Más que a una travesía del desierto, la fase actual se asemeja a una peligrosa navegación en la que hojas de ruta de dudosa procedencia y señales engañosas ponen en peligro el buen fin de la flota. El empate en el que se ha quedado la situación político-institucional tras la retirada de las aguas parece haber señalado el momento para que cada cual saque su pequeño plan B, sin tener en cuenta que la verdadera tormenta es la que se está formando en el horizonte con la probabilidad, cada vez mayor, de un recrudecimiento de la crisis global de consecuencias, hoy, incalculables. Si, como se parece confirmar, a las menguadas expectativas de beneficio en las economías avanzadas se une la caída de las denominadas emergentes, el futuro próximo se llama crisis, al menos mientras este siga siendo un sistema capitalista.
En lugar de pensar en con qué camiseta vamos a participar en las próximas elecciones, deberíamos estar preparándonos para un recrudecimiento de la agresión, de la que el recorte europeo aplazado por Rajoy de 10.000 millones no es más que un aperitivo. Frente a esta perspectiva, las tibias promesas del PSOE y los devaneos de Pablo Iglesias, son puro divertimento. Y cuando venga el golpe, nadie se acordará de nada de ello. Impedir el gobierno del PP es una necesidad higiénica pero simplemente para estar en mejores condiciones de dar la batalla. No se trata de desviar la atención de las tareas inmediatas sino ponerlas en la perspectiva de lo que verdaderamente importa. La prueba del algodón de lo realmente conseguido en las convergencias vendrá cuando haya que enfrentarse con lo que viene. Hasta hoy se han verificado determinadas hipótesis: la principal de que allí donde se ha conseguido se ha dado un avance electoral muy importante, lo que, de momento, las avala. Y ningún problema económico, por doloroso que sea, se puede imponer a eso. La pregunta es, ¿cuándo venga la siguiente vuelta de turca cómo se posicionarán En Comú o las Mareas? ¿Qué harán los gobiernos municipales de Madrid, de Zaragoza, de Barcelona?
Si, como es de desear, esas convergencias pasan a ocupar la primera línea de frente contra las nuevas reformas, los nuevos recortes, en definitiva, las nuevas agresiones, entonces se demostrará que ahí las compañeras y compañeros han acertado. De lo contrario, nos habremos equivocado y habrá que rebobinar. Pero nada que no haya pasado antes, y me ahorro los ejemplos, que los hay para todos los gustos. Ahora bien, también habrá que ver qué hacemos donde no ha habido convergencia electoral. Porque es seguro que si salimos a la calle con voluntad de unidad a enfrentar el ataque, nos encontraremos con muchos más de lo que esperamos. Y entonces podremos empezar a hablar de unidad popular. ¿Cómo será? Nadie lo sabe, pero ninguna hoja de ruta vale para navegar por estas aguas, sólo una buena brújula que apunte al norte de la unidad y contra el corazón del capital, sea español o europeo. Nada hay más político que lo organizativo, pero nada más anti-político que debatir de organización cuando se aproxima la batalla. Salvo que pensemos que no es la nuestra.







