Estafa global llamada crisis

Pensar

Tal vez, poseídos del miedo a no poder subsistir, a privar a nuestras familias de un mínimo bienestar, nos hayamos vuelto sumisos.

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Son tantos y tan indignantes los hechos que nos rodean que a veces incluso resulta difícil elegir un tema sobre el que escribir. Las noticias que de estos nos llegan a diario no dejan de abrumarnos y, cuando uno piensa que ya no serán capaces de someternos a una perversión más, otra vuelta de tuerca de la avaricia nos recuerda nuestro error.

Y sin embargo no debiera de sorprendernos. Son quienes nos gobiernan los mismos que aplaudían entre chanzas la decisión de entrar en la guerra de Iraq pensando que España – su España – adquiriría de nuevo el trono imperial que añoran, a costa, como antaño, de la vida y el sufrimiento de cientos de miles de seres humanos. Son los mismos que se han negado a condenar los años de dictadura y evitan reparar su crueldad aduciendo que hay que mirar al futuro y no abrir viejas heridas, como si alguna vez se hubieran cerrado. Son los paladines de las grandes familias poseedoras del capital, sus administradores, verdugos y mamporreros. Los que acuden a su particular memoria histórica para justificar la imposición del poder eclesiástico y el consiguiente enriquecimiento de ese estado extranjero llamado Vaticano, ellos, a quienes se les llena la boca de soberanía nacional y patriotismo. Son los que siguen despreciando a la mujer y pretenden, a golpe de ley y bastonazo, decidir sobre lo que sólo a ellas pertenece, su cuerpo. Los que saquean lo público porque para ellos el país no es sino su gran finca y nosotros sus siervos; los que pretenden que nuestros hijos sólo estudien aquello que les sea necesario a sus intereses; los que eliminan derechos conseguidos durante años a base de lucha y sufrimiento. Son, en fin, los de siempre.

Por eso no me sorprenden ninguno de sus actos o decisiones. Pero sí el que haya tantos que les hayan colocado donde están. ¿Es que una nube tóxica de desmemoria ha cubierto de repente este trozo de la península? ¿Tal vez otra rellena de estupidez?

Tal vez, poseídos del miedo a no poder subsistir, a privar a nuestras familias de un mínimo bienestar, nos hayamos vuelto sumisos, como el animal que prefiere el castigo y el maltrato antes de renunciar a la escasa comida que le brinda su amo.

O tal vez sea que una de las razones de la creación de esta estafa global llamada crisis, aparte de la insaciable voracidad del capital, sea la de acabar con el pensamiento que nos ayuda a caminar hacia la utopía, el que se basa en la esperanza en un mundo justo, no entregado ni regalado, sino conquistado por nosotros mismos. Y empeñados como estamos en resolver nuestras necesidades más primarias, nos olvidemos de pensar en que hay soluciones alternativas para combatir la penuria y el expolio al que estamos sometidos.

Al fin y al cabo, somos nosotros y no ellos, los imprescindibles. Somos nosotros quienes tenemos la llave para cambiar el mundo. Y debemos ser conscientes de ello.

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