo que ha pasado con las tuyas: que no cuadran con lo que te imponen desde fuera tus “primos zumosol”, que esto no se arregla siguiendo a “dioses, reyes ni tribunos”, aunque sean centroeuropeos, como dice un viejo cantar que nunca compitió en los “cuarenta principales” aunque se sigue cantando, ahora con un sentido renovado, dadas las circunstancias, que en la cola del paro todos empezamos a parecer, sin disimulo posible, -otro vicio muy nuestro-, parias de la tierra.

Ahora que las salidas individuales hay que hacerlas por tierra, mar y aire, que decía una pancarta en clave de Sol, esto sólo se arregla agrupándonos todos, no digo ya para la lucha final, que ya sabemos que la pelea no tiene fin porque también está dentro de nosotros, de nuestra capacidad para atontarnos con opios y egoísmos, sino para decirte que la has jodido, que ni siquiera eres capaz de diseñar una camiseta que nos siente bien y que, encima, nos dices que no la puedes devolver porque tenemos un contrato firmado para rato. ¡Vaya contratos que “nos” firmas!. Esto se evita cuando antes de acordar nada se consulta o cuando se manda a casa al que se equivoque y firme lo que no conviene al resto. Tampoco es cuestión de hacer sangre. No hay que llamarles tontos, inútiles, malintencionados. No perdamos tiempo en pelearnos demasiado con nosotros mismos porque lo tuyo (por lo menos esa parte de lo tuyo, que lo de la pasta es otra cosa) es nuestro también por vía del ADN y nunca creeré que los españoles sean más o menos respetables ni por cuna, ni por chaqueta de pana o de Armani. Pero tenemos que montar un sistema, comúnmente aceptado, que premie a los que nos facilitan la vida y que obligue a hacer cursos intensivos en el INEM sobre desarrollo sostenible comunitario (y una buena dosis de Aristóteles) a los que no solamente nos la joden sino que, encima, manifiestan abiertamente el deseo de que nos jodamos. ¡Abajo el acoso sexual!

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