Murió Francisco Gallardo, un militante comunista extremeño, un hombre bueno

Falleció el 11 de febrero. La conciencia política le venía de sus padres, del tiempo de la República. Pero también de la dura brega, del vivir luchando por el pan y los cuatro derechos. Sus padres eran de Campanario pero acabaron viviendo en Lobón y Mérida, ya en los años de la postguerra. Francisco trabajó en el campo y más tarde en las minas de uranio de Albalá, en Cáceres. En la mina tuvo un accidente que le cogió una pierna y la espalda. Desde entonces andaría siempre con un bastón. Lo jubilaron de aquel empleo y empezó a trabajar en talleres y en la fábrica de La Casera, en Mérida. Pocos años después empezaría a tener graves problemas en los ojos, por subidas de tensión, hasta quedarse completamente ciego en el año 1978.

Fue un militante activo del PCE y de CCOO. Vendía Mundo Obrero casa por casa, en la barriada de la Paz, en Mérida, cuando el Partido era todavía ilegal. Sus hijas me recordaban ayer su batallar constante y su honradez a prueba de bombas. «Se bajaba los pantalones si hacía falta para conseguirle casa en La Paz a todo Cristo. Le escribió a la mujer de Franco y al Ministro de Vivienda para que todo el mundo tuviera casa, y se pateaba las calles haciendo listas con las viviendas vacías». Los sellos de las cuotas, las reuniones clandestinas, las casetas de feria, la entrega generosa en un tiempo en el que la política no estaba aún privatizada, amurallada contra los comunes. “¿Dónde habrá ido mi Partido?”, le decía a Paca, su hija, en los momentos de decepción.

“Le tenía devoción a la Pasionaria. Mi madre, a la Mártir; y él, a la Pasionaria», me contaba ayer Paca, que fue durante tanto tiempo su brazo, sus ojos y su hombro. Una imagen de Dolores Ibárruri estaba perenne en la mesa camilla. Siempre me quedará ese recuerdo como metáfora de su lealtad. Dolores y Francisco, juntos, dos fulgores generosos de un mundo por venir.

Su memoria y su ejemplo nos acompañarán siempre.

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