Militarismo

De país neutral a arsenal de la OTAN: el gobierno sueco vende miedo, compra armas y regala soberanía a USA

El gobierno sueco intensifica una campaña de desasosiego social, vinculando cada aspecto de la vida cotidiana a la amenaza de conflicto armado y abriendo la puerta a la presencia militar estadounidense y de la OTAN sin consulta ciudadana.
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Campaña publicitaria de las Fuerzas Armadas Suecas | Fuente: forsvarsmakten.se
Campaña publicitaria de las Fuerzas Armadas Suecas | Fuente: forsvarsmakten.se

El último boletín de la Agencia Estatal de Defensa Civil (Myndigheten för civilt försvar) deja pocas dudas sobre la estrategia deliberada del gobierno sueco: Seguir inoculando el miedo a la guerra en cada rincón de la sociedad para justificar un giro militarista sin precedentes. Desde la portada del boletín, donde el director general de la autoridad pública Mikael Frisell abre con la frase «Vivimos en una situación de seguridad incierta. La guerra es la amenaza dimensionadora», hasta la inclusión de imágenes de simulacros con carteles que proclaman «La guerra ha llegado a Suecia», la agencia estatal no informa: atemoriza.

La intencionalidad del discurso oficial resulta innegable. El boletín no dedica espacio a la resolución pacífica de conflictos ni al diálogo diplomático; por el contrario, sistematiza la idea de que el conflicto es inevitable. Frisell insiste en que «las exigencias sobre nuestra preparación, nuestra colaboración y nuestra capacidad de liderazgo» deben incrementarse ante «un empeoramiento de la situación de seguridad». Esta retórica, lejos de ser neutra, funciona como justificación para una transformación estructural del Estado hacia la militarización permanente.

Uno de los ejemplos más claros de esta estrategia es el anuncio de la nueva ley de refugios («skyddsrum»), vigente desde el 1 de junio de 2026. Bajo el argumento de «proteger a la población civil en caso de guerra y ataque armado», la norma impone obligaciones a municipios y propietarios de inmuebles, extendiendo la lógica bélica al tejido urbano. No se trata de una medida preventiva razonable, sino de una normalización arquitectónica de la guerra: cada edificio, cada calle, cada ciudadano debe pensarse ya no como parte de una sociedad en paz, sino como potencial objetivo militar.

La campaña de reclutamiento y adoctrinamiento también cobra fuerza. El boletín destaca el lanzamiento de «Pliktguiden.se», una plataforma conjunta entre la Agencia de Defensa Civil, las Fuerzas Armadas y la Autoridad de Reclutamiento para «facilitar» el servicio militar y civil obligatorio. El objetivo declarado es «aumentar la motivación» y garantizar «un suministro de competencias a largo plazo en la defensa total». En otras palabras: el Estado sueco está construyendo una maquinaria de reclutamiento masivo, presentando el servicio militar no como una excepción histórica, sino como un deber cívico inevitable en tiempos de «seguridad incierta».

Pero quizás el aspecto más alarmante sea la apertura explícita a la presencia extranjera en territorio sueco. El boletín celebra con orgullo la realización de Ejercicios de Defensa Total «Övning av totalförsvar», donde Suecia practicó recibir ayuda civil e internacional humanitaria y, sobre todo, «dar apoyo de país anfitrión a actores civiles internacionales». Esta terminología —»apoyo de país anfitrión» (värdlandsstöd)— es el eufemismo técnico para permitir el despliegue de tropas, equipos y estructuras de mando de potencias aliadas, principalmente Estados Unidos y los países de la OTAN, en suelo sueco. No se menciona ningún referéndum, ningún debate parlamentario amplio y sobre todo, ninguna consulta ciudadana. La decisión parece tomada en despachos cerrados, entre militares y funcionarios con el consenso de los partidos mayoría representativa en la cámara , mientras la población es bombardeada con mensajes de alarma para que acepte pasivamente estos acuerdos. 

La estrategia comunicacional completa el cuadro. La introducción del sistema «SE-Alert» como «canal adicional» para mensajes de emergencia, la constante mención de «amenazas antagonistas», la fusión de la ciberseguridad civil con la Agencia Nacional de Inteligencia (FRA) desde el 1 de julio, y la organización de conferencias sobre «resistencia aumentada en actividades esenciales para la sociedad» —todas estas medidas, presentadas como técnicas y neutrales, contribuyen a un mismo objetivo: mantener a la población en estado de alerta permanente, receptiva a cualquier aumento del gasto militar y a cualquier cesión de soberanía a estructuras supranacionales de defensa.

El gobierno sueco no está simplemente informando sobre riesgos. Está construyendo narrativamente un enemigo —Rusia y otras «amenazas externas» — para justificar inversiones militares ilimitadas y acuerdos de bases que transforman a Suecia en un peón geostratégico de la OTAN, todo ello sin el consentimiento explícito de sus ciudadanos. La defensa civil se ha convertido en el caballo de Troya de una política de desasosiego social e inestabilidad deliberada, donde la paz ya no es el horizonte, sino una memoria que el Estado se empeña en borrar.

Esta estrategia de militarización masiva y desasosiego social alcanzó su paroxismo simbólico el pasado 1 de julio de 2026, fecha en la que el gobierno sueco organizó una exhibición de fuerza aérea sin precedentes sobre los cielos de Estocolmo. Con motivo del centenario de la Fuerza Aérea Sueca, más de 50 aviones y helicópteros, incluyendo formaciones de cazas JAS Gripen, transportes militares y aeronaves históricas, sobrevolaron el Palacio Real en una coreografía bélica diseñada para impresionar a la población. La operación, que incluyó desfiles de tropas, cambios de guardia militares y conciertos de bandas del ejército por toda la capital, no fue una mera conmemoración histórica: fue una demostración pública de poderío bélico, un mensaje inequívoco de que Suecia ya no es un país neutral, sino una potencia militar en plena expansión y al servicio sumiso de la OTAN y los intereses imperialistas occidentales, dispuesta a mostrar sus garras ante el mundo. La elección de sobrevolar el Palacio Real —símbolo máximo del Estado— no es casual: el gobierno busca fusionar en la mente colectiva la idea de monarquía, nación y máquina de guerra en un único espectáculo de intimidación patriótica.

Esta exhibición aérea no puede desvincularse del acuerdo firmado apenas un mes antes, el pasado 28 de mayo de 2026, cuando el primer ministro Ulf Kristersson y el presidente ucraniano Volodímir Zelenski se reunieron en la base aérea de Uppsala para anunciar un acuerdo de armas de enorme envergadura. Suecia se comprometió a vender 20 cazas JAS 39 Gripen E/F a Ucrania como primera entrega de un paquete que podría alcanzar los 150 aviones, y a donar 16 cazas Gripen C/D de su flota activa para su despliegue inmediato en el frente de guerra. El acuerdo, valorado en miles de millones de euros y financiado con fondos de préstamo de la Unión Europea, transforma a Suecia en uno de los mayores abastecedores de armamento a Ucrania, con un total de 128 mil millones de coronas suecas (13.750 millones de dólares) en ayuda militar y civil ya entregada, y otros 80 mil millones reservados para los próximos dos años.

La conexión entre ambos eventos resulta explícita: el desfile aéreo del 1 de julio exhibió precisamente el modelo de avión que Suecia acaba de comprometer a enviar a un conflicto activo. Los Gripen que surcaron los cielos de Estocolmo en formación perfecta son los mismos que, en cuestión de meses, volarán sobre el territorio ucraniano disparando misiles y lanzando bombas. El gobierno sueco no solo normaliza la guerra como horizonte político, sino que la comercializa activamente: la empresa estatal Saab, fabricante de los Gripen, ya anunció que «es un gran día para la empresa» y que el acuerdo «añade impulso al programa Gripen», mientras sus acciones se disparaban en la bolsa. La defensa nacional se ha convertido en un negocio lucrativo, y la población sueca —bombardeada con mensajes de alarma sobre invasiones rusas inminentes— es la clientela cautiva de una industria militar que crece a expensas del miedo.

Esta política de armamentismo desenfrenado, exhibicionismo bélico y alianzas militares sin consulta popular dibuja un panorama preocupante. Suecia, que durante décadas fue símbolo de neutralidad y diplomacia, ahora se posiciona como peón avanzado de la OTAN y Estados Unidos en el flanco oriental de Europa, abriendo sus bases militares, donando su arsenal activo y vendiendo su industria bélica a un conflicto que no es el suyo, todo ello mientras sumerge a su propia población en un estado de ansiedad colectiva permanente. La pregunta que el gobierno no quiere que se haga es evidente: ¿quién se beneficia realmente de esta espiral de miedo y militarización? La respuesta, cada vez más clara, resuena en los despachos de la industria armamentística, en los cuarteles de la OTAN y en los salones del poder estadounidense, mientras el ciudadano sueco común ve cómo su país se transforma, sin haberlo decidido, en una plataforma de guerra.

Nota aclaratoria: La autoridad pública sueca anteriormente conocida como MSB (Myndigheten för samhällsskydd och beredskap / Autoridad para la Protección Civil) cambió de nombre a Myndigheten för civilt försvar (Agencia Estatal de Defensa Civil) a partir del 1 de enero de 2026. Según el propio gobierno, la motivación del cambio es que el nuevo nombre «se alinea más con nuestra misión y responsabilidad» en un contexto donde «Suecia se encuentra en la situación de seguridad más grave desde la Segunda Guerra Mundial» y donde «la guerra y el ataque armado contra nuestro país no pueden descartarse». Fuente: mcf.se

Fuentes:

Boletín MCF (16 junio 2026)

https://www.svt.se/nyheter/lokalt/stockholm/se-upp-54-flygplan-over-slottet-vid-lunchtid

https://www.government.se/press-releases/2026/05/sweden-to-sell-gripen-ef-fighter-aircraft-to-ukraine

https://www.mcf.se/sv/om-oss/vart-uppdrag/msb-ar-myndigheten-for-civilt-forsvar

Estocolmo, 3 de julio de 2026.

(*) IU Estocolmo

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