La publicación de la Obra completa de Blas de Otero genera varias preguntas: ¿Sigue siendo Blas de Otero un poeta que interese a las generaciones jóvenes? ¿Hacemos nuestros los temas desarrollados a lo largo de su carrera poética? Sinceramente, creemos que con muchos matices, puede responderse que sí, aunque habría que admitir que la poesía escrita durante el franquismo ha sido poco a poco arrinconada y solo quedan en la memoria varios poetas y algunos títulos. Se trata de una poesía muy mal conocida, un síntoma de un proceso de destrucción en el que han intervenido, entre otros factores, los distintos sistemas de enseñanza, la lógica comercial de las editoriales y la hegemonía avasalladora de la novela. Sin embargo, el estallido de la crisis económica y política ha provocado que las lógicas ocultas y las contradicciones del capitalismo hayan aflorado y, por consiguiente, se haya producido una contestación social articulada en respuestas de lucha y combate. Esto marca el fin de la postmodernidad, como la necesidad de otros discursos. Y otra poesía, una poesía que contenga un lenguaje que se cuestione a sí mismo y lleve implícita la protesta ante las contingencias y ante las injusticias, el abuso de poder y los desmanes del sistema capitalista. Y ahí sí Blas de Otero es una referencia, pues dónde encontrar hoy una poesía que lleve, por ejemplo, el latido de la protesta y la exaltación del amor.
La publicación de la obra completa del autor de Pido la paz y la palabra que fue demandada desde inmediatamente después de su muerte -el poeta murió en 1979- es importante, porque la dispersión que suponen sus colecciones de poemas y los publicados en revistas y las antologías, han dejado de estarlo después de la publicación de este volumen. Y se han fijado los textos por obra de sus editores, su viuda, Sabina de la Cruz y el poeta y profesor Mario Hernández.
La carrera poética de Blas de Otero se desarrolla mayoritariamente durante el franquismo, una trayectoria en movimiento fundamentada en una dialéctica poética que será la raíz interna de toda su producción. Dejando al margen la etapa de aprendizaje, una etapa juvenil de hondo contenido místico, su primer libro, Ángel fieramente humano (1950), podemos considerarlo como el punto de partida de su obra posterior. Estamos en la España de los años cuarenta donde escribir poesía para unos era conectar con la poesía escrita durante la República y con lo mejor de la tradición –tal es el caso de la revista Espadaña– que se enfrentaba a la corriente idealista, el garcilasismo, cuya poética se centra en esconder la realidad de sombra y muerte de los terribles años cuarenta. Y, como consecuencia de la desolación, y de la iracundia del Madrid de Dámaso Alonso, –“Madrid es millón de cadáveres, según las últimas estadísticas”– surge una poesía religiosa que interpela y pide cuentas a Dios de los desastres de la guerra. Este es el territorio oteriano de sus siguientes libros, Ángel fieramente humano, Redoble de conciencia, y otro que surge de la síntesis de ambos, Ancia. El desgarro de lo vivido y las tragedias circundantes acorralan y enajenan su yo. Su canto ha sido una mutilación que alza al final para buscar la compañía solidaria: “Allá voy voceando paz […] Si queréis seguidme, / esta es mi mano y este es el camino.”
En este camino surgirán tres poemarios Pido la paz y la palabra (1955), En castellano (1959) y Que trata de España (1964) en los que el espacio angustiado de su Yo se difumina en la región del Otro: el rostro puro y terrible de mi patria, y en los que leemos poemas memorables como “A la inmensa mayoría,” “En el principio,” “Me llamarán, nos llamarán a todos,” “Biotz-Begietan” (En el corazón y en los ojos), “Cartas y poemas a Nazim Hikmet,” “Guernica,” “Dadme una cinta para atar el tiempo”,”Epístola moral a mí mismo” y “Campo de Amor” en los que palpitan una militancia compartida: “Si me muero, será porque he nacido / para pasar el tiempo a los de atrás. / Confío que entre todos dejaremos / al hombre en su lugar.” Blas de Otero ha adelgazado la solemnidad del soneto de sus libros anteriores para elegir una métrica de hondura popular que se acentúa en Que trata de España. Un caso muy similar a Paul Eluard y Louis Aragon que, durante la Resistencia, abandonaron los patrones clásicos y surrealistas para sustituirlos por los de la literatura popular: “Que no quiero ser famoso, / a ver si tenéis cuidado / en la manera de hablar, / yo no quiero ser famoso / que quiero ser popular” nos confiesa Blas de Otero. Una evidente voluntad de escribir otro tipo de poesía diferente a la escrita y encerrada en las torres de marfil, no válida para las circunstancias de urgencias históricas.
En 1969 Blas de Otero regresa a España muy enfermo de Cuba donde ha permanecido tres años y donde ha escrito su único libro en prosa, Historias fingidas y verdaderas (1970), que está compuesto por noventa y nueve prosas en las que podemos observar una intensificación de recursos literarios con una voluntad clara de huir de la “literaturalización.” En este libro, Blas de Otero apura los recursos retóricos y entra en los terrenos surrealistas cercanos a Arthur Rimbaud. No es una cuestión de un vacuo culturalismo, sino que otros tiempos necesitan otra retórica. El libro está dividido en tres partes de acuerdo a la siguiente temática: autobiografía, historia y política, y reflexión sobre vida y existencia. Si con la precisión del lenguaje poético había definido una voz y un estilo, ahora, con la prosa ensanchaba sus preocupaciones políticas, existenciales y sentimentales. Su estancia en Cuba le había ofrecido otra biografía y otra mirada.
Y es a partir de este momento y, ya en España, cuando inicia lo que serían sus dos últimos libros: Hojas de Madrid y La galerna, publicados conjuntamente en el año 2012, aunque muchos de sus poemas fueron publicados anteriormente en diversos medios. El primero, a manera de diario, está escrito desde el 24 de mayo de 1968 hasta mayo del 1977, años en los que la agitación política va acompañada de oleadas de represión y grandes movimientos ciudadanos donde se vislumbra el final de la dictadura. No se puede afirmar que este poemario sea un diario al uso clásico, como tampoco una hojas de almanaque de corte brechtiano: es un libro de gran madurez poética donde la actualidad no es el punto de partida, sino una colección de poemas que se distinguen por su heterogeneidad de metros, estilo y temática. En ellos se advierte que el poeta tiene presente a otros poetas de los que toma prestados versos o frases de sus poemas, recurso denominado “intertextualidad”, con un contenido muy semejante al enunciado por Mijail Bajtin, que pretende que este procedimiento rija la orientación hacia la interacción histórica y todos los puntos de vista posibles de referencias o destinatarios a lo largo y a lo ancho de la simetría temporal del contexto. Así, el lector se encuentra con un lenguaje que es también el suyo, con versos intercalados de otros poemas o con refranes para evitar así la solemnidad y reducir la distancia.
En el poema “Fermosa cobertura,” un poema homenaje a los poetas de la Generación del 27, en el que son recordados por rasgos de su vida o pequeños fragmentos de su obra: “[…] Federico celebra sus bodas de sangre / acribillado en Viznar / Jorge, hermosura vital. / Salinas da la razón / al amor / Vicente, largo y profundo como el Nilo. / Gerardo, alondra de verdad. / Rafael baja a la calle arrastrando / y arrastrando al pueblo. / Dámaso, hijos de la ira. / Cernuda dice melancólicamente / ‘un día tú ya libre / de la mentira de ellos, / me buscarás: entonces: / ¿qué ha de decir un muerto?’ / Manolo destrozado en un choque de coches. / Emilio, comunista y místico. // Maestros, / vuestra palabra perdure / a través de los años españoles.
Este tipo de homenajes se extienden también a aquellos poetas que les acompañaron en su vida, como maestros y guías. La lista es extensa, pero no podemos omitir a Fray Luis de León, Charles Baudelaire, Walt Whitman, Antonio Machado o César Vallejo que en el poema “Qué hacer” convoca a Lorca: aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra, a Lenin, y a él mismo, Qué hacer / Volver a Madrid […] con mi ingenuidad a cuestas, / con mi delicadeza a cuestas / con mi Rimbaud a cuestas.
Hojas de Madrid no es solo un libro de homenajes, sino también de denuncia, de búsquedas de raíces lejanas, de nostalgias de su Bilbao natal, así como la presencia constante de Cuba, y del amor. Y también de paso del tiempo a la manera manriqueña, todo en poemas de versículos y verso libre y estrofas octosilábicas escritas por un poeta ya enfermo, agobiado por el sufrimiento desconcertante de la depresión – la galerna, así la llama él -, pero que sigue sintiendo la palpitación de la vida : “…Y el aire de Madrid sonríe a esa muchacha que camina con san- / dalias doradas. // Ahora en Vietnam / un paracaidista blanco desciende sobre los ojos indefensos de los ni- /ños, / y yo conozco la proximidad de mi muerte como la vic- / toria del pueblo / y simplemente escribo porque comprendo la eficacia de otras for- / mas de lucha que, inexorable y pausadamente, conducen al // mismo fin”.








