Terminaba el artículo anterior de esta ya apasionante serie intentando responderme a mí mismo la pregunta que mi amigo Rodríguez me planteaba sobre la posible construcción de una central hidroeléctrica reversible aprovechando la ya existente en Castrelo de Miño. Venían a mi memoria las movilizaciones de los afectados por la inundación de aquella tierra feraz, y reflexionaba sobre las enormes dificultades que se nos plantean a los ingenieros cuando tenemos que llevar a la práctica una obra que, si bien es cierto que supondrá una innegable mejora en el funcionamiento del sistema eléctrico, lleva aparejada la destrucción de un importante patrimonio material o inmaterial, como sucede en este caso con importantes manifestaciones de la cultura megalítica, como las «mámoas» o los «petroglifos» —grabados rupestres— de Reigoso.
Para ponernos de nuevo en situación, recordemos lo que expresábamos —a modo de broma culterana—, con la que denominábamos «Segunda dislocación»: la energía nunca está cuando se la necesita. Y si nunca está cuando, la posibilidad de implantación de una central hidroeléctrica de bombeo, es decir un sistema de almacenamiento energético es una buena noticia.
Como supongo que ya sabéis, esta tecnología —también conocida como hidroeléctrica reversible— es actualmente el sistema más eficiente para almacenar energía eléctrica[1] a gran escala. Es más rentable que otras formas de almacenaje y aporta gran seguridad y sostenibilidad al sistema eléctrico, un tiempo de respuesta muy rápido y con la ventaja añadida de no comprometer la estabilidad del sistema. ¿Todo ventajas? ¡Claro que no! Como cualquier otra actuación sobre nuestro entorno, incluida algo tan aparentemente inocuo para el medio ambiente como el cultivo de unas tierras que estaban a barbecho, tiene consecuencias deseables e indeseables, de la misma forma que todo envés tiene su inevitable reverso.
Pero intentemos no caer en la trampa de explicar demasiadas cosas de una vez, y volvamos al auténtico nudo gordiano del problema: las razones y sinrazones de unos y otros en la disputa entre «territorios generadores» y «territorios consumidores», una vez que hemos dejado suficientemente claro en el artículo anterior, la diferencia entre los conceptos de «territorios excedentarios» y «territorios autosuficientes». Dejando claro previamente, y aún a riesgo de caer odioso a tirios y troyanos, que no comparto las propuestas de establecer precios diferentes de la energía entre ambos tipos de territorios, generadores y consumidores, porque sostengo —y expondré mis argumentos a favor de tal postura— que los habitantes de Orcasitas, o del Pozo del Tío Raimundo, deben pagar los kWh al mismo precio que los que viven en Portomarín, por poner un ejemplo de un pueblo cuyos antepasados duermen bajo las aguas de un embalse —el de Belesar—, y cuyos agravios y razones para obtener de ello algún beneficio gozan de todas mis simpatías.
Quizás lo primero en lo que tendríamos que pensar es, no tanto en las razones de los enfrentamientos entre los dos tipos de territorios sino las razones por las cuales hay algunas personas que viven en los barrios periféricos de Madrid y otros en el rural. La distribución de la población en los territorios es un fenómeno muy complejo y cambiante, fuertemente influenciado por una gran variedad de factores históricos, geográficos, económicos y sociales que se apartan de un artículo como este. Recordemos solamente que los factores que más pesan en esta elección son la climatología, la disponibilidad de agua dulce, las condiciones favorables para la agricultura, y la proximidad a los ríos o al mar, y en mucha menor medida las disponibilidades energéticas.
Cuando por la natural evolución de las sociedades —abandono masivo del medio rural en busca de mejores oportunidades económicas, etc.— las necesidades energéticas crecen, como las ciudades suelen estar ubicadas lejos de las fuentes de energía, se imponen las soluciones energéticas que, como la electricidad, son fácilmente transportables desde los territorios donde son abundantes hasta los que la demanda. Surge entonces el concepto antes verbalizado de «territorios generadores», que sufrirán la mayoría de los efectos negativos de la construcción de los aprovechamientos energéticos y pocas de sus ventajas, y los «territorios consumidores», tendrán todas las ventajas y ninguno de sus inconvenientes. Y esto es así y tiene mal arreglo, como hemos aprendido de manera tan gráfica y a veces divertida en las películas del Far-West.
Y digo que tiene mal arreglo porque los enfrentamientos entre territorios “convienen” a los poderosos; porque en realidad no son enfrentamientos entre territorios sino enfrentamientos de intereses donde los que salen ganando y los que salen perdiendo no tienen una identidad territorial común sino una identidad de clase. Porque no nos equivoquemos: el «interés general», ese concepto que se enarbola siempre que se quiere vulnerar los de la mayoría, pese a su definición canónica no defiende los intereses generales, los que benefician a la sociedad en su conjunto, sino los intereses concretos de un grupo específico.
- Entonces, don Manoel, ¡me está dando la razón! Si los «territorios generadores», como les llama usted, tienen todos los inconvenientes y pocas de las ventajas de tener las grandes plantas de generación eléctrica destrozando el medio ambiente, ¿no deberían de tener alguna compensación?
- ¡Evidente! El problema es determinar cuáles deben ser esas compensaciones y cómo articular esas acciones de discriminación positiva para que sirvan a su verdadero fin: el progreso de ese territorio y el bienestar de sus gentes.
- ¡Hombre, don Manoel! ¡Eso se llama escaparse por la gatera! ¡Alguna propuesta tendrá usted!
Fruncí el ceño. No niego que alguna idea tengo yo sobre el asunto. Pero como habitante de un «territorio consumidor» lejos de mí la desvergüenza de exponer desde mi atalaya de “instruido no afectado” mis buenos consejos para los damnificados. Considero que las propuestas deberán de surgir de los propios habitantes de territorios afectados, de la propia sociedad civil organizada e informada, que se oponga al avance del individualismo feroz que preconiza la ideología mal llamada liberal, mediante la acción organizada y colaborativa donde cada uno pierden algo de lo propio en beneficio de lo común. Solamente así podremos cambiar la sociedad: comenzando por cambiarnos a nosotros mismos.
[1] En esencia una central hidroeléctrica de bombeo se basa en la existencia de dos embalses a distinta altura (cota) que permiten ambos el almacenamiento de agua. En las horas de bajo consumo, generalmente durante la noche de los días laborables y en los fines de semana, se usa la potencia disponible en generación para —invirtiendo el funcionamiento del conjunto turbina/generador— elevar el agua del embalse situado en la cota inferior al depósito superior que actúa como un depósito de almacenamiento. Cabe señalar que el único dispositivo de almacenaje de la energía eléctrica sin conversión energética es el condensador, o en los textos hispanos «capacitor» reversible de a motor/bomba.







