Nos hemos acostumbrado a que nos den palos y asumimos como si tal cosa que se esté retrocediendo en libertad, en libertades y derechos, que vuelvan las hambrunas en tiempos de desarrollo científico y tecnológico sin precedentes, de desarrollo gigantesco de las fuerzas productivas, con niveles de producción que permitirían cubrir las necesidades más elementales de la humanidad, dar por concluida la desigualdad en el mundo.
Nos estamos acostumbrando a la mascarilla y a perder, además del rostro, la voz. A la censura y hasta a la muerte agónica, la de millones de personas, los más de dos millones de la pandemia, los de las guerras que están vivas y las aún por llegar, para las que se rearma el mundo sin tregua). Al abandono y a la insolidaridad. A que cualquier sádico al frente de residencias de ancianos cierre puertas, tape gritos, impida llegar a nuestros seres queridos al hospital sin patear hasta el último aliento las puertas, arañarlas, sacarlos de ahí, inmovilizar a los sádicos, hacerles pagar…
La nueva tendencia es, además, que se nos diga en la cara, buscando nuestro consentimiento implícito por complacencia o inacción, que están haciendo con nosotros literalmente lo que les da la gana.
La inacción de los políticos que tenían que estar a los mandos (se supone) es clamorosa, vivimos en un puro sálvese quien pueda. Los políticos no son ya sino actores de la representación y se comportan y actúan como verdaderos gestores del capital que hubieran pasado por el curso de liderazgo de una multinacional.
Nos tragamos sus fakes y hasta las intenciones de introducir, con la excusa de ciertas o supuestas fakes ajenas, un bestial control mundial de la información y de la libertad de expresión.
Cuando es urgente la solidaridad
Cuando resultan más imprescindibles que nunca esos periodistas que no son correas de transmisión o loritos que reproducen lo que conviene allá arriba, los despiden en masa, los prejubilan, se deja sin ojos al ciudadano, al pueblo, a la gente y se precariza sobre la explotación que siempre ha existido en la profesión con abuso de su vocación y principios.
Cuando se necesitan más sanitarios, se paga menos de mil euros a médicos en precario desde hace decenios que doblan turnos para salvar vidas. Se acepta desmantelar equipos quirúrgicos como los de cirugía cardiaca en nuestros emblemáticos hospitales públicos, que costó Dios y ayuda crear y que no se sabe si volverán a ser lo que fueron.
Cuando no tenemos ordenadores en cada casa de cada niño para seguir la tele-educación pretendida, queremos una educación a distancia que nadie explica cómo se ha organizado y qué es y cómo se imparte, y nos quedamos de brazos cruzados ante los brazos cruzados de nuestros representantes. Va a provocar desánimo y desconexión monumental de miles de estudiantes, un abandono prematuro, la enseñanza otra vez para los ricos…
Cuando es urgente la solidaridad y las medidas de justicia social, se cede ante los fondos buitre, se cede ante la caridad y los comedores de quienes tienen edificios enteros (como se demostró hace unos días en el lamentable incendio de la calle Toledo de Madrid) y siguen consentidos como únicos gestores de la cosa que alimenta su negocio alienante.
Cuando ante las denuncias de robo y corrupción de la monarquía borbónica y de casi todito el régimen del 78, lo que hace falta es luz y taquígrafos.
Cuando los patriotas o patrioteros (dicen pertenecer a lo primero pero son lo segundo) se saltan la cola de la vacuna, proclaman las ganas de fusilar a millones de rojos cinco minutos después de dejar la cadena de mando al frente de la cual está el rey, sin que el monarca frene o impida…
Todo esto es lo que tenemos y lo que sabemos. ¿Qué falta?
Falta decir basta
Falta entender que, como cada día proclamamos, los imprescindibles son esa gente que nos salva la vida y va a rastras si hace falta, nieve o truene, a hacer su trabajo, la que cumple y se entrega. Y hay que aplaudir menos y exigir más que reformitas para ellos y para cada uno de nosotros.
Falta acción reflexiva, falta pedir cuentas tras hacerlas: lo que nos sobra, lo que ya no podemos pagar.
Falta decir basta. No permitir ni un paso más al fascismo renacido solo y exclusivamente porque le es útil al poder y a los que se prestan a su juego sin rechistar…
Y falta res-pública, otra recomposición que ya no sea la de café para todos y más café para el que chille más alto y patalee como niño consentido y malacostumbrado, a ver si lo callamos, lo implicamos… Falta la construcción que queramos hacer para desparasitarnos y quitarnos tanto grillete.
Ilustración: Juan Kalvellido







