Presentación del documento nº 36
La reactivación de la lucha y la movilización social desde 1956 otorgó nuevas posibilidades al desarrollo del partido, cuya organización crecía e iba consolidándose. El reto organizativo se fue perfilando cada vez más, a partir sobre todo de tres supuestos o principios. En primer lugar, se pretendía extender los grupos organizados y crear una red de comités y direcciones a los distintos niveles que llegaran a configurar lo que unos años más tarde llegaría a formularse como un “partido de masas” pese a las limitaciones de la clandestinidad. En segundo lugar, se abogaba por una amplia flexibilidad que permitiera integrar en la estela del partido, de manera realista y sin esquemas rígidos preconcebidos, tanto a su militancia formal como a diversos activistas que se movían en torno al PCE y a los movimientos sociales y otras formas de oposición antifranquista en general. En tercer lugar, destacaba la búsqueda de una visibilidad creciente de los activistas con el fin de ir ganando “espacios de libertad” y zonas de influencia social, para lo cual la utilización de los “cauces legales” (en el mundo obrero, estudiantil cultural, etc.) era un recurso fundamental.
No cabe duda de que el aumento de la actividad del partido y su voluntad de progresiva “salida a la luz” planteaban riesgos evidentes, ante un aparato estatal ferozmente represivo y un régimen que hacía del anticomunismo una de sus principales señas de identidad. Sin embargo, según las tesis del PCE, además de los frutos políticos que proporcionaba el contacto directo de sus activistas con la sociedad, también generaba una mayor cobertura y apoyo social de los mismos frente a la represión; no era lo mismo ni resultaba tan fácil de justificar para la dictadura la detención o el encarcelamiento de un “oscuro militante” ultra-clandestino que de un obrero, un estudiante o un intelectual que daba la cara reivindicando públicamente derechos y mejoras elementales.
En todo caso, los cambios organizativos implicaban también el “aprendizaje de la clandestinidad”, el perfeccionamiento de unos sistemas de funcionamiento que combinaran a la vez la máxima seguridad posible con las mayores capacidades de incidencia social. Un factor fundamental en los progresos organizativos era la superación de formas de funcionamiento basadas en contactos personales esporádicos y el papel predominante de los “instructores” o enviados de la dirección para poner en marcha y coordinar los grupos dispersos, sustituyéndolo por otro basado en direcciones estables y reuniones periódicas de militantes que permitieran un cierto debate interno, una socialización política más intensa y una mayor eficacia en la acción coordinada.
La documentación interna del PCE es especialmente rica en relatos sobre la vida clandestina y sus avatares, incluida la represión, que el régimen fue readaptando a sus necesidades sin dejar por eso de utilizar los mecanismos de fuerza de manera permanente. Es difícil sobrevalorar el riesgo que suponía pertenecer al entonces principal partido ilegal, tal como se manifiesta en algunos de los relatos reproducidos a continuación, que también nos informan circunstancialmente sobre otros aspectos de la organización, los contactos o las formas de funcionamiento del partido. Los cuatro textos que siguen, fechados entre 1956 y 1959, constituyen, en definitiva, un pálido reflejo del esfuerzo, el sufrimiento y los costes humanos que la militancia hubo de asumir.
El primero es un largo informe interno a la dirección del Partido de Antonia Roca Llorca, trabajadora barcelonesa y esposa del también militante Juan Keyer. Está escrito en el tono sencillo de una luchadora de ambiente popular que explica, de manera bastante espontánea y cálida, su paso por las dependencias policiales, un infierno que se prolonga más de un mes. El relato de la deshumanización, las amenazas, los golpes, las humillaciones, se superpone con las reflexiones sobre cómo afrontar este difícil trance, y también con referencias a las formas de solidaridad procedentes del entorno de los militantes. El texto es, además, pródigo en detalles cotidianos sobre la militancia, los contactos, las “caídas”, las torturas, etc. Aunque el documento no cita la fecha de su elaboración, al producirse las detenciones en relación con el boicot a los tranvías de Barcelona, se deduce que los hechos que se relatan tuvieron lugar en enero de 1957.
El segundo texto procede también de una mujer, en este caso estudiante. Su interés especial se deriva del relato sobre la violencia policial y de las reflexiones sobre cómo actuar ante los duros interrogatorios en las comisarías. Escrito en un estilo algo más culto, dada la procedencia social de la autora, se centra en los interrogatorios policiales y las pesquisas para desentrañar los contactos y actividades reflejados en algunos restos de papeles incautados. También nos muestra que, frente a algunos tópicos que a veces se repiten, la violencia policial podía modularse según contextos y situaciones, pero en modo alguno respetaba a estudiantes o mujeres, sobre todo si estaban vinculados a las organizaciones clandestinas, y especialmente, en estos momentos, al PCE.
El tercer texto es un informe de “Andrés”, nombre usado en la clandestinidad por Miguel Núñez, dirigente del PSUC y uno de los responsables de la reorganización del partido en la segunda mitad de los años cincuenta. El informe está cifrado en lo que se refiere a los nombres propios, que aparecen luego identificados al final. La mayoría son militantes de base poco conocidos, pero, por ejemplo, se menciona a algunos dirigentes, como Gregorio López Raimundo (nº 23), el abogado Solé Barberá (nº 29) y hasta personajes públicos como el Abad de Monserrat (nº 37). El texto tiene bastante interés como ilustración de la labor de un dirigente implicado personal y directamente en la organización del interior. Relata también algunas de las torturas sufridas por Núñez y hasta las “discusiones políticas” entabladas por él con los verdugos, en una batalla en la que la lucha por preservar la dignidad personal y política era fundamental. Por ello da mucha importancia al comportamiento de los militantes en las tareas clandestinas y su actitud ante la policía, aspectos que siempre se analizaban, tras las “caídas”, para extraer enseñanzas. Menciona también al coronel Enrique Eymar, un personaje que, desde su puesto como “Juez militar especial, con jurisdicción en todo el territorio nacional”, dirigió el grueso de la represión judicial contra la oposición política entre 1958 y 1963. También entra en escena otro no menos siniestro verdugo, el jefe de la Brigada Político Social de Barcelona Antonio Creix, un anticomunista patológico que había ampliado sus conocimientos en técnicas represivas con el FBI en los Estados Unidos. Finalmente, resultan interesantes sus observaciones sobre el entretejimiento de redes de solidaridad y apoyo a los detenidos y presos.
El cuarto texto es de naturaleza distinta de los anteriores, dado que no se trata de un informe interno sino del contenido de una emisión de Radio España Independiente, la célebre Pirenaica, emisora comunista radicada en Bucarest, que dedicaba, como cabía esperar, mucho espacio a la represión y la solidaridad con sus víctimas. El tono es aquí mucho menos intimista y más heroico, resaltando el temple y el comportamiento ejemplar de los militantes represaliados. Aborda, concretamente, el procesamiento por un tribunal militar -que era lo usual entonces- de un grupo de activistas madrileños, encabezados por Simón Sánchez Montero y Luis Lucio Lobato, detenidos en vísperas de la llamada Huelga Nacional Política de junio de 1959. Se habla de las terribles torturas y vejaciones sufridas por los detenidos y también por sus familias. La crónica refleja también la práctica de aprovechar los interrogatorios policiales -especialmente por parte de los dirigentes, que debían sumir su responsabilidad- y sobre todo los procesos públicos para difundir la política de Reconciliación y el carácter pacífico de la lucha del partido, contraponiéndolos a la brutalidad policial y la represión judicial. Refleja, asimismo, el crecimiento en estos años de las acciones solidarias y por la amnistía, mencionando ejemplos como la carta de intelectuales encabezada por Ramón Menéndez Pidal, que inauguraba una práctica que en los años siguientes se iba a ampliar y generalizar.
>> [PDF 246 KB] Documento Nº36. Testimonios de la represión 1957-1959







