La mayor crisis por consumo de drogas en la historia de Estados Unidos no ha sido provocada por el narcotráfico internacional. Según la DEA (la Administración para el Control de Drogas), la mayor y más letal epidemia de heroína es el resultado de que se recetara masivamente el analgésico opioide OxyContin, comercializado por el clan Sackler ocultando su gran poder de adicción.
La dependencia del medicamento para el dolor crónico derivó en el consumo de heroína con medio millón de víctimas mortales por sobredosis. Purdue Pharma, la empresa de la familia Sackler, mintió al asegurar que no era un tratamiento peligroso, la FDA, la Administración de Alimentos y Medicamentos, lo aprobó sin una rigurosa comprobación, los gobiernos de los presidentes Clinton, Bush, Obama y Trump no intervinieron para pararlo, los grandes medios de comunicación no lo denunciaron y los médicos lo recetaron convencidos por el acoso de una agresiva publicidad o porque no tenían ni la preparación ni el tiempo suficiente en sus consultas para atender adecuadamente a los pacientes.
Lo que durante una década fue una epidemia nacional de fármacos con receta se transformó en 2010 en una epidemia de consumo de heroína. El 80% de los que comenzaron entonces a consumir heroína lo hicieron tras haber sido orientados inicialmente hacia el tratamiento cada vez en mayores dosis con los calmantes recetados.
A pesar de la cascada de denuncias contra los Sackler (una de las veinte mayores fortunas del país), la justicia de Estados Unidos ha consentido que el clan del OxyContin solo pague 4.500 millones de dólares para librarse de las responsabilidades penales después de haber mantenido durante veinticinco años un negocio de 35.000 millones que engendró una generación de adictos a la heroína.
Como denunció el senador Edward Kennedy, provocó “una pesadilla de dependencia y adicción”. The Guardian había advertido que “el dinero de la farmacéutica corre por las venas del Congreso y contribuye directamente a la epidemia de opioides que mata a miles de estadounidenses cada año”.
“Muchos abogados presionaban a los médicos con la amenaza de que los pacientes les demandarían si no les recetaban ese analgésico para sus dolores. En lo que se conocería como la revolución del dolor, la mayoría de los cien millones de estadounidenses con dolor crónico consumían opioides porque se aceptaba sin pruebas que no se convertirían en adictos. Las recetas pasaron de 600.000 en 1997 a seis millones en 2002. Las sobredosis subieron de diez al día en 1999 a una cada media hora en 2012” [1].
El Pablo Escobar de Estados Unidos
El OxyContin utilizó la oxicodona, “un primo químico de la heroína, mucho más potente que la morfina” [2], y los Sackler aplicaron para promocionarlo la misma estrategia que hace sesenta años inauguró el patriarca del clan, Arthur Sackler, en la venta de los tranquilizantes de Roche (Librium y Valium): la publicidad engañosa, el consentimiento de la FDA y un ejército de agresivos agentes comerciales (“sicarios con maletín”) que engañaban a los médicos, para que recetaran sus productos, con supuestos informes científicos orientados por la empresa farmacéutica.
Los tranquilizantes eran la penicilina de la tristeza, promocionados por la agencia de Arthur Sackler, especializada en publicidad farmacéutica, y comercializados sin estudios sobre su amenaza adictiva. El Valium fue el medicamento que más se consumía y del que más se abusaba en todo el mundo.
Con el OxyContin se propagó la mentira de la medicina mágica contra el dolor. Purdue, la empresa de los Sackler, engendró una generación de adictos a los opioides mediante el fomento tramposo y perseverante de la dependencia.
Los abogados de los Sackler negociaron con la Administración Trump para que se cerrasen las investigaciones [2].
A Richard Sackler, el máximo responsable, sus amigos le llamaban el Pablo Escobar de Estados Unidos.
NOTAS:
1. TIERRA DE SUEÑOS / La verdadera historia de la epidemia de opiáceos en Estados Unidos. Sam Quinones. Editorial Capitán Swing.
2. EL IMPERIO DEL DOLOR / La historia secreta de la dinastía que reinó en la industria farmacéutica. Patrick Radden Keefe. Reservoir Books. Grupo Editorial Penguin Random House.








