Cuando el presidente de un banco, que cobra, literalmente, mil veces (1.000) más que el salario mínimo, se decide a repasar el estado social del país, incluso se atreve a dar consejos de cómo llevarlo, y lo hace tras dejar bien claro que él no tiene ideología, quiere decir que, mientras pueda seguir robando, mangoneando y explotando, a él le es lo mismo quién gobierne.
Años atrás, en la época en que no teníamos cuatro reyes sino un solo caudillo por la gracia de dios y de la banca, cuando alguien decía que no tenía ideología, significaba que era una persona vencida por el miedo, resignada a ser un vasallo a golpe de tanto horror como había visto o escuchado contar. Cuando esa misma persona, u otra parecida, al llegar ese largo periodo de nuestra historia que vino para transitar y no acaba nunca de hacerlo, decía que no entendía de eso o que era independiente, venía a querer decir que si no estaba decidida su postura, en caso de tener que decidirla, era porque seguía teniendo miedo a que si lo hacía, pasara algo que le cortara las mínimas alas que le estaban creciendo a su recién estrenada libertad. Y ahora, perdido el miedo a la cárcel y al golpe de Estado, aunque sustituido por el que acarrea el paro y la pobreza, nuestra persona, la misma o parecida, se rebela contra las ideologías y dice que han muerto; asegura que son cosa del pasado y que ya no importan; que no tiene sentido hablar de izquierdas o derechas porque el mundo ha cambiado. Y se equivoca.
Cuando ese banquero, que dice no tener ideología, ve su negocio saneado a costa de las arcas públicas, esto es, gracias a lo que todos aportamos para el bienestar social que no al suyo, dado que ese dinero genera una deuda al Estado que tenemos que pagar entre todos, como no tiene ideología, es él mismo quien compra esa deuda, con lo que es él mismo quien cobra el dinero de los intereses que asfixian al país.
Cuando la persona, la misma u otra parecida que dice que es lo mismo izquierdas o derechas, se queda sin trabajo o, por causa de la deuda que tenemos que pagarle al banquero bajan las ventas de su negocio, nadie viene a ayudarle. No puede pagar la hipoteca y se queda sin hogar; no puede pagar la matricula o los libros de sus hijos y éstos se quedan sin un futuro digno al no poder estudiar; el Estado no puede pagar todas medicinas que necesita y se queda sin salud.
Entonces, el banquero que no tiene ideología, dice que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, que hay que moderar los salarios –los nuestros, el suyo aumenta– y que, graciosamente, va a ver si en vez de diez desahucios diarios, los puede rebajar, con magnánima caridad, a ocho. De nada vale que un gran tanto por ciento de esas casas que ha robado pertenezcan ya a lo público. Ya se encargará él de colocar a los gobernantes de turno en alguna de las empresas que controla su banco cuándo éstos dejen su cargo. Así se asegura que, desde la Administración del país, nadie le impida el saqueo.
Por más que se empeñen en hablar del cambio de era y la muerte de la Historia, por más que se loe a un futuro desprovisto de cargas del ayer, sigue habiendo solo dos maneras de entender el mundo, al menos mientras haya una sola persona que pase hambre. Una consiste en pensar que es lícito vivir del sufrimiento de los demás y la otra, que no lo es; una cree en la acumulación de bienes y la otra en el justo reparto. Hay solo esas dos maneras. Aquí sí que el asunto es o blanco o negro; no caben ni grises ni otros colores. No hay una tercera manera. Callar o desentenderse es aceptar la primera. Elegir una de las dos es tener ideología.
El banquero ha elegido desde hace tiempo la suya. Nosotros está claro cuál deberíamos elegir. Pero eso sí, recordando que sólo hay dos. Las siglas, las estrategias, son otra cosa.







