La conformación de una mayoría suficiente para la mesa del Congreso de los Diputados es una buena señal de cara a la constitución del futuro gobierno. No será fácil. El ajustado resultado de las elecciones del pasado 23 de julio obliga a un conjunto de equilibrios complejos y a una negociación permanente, no sólo para la sesión de investidura sino para toda la futura acción de gobierno y la agenda legislativa. Lo más inmediato, después de la elección de la mesa, es la configuración de los grupos parlamentarios y el proceso de consultas. Alberto Núñez Feijoo acaba de forzar una sesión de investidura de la que muy probablemente será derrotado. Pero lo formal no debería ocultar la cuestión real de fondo que no es otra que el contenido programático que pueda sustentar a la mayoría progresista y democrática, la única que tiene posibilidades reales de prosperar, a la que aludimos en el título de este artículo.
Para empezar, es preciso concretar a qué se refiere la apelación a una mayoría progresista y democrática. En cuanto al primer término, su eje fundamental lo constituyen las fuerzas que conformaron el anterior gobierno, el PSOE y lo que representa hoy Sumar, que amplía el espectro de organizaciones que componían Unidas Podemos. A lo anterior hay que añadir a las organizaciones de la izquierda nacionalista, BNG, EH-Bildu y ERC. Lo democrático lo constituyen, además de lo hasta aquí enumerado, formaciones ajenas al espacio progresista, incluso con perfiles de derecha como se evidencia en la gestión del PNV y el nacionalismo conservador catalán en sus respectivas autonomías o en el apoyo a anteriores gobiernos del PP. La reivindicación democrática de la cuestión nacional y de la organización territorial del Estado es la que permite plantear la posibilidad de un acuerdo programático más allá de cesiones presupuestarias o competenciales que retribuyan su apoyo coyuntural.
La complejidad del anterior escenario es más que evidente, aunque no conduce necesariamente al pesimismo. Aunque el PSOE parte de las elecciones con un mayor número de diputados y, en especial, se refuerza en su correlación de fuerzas con la izquierda (Sumar contará con menos diputados de los que conformaban el grupo parlamentario de Unidas Podemos-En Comu Podem-Galicia en Común y otros partidos hoy integrados en la coalición), el margen de los posibles acuerdos se estrecha por la necesidad de enfrentar un bloque de la derecha más homogéneo y hostil. El PSOE no podrá acudir a la opción de mantener una geometría variable, algo recurrente en la anterior legislatura y una tentación siempre azuzada por su sector más conservador. En este terreno de amplios acuerdos es donde Sumar puede desempeñar un papel crucial para desarrollar un programa consistente que dé continuidad a lo logrado en la anterior legislatura, incluso con una capacidad de incidencia mayor.
Programa, programa, programa
La clave, en coherencia con la anterior reflexión, es el contenido del programa que se está negociando. Hay que tomarlo en serio. Programa, programa, programa. Para ello es preciso contar con varias premisas, entre ellas la legitimidad de las reivindicaciones que tienden hacia la federalidad del Estado y su consideración plurinacional, la evaluación pendiente del anterior acuerdo de legislatura y las aspiraciones no satisfechas de amplios sectores de la población, representados en la agenda de las organizaciones sociales y en especial de los sindicatos. Veamos cómo se pueden abordar estas premisas.
En primer lugar, abandonemos caer en el error de la monserga de que las reivindicaciones que pretenden configurar una España plurinacional son cesiones indeseadas a las organizaciones nacionalistas periféricas. Es obvio que la izquierda no comparte un discurso que tiene un claro anclaje con la visión uniformista del franquismo, pero a veces la estridencia de los discursos y la presión mediática provocan reacciones defensivas que lo alimentan. Esto no significa dejar de criticar al PNV o a Junts cuando sea necesario, sino hacerlo desde un enfoque de izquierdas y en contra de sus concepciones neoliberales.
Todas las fuerzas que quieren resistir la posibilidad de un gobierno del PP con ministros de Vox, sentirán la presión social y política sobre su decisión
La actitud acomplejada en este ámbito refuerza el chovinismo españolista de las derechas y el discurso que les ha permitido levantar la cabeza después de su responsabilidad en la gestión de la crisis que comenzó en 2007-2008. Insisto, lo anterior no supone ignorar el carácter de clase de los nacionalismos más conservadores ni mantener una actitud acrítica frente a sus proyectos, sino asumir un aspecto esencial del programa de los comunistas y del conjunto de la izquierda. Tengamos en cuenta que la complejidad de la actual situación no sólo nos afecta a la izquierda, todas las fuerzas que quieren resistir la posibilidad de un gobierno del PP con ministros de Vox, algo que ya se está sufriendo en diferentes comunidades autónomas, sentirán la presión social y política de ser responsables de que semejante escenario se haga realidad. La necesidad de acordar con estas fuerzas dificultará las medidas sociales y de recuperación de lo público más ambiciosas, pero está por ver que tengan capacidad para bloquearlas.
Un balance necesario
La precipitación de la convocatoria de las elecciones generales, adelantadas como consecuencia de los resultados en las autonómicas y locales, ha impedido realizar un balance detenido de la acción del anterior gobierno y del cumplimiento del acuerdo de legislatura. Es un ejercicio necesario que nos permitirá abordar en mejores condiciones la comprensión de las actuales negociaciones. La situación de excepcionalidad permanente desde el inicio de la legislatura que finalizó hace apenas un mes, ante la necesidad de atender las consecuencias de la pandemia y las posteriores de la guerra en Ucrania, enmarcaron las acciones de gobierno en una situación de emergencia, en la mayoría de los casos con un carácter paliativo.
La ruptura de la lógica neoliberal de los recortes y la pérdida de derechos como medicina para afrontar las crisis, que ha constituido el principal logro del anterior gobierno y, en especial, de la presencia y la insistencia de la izquierda transformadora en el mismo, debe ser continuada con una actuación coherente que consolide y desarrolle los avances. La actuación coordinada en el parlamento y las propuestas de Sumar en las negociaciones que se están desarrollando reforzarán esta perspectiva, fundamental para consolidar la “excepción española”. Esta excepción acarrea una gran responsabilidad ante el conjunto de la izquierda europea que nos observa con un lógico interés en un panorama desolador de ola reaccionaria. Con toda probabilidad, el papel de la Unión Europea no será tan permisivo en la nueva etapa, por lo que la capacidad de propuesta, maniobra y resistencia de Sumar será decisiva para definir el rumbo del próximo gobierno.
Lo dicho hasta ahora no debe impedirnos tener presentes los incumplimientos del anterior gobierno ni la actitud del PSOE al bloquear o minimizar la realización de medidas contempladas en el acuerdo de legislatura. Estoy pensando, como un ejemplo de fácil comprensión, en la ley de secretos oficiales o en la gestión de las políticas de interior, en muchos casos continuistas y poco acordes con lo que debería ser un gobierno progresista y democrático. En este ámbito hay condiciones para avanzar, seguramente por consideraciones muy diferentes de los distintos actores que operan en la mayoría que se debe conformar, pero que pueden ser decisivos para desbloquear un programa tantas veces aparcado.
Negociación y movilización social
Frente a visiones reduccionistas que contraponen lo institucional a lo social, los comunistas siempre hemos insistido en su relación dialéctica. La participación y la movilización social son aspectos inherentes a la configuración de un programa de izquierdas y su puesta en práctica. La situación actual de la izquierda social y política nos ofrece la posibilidad de reforzar este enfoque. Las necesidades más apegadas a la realidad cotidiana de la mayoría social trabajadora, como la sanidad o la educación, han estimulado importantes movilizaciones. La misma reacción del electorado el 23 de julio y su contraste con las locales de un mes antes, demuestran que existe una base social que reclama la continuidad de los cambios y su profundización.
El estado embrionario de la coalición Sumar y las diferentes visiones sobre su futuro, normales en un proyecto que aglutina por primera vez a la inmensa mayoría de fuerzas de la izquierda transformadora, rompiendo una lógica centrífuga que se arrastra desde hace muchos años, es una tarea que debe afrontarse con urgencia y profundidad, más allá de las estrategias electorales, porque la organización no se improvisa. Se requerirá el compromiso, la habilidad y la generosidad de quienes han apostado por su consolidación.
Con todo, como ha ocurrido en la anterior legislatura en los momentos decisivos, la movilización social debe ser un factor esencial en el actual periodo que afrontamos, siendo muy amplia la consciencia del riesgo que supone una involución reaccionaria. La articulación de las luchas sociales y la acción política debe defender lo conquistado, exigir su desarrollo y afrontar la batalla ideológica y cultural a las derechas. Objetivos que no cumpliremos desde la pasividad o el conformismo. Queda mucho camino por recorrer. Sea cual sea el contenido de las actuales negociaciones y la decisión que adopten el PCE e Izquierda Unida, la izquierda social y política debe ser un actor decisivo en un momento clave de nuestra historia.







