¿Está el problema del régimen y de la casta en el nivel académico?

La meritocracia o la plebe

Paradoja de la política que un modelo piramidal y monolítico se presente como la herencia de la propuesta de horizontalidad y participación del 15-M.

Los recientes movimientos de la cúpula dirigente de Podemos señalan el camino hacia un hiperliderazgo taumatúrgico que evoca al Felipe González de los 80, incluido el revival del amago de dimisión en el vigésimo octavo congreso del PSOE en 1979 cuando la “cuestión del marxismo”. Eso sí, esta vez a una velocidad propia de los tiempos, en los que un gesto político dura lo que un hashtag en la plaza virtual. Que este modelo piramidal y monolítico se presente como la herencia de la propuesta de horizontalidad y participación del 15-M no es más que otra evidencia de lo paradójica que puede llegar a ser la política.

Por otra parte, es cierto que la construcción de un discurso que aspira a la hegemonía requiere que se lance una red para delimitar los bandos en conflicto, agrupando bajo ella a todos los componentes del bloque social, el paso de la fase corporativa a la ético-política que diría Gramsci, o la contradicción principal de Mao. Pero no lo es menos que la red elegida en este caso, la de la “casta” frente al “noventa y nueve por ciento”, desdibuja y distorsiona la realidad hasta el punto de hacer aparecer como un fenómeno moral lo que realmente es una agresión feroz del capital al trabajo. A partir de esta constatación caben, en principio, dos posibilidades. La primera, que los ideólogos de Podemos ignoran la raíz de clase del conflicto actual, cosa difícil de admitir dada su trayectoria personal e intelectual. La segunda, que apuesten por el “etapismo”: moralizar primero para transformar después. ¿Estamos ante una sofisticada estrategia en dos fases? O una tercera: en la entrevista que le hizo Arsenio Escolar el pasado día 9 de noviembre, hablando de la desigualdad Pablo Iglesias afirma: “No es un problema de animadversión moral hacia los ricos, qué va, es que los países en los que hay mucha desigualdad son países ineficientes, países que no funcionan”. Ya hemos podido ver cómo la democracia interna se ha sacrificado a la eficacia en el terreno organizativo. ¿Hay que esperar lo mismo en el terreno político-programático? ¿El objetivo es que el país “funcione”? Se quiera o no, vuelve a aparecer la sombra de Felipe González: “gato negro o gato blanco…”.

Constatar el agotamiento del bipartidismo no puede más que saludarse, aunque la forma en que esté pasando nos deje un regusto amargo. La pregunta es otra: si la orientación es plantar cara al poder de empresarios y banqueros, algo que sólo se pude hacer movilizando y organizando a los de abajo, o cambiar a los administradores por otros con más méritos. En la entrevista citada arriba hay otra frase preocupante: “Para empezar, somos politólogos. Buena parte de los que proceden de la casta política ni siquiera terminaron los estudios universitarios”. ¿Aquí está el problema del régimen? ¿En el nivel académico? Este lío lo habrán de resolver las numerosas personas de izquierdas que, sin duda, hay en Podemos. ¿Podrán? No hay ninguna razón para creer que treinta y dos años más tarde los mismos elementos den un resultado diferente. Por eso alguien tiene que ocuparse de que la plebe entre en el foro político. De lo contrario no son elecciones, son oposiciones.

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