Se está presentando por toda España la revista satírica Mongolia, digna de ser leída. A veces este país de la contrarreforma y del franquismo ha condenado la sátira y la irreverencia, pero todos sabemos que tachar de sospechoso al sentido del humor es la señal más evidente de que empieza una etapa de fascismo. La sátira, en el fondo, no es otra cosa que la ternura de la indignación, y hasta de la desesperación. Es la desesperación que se expresa a través de la irreverencia y de una cierta alegría explosiva, disfrazada de atrevimiento. Y eso es precisamente Mongolia: un carnaval, una explosión en el negociado de don Carnal y contra doña Cuaresma y contra el hieratismo de la España oficial y de lo políticamente correcto.
La presentación de Sevilla ha tenido un tono especial por la intromisión en el área del descabreo satírico del Sr. Alcalde, que lo único que consiguió con su tuit fue llenar hasta la bandera (y hubo mucha gente que se tuvo que quedar en la calle) el salón de la ceremonia. Como quiera que los “mongoles” utilizaron un cartel con la imagen de la virgen de la Macarena, los cofradieros, encabezados por el alcalde, hablaron de mofa a la virgen y levantaron las banderas del fundamentalismo, que después aterrizaron, como siempre en esta etapa, en las dársenas del mercado. Todo es mercado: espacio, tiempo, carne y obra. Y la virgen de la Macarena no se iba a escapar: en el rifirrafe se ha descubierto que está patentada, como un invento o una marca comercial; es decir, que tiene dueños, que no es del pueblo, como defendía aquel Alberti de 1978 que la llamó “camarada Macarena”, y dijo que era de la gente y nunca de Queipo de Llano. Precisamente Queipo de Llano, el matarife, está enterrado en la basílica de la Macarena y con su fajín, esta virgen, que ha intentado ser politizada y secuestrada por la ultraderecha, ha procesionado otrora por las calles de Sevilla.
La revista Mongolia mezcla en sus páginas la sátira con reportajes cuatro estrellas de periodismo de investigación, esa investigación que hoy, en el mundo amable de la postmodernidad, nadie quiere publicar por su profundidad y detalle, ya que te pueden enfrentar al poder o a esas grandes empresas que invierten en publicidad según y cómo.
No hay democracia sin periodismo, pero no hay periodismo sin periodistas que no confundan a la empresa con su patria y que no se resignen al periodismo de estado o a ser simples redactores, o simples parados. Se dijo de broma que para la presentación en Sevilla se habían acreditado 120 periodistas, 115 de ellos en paro. Y de esta rebelión contra el paro y contra el panorama actual del mundo periodístico nace para quedarse la revista Mongolia. Hacen un inmenso trabajo, y no son muchos. De hecho en Sevilla, contando a los “mongoles” desplazados desde Madrid y a los presentadores que oficiamos, todos hubiéramos cabido en el mismo furgón.







