Actualmente hay una fuerte lucha a favor y en contra de la «neutralidad de la red» en Internet. Sus defensores propugnan definir Internet como un servicio público, y sus atacantes la ven como un negocio, en el cual las «autopistas de la información» tendrían carriles rápidos para quienes pudieran pagarlos y carriles lentos para los demás.

Naturalmente, debemos participar en esta lucha al lado de quienes defienden la «neutralidad de la red». Pero vale la pena profundizar en el análisis de qué «neutralidad» se habla.

Porque hay que subrayar que se habla normalmente de la «neutralidad» en la circulación de información de modo que ningún contenido «subido» a Internet sea favorecido o preterido, de modo que quienes navegan por Internet accedan en las mismas condiciones a todos los contenidos que allí se encuentren. Pero no se habla de igualdad en el acceso a Internet, dando por bueno que en función del ancho de banda que cada cual haya contratado, y pagado, dicho acceso será más o menos rápido. Es decir, la neutralidad afectaría a los carriles de la «autopista», no a los carriles de entrada o salida de la misma.

Y no sólo eso: debemos recordar que cuando se habla de ADSL, la «A» es la inicial de «Asimétrico», significando que la velocidad de subida es notoriamente inferior a la de bajada. Y lo mismo suele pasar en los accesos por cable. Naturalmente, ello sólo tiene sentido si en el otro extremo de la línea, en los servidores de Internet, ocurre justo lo contrario, es decir, que la velocidad a la que suministran información es notoriamente superior a la velocidad a la que la reciben. Porque hay que recordar que cuando hablamos de que una información se guarda «en la nube» ello no significa que esté flotando por ahí, sino que está alojada en un servidor totalmente asentado en tierra.

Dicha asimetría presupone que el común de los internautas nos dedicamos principalmente a recibir información (por ejemplo, bajando películas) y no a proporcionarla (por ejemplo, subiendo vídeos a YouTube). Y ello es un residuo del funcionamiento tradicional de los medios masivos de comunicación que dividen radicalmente entre «comunicadores» y «espectadores». Pero precisamente la potencialidad democrática de Internet es que todos los que participamos podemos ser «comunicadores». Por ello, en la lucha por la radicalidad democrática, hay que pugnar por una neutralidad completa de la red, que abarque no sólo a los carriles de la autopista sino también a los accesos a la misma. Sólo así Internet podrá hacer realidad una completa democratización de la comunicación.