En las páginas finales del periódico la nota decía así:
“Tengo treinta y nueve años y me gusta el arte y la pintura. Vivo sola porque mis dos hijos están con su padre. Poseo piso propio y medios suficientes, pero añoro volver a compartir mi vida con alguien cariñoso y de buen corazón, que tenga parecida edad a la mía y gustos semejantes. También me gusta el campo y el cine”.
Para la primera cita ella no quería dar una imagen falsa y no se maquilló, excepto un poco de rímel en los ojos. Se puso un chaquetón, pantalones y botines, como solía vestirse a diario, porque tampoco quería dar la sensación de lo que no era. Intentaba ser ella misma, no disimular. Quizá lo único que disimulaba eran sus nervios.
Llegó a la cita nerviosa, pero sonriente. El hombre que se levantó en la cafetería le agradó. Se llamaba Luis, era divorciado como ella, y tenía cuarenta y siete años y hablaron mucho tiempo. Él bebía cerveza y ella vino blanco.
─Oye, mira ─le dijo el hombre, cuando acabó de beberse la segunda cerveza─. He reservado una habitación en un hotel ahí cerca. ¿Qué te parece?
La cabeza de ella se llenó de pronto del ruido de los bares de copas a los que antes solía acudir, de las camas en casas ajenas y en hoteles más o menos baratos, del contacto con pieles y sudores extraños y del olor a alcohol y del hueco terrible que se le formaba en el pecho por las mañanas.
Negó con la cabeza, pero no dejó de sonreír.
─Espera un poco…, perdona.
─¿Es que no te gusto?
Ella asintió levemente. Sí que le gustaba. Pero empezó a notar el pequeño desgarro en el fondo del pecho y se dijo que tenía que sonreír un poco más, mostrarse desenvuelta.
─Estábamos hablando tan bien y de pronto…
─¿Qué? ¿Te ha dado miedo? ¿Es eso?
─¿Miedo?
─Sí, miedo ─le acarició el brazo─. El hotel es muy bonito, ya verás. Allí podremos hablar mejor.
─Aquí también podemos hablar, ¿no? Anda, ¿pedimos otra copa?
Él suspiró y se encogió de hombros. Al volverse para avisar al camarero, observó su reloj.
Volvieron a beber, esta vez en silencio. Él le pasó la mano por el muslo, sobre el pantalón y ella se puso a hablarle de que ahora se dedicaba más a leer los libros que le habían impresionado de joven. La isla del Tesoro, Moby Dick…, Salgari… Su padre le regalaba las ediciones de Salgari de la Editorial Molino.
─¿Tienes algún amante? ─le preguntó él de pronto─. Te advierto que a mí no me importa.
Estuvo a punto de contestarle que el año pasado había tenido cuatro amantes ocasionales. Uno en un viaje a Tailandia que duró lo que el viaje, otro fue el resultado de un encuentro a las cuatro de la madrugada en un bar de copas y era un tipo que reía y reía y ella necesitaba que le hicieran reír. Lo pasó muy bien con él, pero le dijo al otro día por la mañana que iba a irse a vivir a otra ciudad y que había sido feliz. El tercero lo encontró en la fiesta de cumpleaños de su amiga Ágata, la besó en la cocina y le dijo que no se fuera lejos esa noche. Aquello le gustó y esa noche no estuvo lejos. El tipo le propuso hacérselo con ella y Ágata a la vez y ella accedió. Se arrepintió por la mitad. Se levantó y se marchó y escuchó a Ágata que le decía al tipo: “En la Facultad era igual”.
El cuarto hombre era diferente y duró más. Se trataba de Maldonado, el Jefe de Sección en el Ministerio, con el que llevaba cuatro años de café por las mañanas y de bromas. De pronto se le declaró en el chalet de Miraflores, en un aparte, y se empezaron a ver cada quince días porque su mujer no lo comprendía. Siempre hablaba de él, de las putadas que le hacían todos, de las envidias que suscitaba. Cortó en la tercera cita, cuando supo que se veía también con su secretaria. Ahora ya no bromeaba con ella cuando se veían por los pasillos.
─¿En qué piensas? ─le preguntó él─. ¿Tantos amantes tienes?
─Ahora no tengo ninguno, nunca me ha gustado tener más que un hombre a la vez. ¿Quieres que brindemos?
─Vale. ¿Por qué brindamos?
El hombre volvió a observar el reloj.
─Por nosotros ─dijo ella y levantó la copa y se la bebió entera. El vino blanco le bajó por la garganta─. ¿Y tú, tienes muchas amantes?
─¿Yo? No, yo soy muy normalito, sabes. Te lo he contado ya, ¿no? ¿Qué quieres saber más?
─¿Te has enfadado por algo?
─¿Yo? Yo no estoy enfadado, pero…
─¿Pero, qué? ¿Qué ibas a decir?
─Que me gusta hacer el amor, ¿entiendes? Además, el hotel ya está pagado. Creía que tú y yo nos entenderíamos enseguida… Bueno, somos adultos, ¿no?
─Sí, somos adultos.
─Voy a pedir otra copa ─dijo él.
El mes pasado ella vio a su ex marido. Estaba más delgado de como lo que recordaba y tenía casi todo el cabello blanco. Fue cariñoso y atento con ella y sintió una gran ternura por él, unas ganas enormes de abrazarlo y cuidarlo. Se parecía cada vez más a su hijo, como si al hacerse mayor se hiciera más joven.
El camarero trajo las copas y ambos bebieron.
─Estoy separado ─dijo él─. Ya te lo he dicho, llevo catorce años separado. Vamos, que estoy libre.
Ella llevaba cinco años separada, sin contar los dos últimos años de matrimonio, sin hacer el amor ni una sola vez. De pronto, se vio a sí misma haciendo el amor con el hombre que tenía enfrente. El hombre la besaba dulcemente en el cuello y le sonreía y le acariciaba con dulzura. En realidad, parecía un buen hombre. Volvió a sonreírle.
─Los dos somos adultos ─repitió ella y pensó: “¿Por qué no? Ágata, por ejemplo, ya se hubiera ido con él”.
─Me parece que eres una estrecha ─dijo él─. Que tienes miedo. ¿Es malo follar? Te lo digo por última vez ─miró el reloj y se puso en pie─. ¿Te vienes o no? No me gusta perder el tiempo, lo siento.
Ella se quedó inmóvil con la última copa de vino blanco en la mano. El hombre le había hablado observando la puerta de la cafetería.
─¿No dices nada?… Bueno vete a la mierda ─le dijo él.
Ella contempló cómo le pagaba al camarero y cómo caminaba, un poco inclinado hacia la izquierda, en dirección a la puerta. Era bien parecido, bastante interesante y estuvo tentada de levantarse y correr tras él, pero se quedó clavada en la silla. Él abrió la puerta y se marchó.
Ahora la cafetería se había llenado de jóvenes que reían y tomaban refrescos. Algunos eran incluso más jóvenes que sus hijos y pensó en ellos. Quizá cuando llegase a su casa a lo mejor se decidía a llamarlos por teléfono, aunque no supiese bien qué decirles.
Terminó de beberse la copa y sintió que ya se le estaba formando en el pecho el hueco por donde se desplomaría un poco más tarde. Conocía ya ese hueco, pero no debería llorar en una cafetería, vieja loca.








