El pasado dos de diciembre se ha cumplido el bicentenario del discurso “El estado de la Unión” pronunciado por el presidente de Estados Unidos James Monroe ante el congreso y en el cual esbozó los lineamientos generales de la política exterior norteamericana en un momento muy complejo, “la era de las revoluciones”, según definición de Eric Hobsbawn, cuando el país atravesaba un difícil momento. Aquel discurso y sobre todo la estrategia en política exterior se basaba en la idea, cultivada por el joven diplomático John Q. Adams, de hacer de la Unión una gran “República continental”, que fuera contención de las políticas intervencionistas de Europa en la región. “América para los americanos”, fue la famosa consigna, que más que un proteccionismo colectivo, era el anuncio de una ofensiva intervencionista y anexionista que se inauguró con el violento robo de casi la mitad del territorio mexicano y que consolidaría el concepto de una América latina y caribeña como patio trasero de la nueva potencia imperialista.
Durante doscientos años todos los proyectos soberanistas fueron aplastados a sangre y fuego mediante golpes militares, dictaduras sangrientas, magnicidios y el control económico, político, ideológico y cultural. Solamente Cuba y su gesta de resistencia logró sobreponerse a la garra imperialista, propinando incluso en sus playas, la primera gran derrota militar del coloso. Hasta que llegaron los gobiernos progresistas a cambiar el panorama político de la región enarbolando las banderas y el pensamiento bolivariano de la segunda y verdadera independencia, ola dirigida por una pléyade de patriotas antiimperialistas donde sobresalían Hugo Chávez, Evo Morales, Luis Ignacio Lula Da Silva, Rafael Correa, Pepe Mujica o Néstor Kirchner, que encabezaban la irrupción de movimientos emancipatorios con gran protagonismo de los pueblos indígenas, las luchas campesinas y la de los sin tierra, las barriadas obreras, y las de los hambrientos y excluidos de las favelas de todo el continente. También de los movimientos feministas insurgentes y los estudiantes pobres de las universidades y escuelas públicas.
El imperialismo no se iba a quedar quieto y renovó sus políticas desestabilizadoras con las ilegales guerras mediáticas y jurídicas.
Pero los pueblos tampoco se quedarían quietos.
Los resultados electorales en Argentina y Ecuador responden más a los errores y vacíos de la izquierda que a las virtudes de la derecha, según diversos analistas
Vivimos en estas últimas dos décadas una permanente guerra de posiciones entre la izquierda y los movimientos progresistas y las extremas derechas apoyadas por Estados Unidos. Los procesos de flujo y de reflujo, los avances y los retrocesos se realizan en periodos más cortos. Son más rápidos los cambios en las correlaciones de fuerza, los llamados ciclos o movimientos del péndulo, aunque ya los movimientos no son pendulares. A cada cambio hay nuevas subjetividades tanto dentro de las derechas como dentro del campo democrático y progresista.
Las elecciones en Ecuador y en Argentina le han aportado puntos importantes al bando derechista, y según planteamientos de diversos analistas, más por los errores y vacíos de la izquierda que por virtudes de la derecha. Esta experiencia argentina, al igual que los desarrollos políticos en países como Colombia, Brasil, Bolivia, Venezuela o España invitan a estudiar colectivamente los procesos.
El Foro de Sao Paulo y la Izquierda Unitaria Europea tienen la palabra.








