Aquella tarde Paquita llevaba el anorak de plástico azul y la falda escocesa, probablemente llevaría también los leotardos negros y los zapatones pero, claro, no pude saberlo. La falda quedó muy manchada, casi irreconocible, pero se notaba muy bien que era la falda de todos los días.
Yo la vi dos o tres veces en el cercanías, muy sentadita, con las manos sobre la falda y la mirada clavada en algún lugar más allá de la ventanilla. Casi siempre era a la misma hora, después de las aglomeraciones de la hora punta y luego, por la tarde, la volvía a ver otra vez con la mirada perdida, un poco antes de que saliera la gente de los trabajos.
Yo iba a un cursillo que había organizado la Casa de la Cultura de Fuenlabrada y empecé a fijarme en ella después de verla dos o tres veces seguidas. Era gorda, con el cabello ralo y casi transparente, peinado como un casquete. Podía tener entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años, aunque después de aquella tarde supe que tenía cuarenta y dos.
Recuerdo que vestía de esa forma falsamente despreocupada que usan algunas mujeres cuando ya se han dado cuenta de que nadie las mira, ni las mirará jamás.
Una mañana, el tren de cercanías tuvo una avería eléctrica y se detuvo durante veinte minutos. Todo el mundo empezó a despotricar y a mirar el reloj. Paquita estaba a mi lado y un hombre viejo, sin corbata, se dirigió a ella.
─¿Ahora qué digo yo en la empresa, eh? ¡Me lo quiere decir! ¡Qué coño digo yo ahora!
─Yo estoy en el paro ─respondió Paquita en voz baja─. Pero cuando trabajaba, muchas veces llegaba tarde y me lo descontaban. Pero antes era peor…, sí, mucho peor.
La única vez que le hablé, le dije:
─Ahora parece que son mejores los trenes, ¿no? Más bonitos.
─Antes no nos podíamos sentar ─añadió Paquita.
Entonces no sabía que se llamaba Paquita, pero otro día, una mujer flaca que comía pipas y llevaba una bolsa de deportes, habló con ella.
─… ¿tu madre cómo sigue, Paqui?
La voz se Paquita era suave, apenas audible.
─Ya ves, como siempre, se queda viendo la tele todo el día o si no, lava la ropa. Se tira todo el día lava que te lava.
─¿Y tu hermano, el Juan Pedro, no dice nada?
─Hija, ya ves, él a lo suyo, con los niños…, el curro…, además está en Badalona, muy lejos.
─¿Y sabe tu madre que estás en el paro?
─No, ¿para qué? Ella no entiende.
─¿Y te queda mucho?
─Un mes.
Se notaba que quería hablar, pero que no sabía, que no estaba entrenada, para hablar hay que tener un pequeño entrenamiento. Ella hablaba más con los ojos o con los encogimientos de hombros, pero no sabía empezar una conversación, ni terminarla.
─A mí me gusta venirme todas las mañanas en el tren como si fuera al curro, ¿sabes?… ─continuó Paquita.
La mujer de la bolsa de deportes había dejado de escucharla. Comía pipas ensimismada, pero Paquita seguía.
─… me doy un paseo, voy al parque, bueno, a los parques…, a los mercados… y me lo paso bien, ¿sabes? En Madrid hay muchas cosas que ver…, y me tomo un café con leche y me compro un bollito… Tienes que conocer la pastelería esa que hay en San Bernardo, la Pastelería Dólar…, la chica es muy simpática y hablamos un poquito y luego…
La mujer miró a Paquita con ojos distraídos. Yo estaba frente a ellas.
─Ya ─contestó la mujer─. ¿Entonces tu madre bien?
─… tengo pensado muchas cosas…, hacerme unos cursillos de jardín de infancia de ésos, ¿entiendes? Los niños me gustan mucho y se gana dinero. Me han dicho que hay demanda de eso, ¿Tú qué crees?
─¿Eh? ¡Ah, sí! Si se da algo te paso aviso, claro. ¿Y cómo te va?
─También hay un curso de peluquería, pero no sé… ─Paquita señaló el bolso marrón, sin forma, que apretaba sobre la falda─. Me traigo la comida y en el parque… Bueno, me parece que hoy voy a la calle…, mejor, al barrio de…, me gustan mucho las tiendas bonitas. A las siete o siete y media me vuelvo para casa. Le digo a madre que me he quedado con las compañeras para charlar.
Se calló de pronto y no volvió a hablar hasta que se despidió de la mujer al llegar a la estación.
Ésa fue la última vez que la vi, excepto aquella tarde.
Primero escuché el prolongado chirrido de los frenos del tren, luego gritos y el terrible silencio que se produce después de una catástrofe. La gente que aguardaba en los andenes se arremolinó en la cabecera del tren, mientras el conductor vomitaba y unos muchachos sacaban a Paquita de las vías sin piernas.
Me acuerdo que gritaba en medio de la sangre:
─¡Que me den trabajo, que me den trabajo!








