Asistimos, en muerto y en directo, con mirada (ex) sorprendida al genocidio que se está practicando en días laborables y festivos con el pueblo Palestino. Ahora en esa cárcel urbana de Gaza, de 152 metros cuadrados (menos que tu pueblo y el mío), sobre una multitud apelmazada que los convierte a todos, niños incluidos, en peleles de los más sanguinarios grabados de Goya y, desde luego, en potenciales daños colaterales o asesinatos de refilón.
Era su tierra, y pretendían los palestinos un estado, porque era justo, porque lo habían ganado siendo de allí y queriendo vivir juntos, autodeterminados y libres, y no sabían que el huésped que la comunidad internacional situaba en alguno de sus dormitorios terminaría arrebatándoles el espacio, el tiempo y hasta la vida, armado hasta los dientes con mecanismos de muerte fabricados por Europa y los EE.UU de América, a la sazón dirigidos los estadounidenses desde su cúspide más alta por un premio Nobel de la paz que no deja de chorrear sangre aunque Obama se llame.
De una parte Europa, esa vieja y decrépita señora, con olor a rancio, que no mira sino esquinadamente, nunca de frente, nunca a los ojos, desconfiada y artera, que no deja de vigilar el cierre de su bolso y que solo entiende de mercado y, más esencialmente, de mercado de armas y de expolio y de muerte, y que sólo sabe tratar a sus súbditos después de inocularles el miedo suficiente, y la suficiente amenaza de desahucio, para que sean eso y no ciudadanos críticos y republicanos y plenos.
De otra parte, el Obama de turno, el jefe de ese país que lucha contra lo que llama terrorismo desde la suprema razón del terrorismo más avanzado, ciego, soberbio y aniquilador del orbe. ¿Qué hacer? ¿Qué pensar? Lo hizo de manera inmejorable el viejo Alberti: “No dormiréis, malditos de la espada, cuervos nocturnos de sangrientas uñas, tristes cobardes de las sombras tristes, violadores de muertos… No dormiréis porque ninguno duerme. No dormiréis porque su luz os ciega. No dormiréis porque la muerte es solo vuestra victoria. No dormiréis jamás porque estáis muertos”.
Y así disimulan su muerte la vieja Europa y la joven EE.UU., mirando hacia otro lado mientras suministran armas y justificaciones. Así disimulan su muerte en el alma las decrépitas y putrefactas usualmente llamadas democracias occidentales. Miran para otro lado o, como en el título de la novela de Aldous Huxley, son ciegos en Gaza.







