La apabullante campaña de propaganda de Estados Unidos y sus aliados sobre la “inminente invasión rusa de Ucrania” tiene un propósito preciso: sembrar el pánico entre la población ucraniana para que, ante el temor de la guerra, se refugie en las filas de la OTAN. De hecho, el expediente ucranio y la insistente alarma sobre la “amenaza rusa” es apenas un pretexto para impulsar una nueva expansión de la OTAN.
En las últimas dos décadas, la OTAN ha integrado a catorce nuevos países en cinco oleadas de expansión, doblando prácticamente sus Estados miembros sin ninguna necesidad estratégica. Washington quiere seguir añadiendo países a su esfera de influencia que asegura con un férreo dispositivo militar que obliga a todos sus miembros, de grado o por la fuerza.
Moscú aceptó la reunificación alemana con la condición de que la OTAN no se ampliaría y la integración de la Alemania unificada se hizo con el compromiso de que la alianza no se expandiría “ni una pulgada” hacia el Este, según las palabras de Baker. El primer Bush, Baker, Kohl, Genscher y el director de la CIA, Robert Gates, confirmaron el acuerdo y los documentos desclasificados del National Security Archive estadounidense sobre las conversaciones en los años noventa así lo demuestran. Sin embargo, todos engañaron al ingenuo Gorbachov que no pidió acuerdos por escrito. Después llegaron los incumplimientos de Estados Unidos y el inicio de la expansión militar de la OTAN: cinco oleadas desde 1999. Esas evidencias no impiden hoy mentir a Biden, Blinken, Stoltenberg y otros dirigentes atlantistas.
Pese a que Moscú ha negado los preparativos de invasión, la campaña mundial no se ha detenido: el Washington Post anunciaba el 3 de febrero (de fuente «anónima» gubernamental) que Moscú preparaba un plan de «falsa bandera» para justificar el ataque a Ucrania. Tras el diario, la CNN y portavoces del Departamento de Estado y del Pentágono difundieron y ampliaron la «información». Dos días después, el mismo periódico publicaba que Rusia podría apoderarse de Kiev en cuarenta y ocho horas, causando 50.000 muertos y cinco millones de refugiados, y The New York Times remachaba el clavo asegurando que las tropas rusas estaban en la fase final de los preparativos para el asalto.
La agencia Bloomberg publicaba la noticia de la invasión de Ucrania, que borraba horas después, Reuters anunciaba que Moscú ya tenía casi las tres cuartas partes de las fuerzas necesarias para hacerlo, asegurando que causarían decenas de miles de muertos, y el diario alemán Bild publicaba un supuesto plan ruso para la etapa posterior a la invasión. Las declaraciones del gobierno estadounidense, de la OTAN y de los ministros más atlantistas de Europa, de los países bálticos y Polonia, aumentan la alarma. El 11 de febrero, Biden pedía a los estadounidenses que abandonasen Ucrania antes de 48 horas ante el «inminente ataque ruso».
Rusia busca seguridad y estabilidad
Moscú sigue apoyando los acuerdos de Minsk, que han sido saboteados por el gobierno ucraniano con la aquiescencia de Washington, y la supuesta «invasión de Ucrania» es un elemento más de la presión occidental en toda la periferia rusa, que se añade al escenario principal que ya anunció Obama: el «giro a Asia». Acosar a China, en sus fuentes de aprovisionamiento, en las rutas comerciales (estrecho de Malaca), en el Mar de la China meridional y Taiwán, y con el AUKUS, precisa también eliminar (o al menos bloquear) al principal aliado estratégico de Pekín, que es Moscú, como constata el acuerdo suscrito en la cita de Putin y Xi Jinping con ocasión de los Juegos Olímpicos (para suministrar 10.000 millones de metros cúbicos de gas ruso al año y un gran aumento de las exportaciones de petróleo) y la declaración conjunta de los dos países.
Moscú y Pekín quieren también que Washington abandone su proyecto de instalar misiles de corto y medio alcance en Europa y en el Océano Pacífico.
Rusia busca seguridad y estabilidad en Europa y en toda su periferia. ¿Cuál es la propuesta rusa presentada a Washington? Que no se amplíe la OTAN, que Estados Unidos y sus aliados no desplieguen armamento ofensivo cerca de las fronteras rusas y que los dispositivos militares occidentales vuelvan a la situación en que estaban en 1997 cuando se firmó el Acta Fundacional OTAN-Rusia. En su respuesta a Moscú, Washington se negó a negociar y solo ofreció conversaciones sobre asuntos menores.
¿Para qué necesita la OTAN continuar su expansión? Su fuerza militar combinada es mayor que la de Rusia y el argumento de la «protección» de los aliados del Este de Europa y de la soberanía y «libertad de elección» es pura propaganda. En la desaforada campaña occidental, presentando a Rusia como «amenaza», se obvia interesadamente que la OTAN es una alianza de treinta países que dedica 860.000 millones de euros anuales a sus ejércitos mientras que Rusia invierte en defensa apenas el 8% del gasto de la OTAN. En la estrategia militar atlántica aprobada en 2019 se señala a Rusia como la principal amenaza para la seguridad y sobre las afirmaciones de que la Alianza es una “organización pacífica”, Putin recordó: «Iraq, Libia, Afganistán y Yugoslavia han visto lo pacífica que es la OTAN».
Criticando la declaración de Xi Jinping y Putin que se opone a la ampliación de la OTAN, su secretario general, Jens Stoltenberg, dijo que era «un intento de negar a las naciones soberanas el derecho a tomar sus propias decisiones, un derecho consagrado en documentos internacionales clave, debemos respetar las decisiones soberanas, no volver a una época de esferas de influencia donde las grandes potencias pueden decirles a otros lo que deben o no deben hacer», olvidando con hipocresía las violaciones de Estados Unidos y de la OTAN de la soberanía de muchos países. Occidente utiliza la retórica sobre la “libertad de elección” de Ucrania para justificar una nueva ampliación de la Alianza pero es apenas sucia propaganda. Solo hay que recordar la libertad que tuvo España tras el referéndum de 1986: las exigencias estadounidenses hicieron que la garantía de que no se ingresaría en la estructura militar de la OTAN fuera lanzada a la basura.
Lo que está en juego es la seguridad europea
La realidad es otra porque quien limita la soberanía de los países europeos es Estados Unidos: en la rueda de prensa de la Casa Blanca, ante el opresivo silencio de Olaf Scholz, Biden llegó a afirmar que Estados Unidos pondría fin al gasoducto Nord Stream 2 si Rusia «invade de nuevo Ucrania», pese a que no es un proyecto estadounidense sino un plan de Alemania y Rusia. La desfachatez estadounidense y la pretensión de que sus decisiones de gobierno deben ser aplicadas por todos los países alcanzó incluso a Pekín: el asesor de Seguridad Nacional, Jack Sullivan, declaró que China «tendrá que elegir si aplica o no las sanciones» a Rusia y destacó que si decide no cumplirlas «soportará sanciones que se derivan de ello».
La protección frente a la «amenaza rusa» no se sostiene porque quien afronta la agresividad y las amenazas son Rusia y sus aliados: las denominadas revoluciones de colores y el apoyo a operaciones de desestabilización llevan la marca de Washington. En los más ambiciosos planes de Estados Unidos figura la partición de Rusia, que eliminaría así un serio enemigo, pondría sus fuerzas nucleares bajo control estadounidense para su desmantelamiento y se apoderaría de los yacimientos de hidrocarburos rusos, atando a Alemania y dañando a China. No es un delirio: Estados Unidos ya estimuló la partición de la Unión Soviética financiando movimientos nacionalistas, apoyando a gobiernos secesionistas y azuzando las diferencias entre las antiguas repúblicas soviéticas, y ha intentando la partición de Iraq, Siria, Libia.
La seguridad debe ser compartida. De otra forma, se opta por la inestabilidad. Y seguir aproximando la OTAN a las fronteras rusas no consolida la paz. Lo que de verdad se ventila es la configuración de la seguridad europea, además de la hegemonía atómica: escudo antimisiles en Polonia y Rumanía, la alternativa al Tratado INF, la tentación estadounidense de instalar nuevos misiles de corto y medio alcance en Europa y el arsenal nuclear estadounidense en el continente. También el destino de las repúblicas soviéticas, Ucrania y Georgia, e incluso el Cáucaso y Asia central, con China al fondo del escenario. Doblarle el espinazo a Rusia, incluso con una eventual partición, significaría el control de los hidrocarburos por Estados Unidos y la desaparición del principal aliado de China.
Estados Unidos, que no acepta que sus guerras y agresiones de los últimos años fueran amenazas pese a la terrible mortandad causada, se cubre ahora con el hipócrita manto de la “seguridad de Ucrania” y el viejo Partido Demócrata y sus halcones se han revelado más agresivos incluso que sus colegas republicanos: parecía difícil superar a Trump en sus despropósitos de política exterior pero Biden lo ha conseguido.







