Hay días…

Nos desgastamos en luchas y discusiones, sin atender a por qué pasa lo que pasa, a cómo es posible que gente mediocre, paladines de la mentira y el exabrupto, gocen de tanto crédito

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Hay días en que uno se levanta con una profunda decepción pegada al alma. Ayuda el cielo cubierto, la falta de ese sol mediterráneo que alegra la vida llenándola de esperanza. Me digo a mí mismo que ese regusto amargo que dejan los pensamientos turbios, tal vez se deba a que la noche anterior bebí algo más de la cuenta. Pero no. La cosa no fue más allá de un par de vasos de vino. Una nimiedad para este hígado mío, tan acostumbrado a la bohemia.

Rebusco en la memoria repasando lo que viví ayer para dar con la raíz del problema. También lo que me llegó a través de los medios de comunicación, tan olvidadizos según qué asuntos, tan repetitivos, según qué otros. El genocidio en Palestina, la matanza indiscriminada con el único objetivo de expulsar a los palestinos de su propia tierra, podría ser el motivo. Pero eso, la perseverancia en el tiempo del Estado sionista en llevar a cabo su labor de limpieza étnica y el silencio cómplice de la comunidad internacional, no es motivo de tristeza, sino de rabia.

Tampoco me decepcionan las palabras de la presidenta de Madrid relacionando el aumento de enfermedades y la violencia sexual con la inmigración. El discurso fascista se le supone a quien, ya de joven, se le llenaba el morro de loas a Jose Antonio Primo de Rivera, nuestro particular remedo de Mussolini. Ni siquiera cuando, en otra brillante intervención, asegura que la gente no quiere trabajar porque cobran un subsidio de cuatrocientos y pico euros, cantidad que ella seguramente habrá desembolsado alegremente en una cena entre amigotes, o lo que es peor, habrá firmado la factura como gastos de representación a cargo del erario público. ¡Cómo no esperar que semejante disparate provenga de la misma persona que evitó que se atendieran a miles de ancianos cuando la pandemia, precisamente quienes no tenían seguro privado, dejándoles morir en las residencias en medio del más absoluto abandono!

Y es entonces cuando me asalta el recuerdo de un programa de la televisión autonómica de mi región que vi ayer y entiendo la causa de mi agobio. El reportero, micrófono en mano, preguntaba a varios transeúntes qué opinión les merecía la princesa Leonor e invariablemente, o al menos eso es lo que se reflejaba en la pantalla, uno tras otro, no dejaban de ensalzarla: que si estaba muy preparada, que si sabía inglés, que si se la veía muy formal para su edad, que si no había nadie mejor para coger las riendas del Estado… ¿Pero de dónde ha podido salir tanta imbecilidad, tal despropósito? ¿Qué clase de virus se ha apoderado de la especie humana para asumir con tanto entusiasmo que una joven, cuyo único mérito es ser nieta de aquel a quién el Dictador designó como sucesor, por arte de un real polvo, goce de privilegios, autoridad, salario desorbitado e impunidad? ¿Habrán echado algo en el agua para acabar convenciendo a gran parte de la población de la bondad de la monarquía, que la cerveza es sinónimo de libertad y que los hombres se ven amenazados por los crecientes derechos adquiridos por las mujeres? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Sabiamente, la República impidió que las ordenes religiosas se ocuparan de la educación. Y en su vuelta a las aulas, tal vez esté el germen de este momento de estulticia y vasallaje. Tanta farsa religiosa travestida de tradición, semanas santas, procesiones, vírgenes de corazones atravesados por puñales, el culto al sufrimiento y la resignación, santos y cristos, obnubilan la mente generación tras generación. Franciscanos, dominicos, agustinos, monjas de la caridad o adoradoras del santo prepucio, envenenan el pensamiento de nuestros jóvenes, que de tanto acostumbrarse a creer lo increíble, dejan de cuestionar los mensajes que llegan desde las alturas.

Y mientras, nosotros, aun teniendo la razón de nuestro lado, nos desgastamos en luchas y discusiones, sin atender a por qué pasa lo que pasa, a cómo es posible que gente mediocre, de discurso tabernero, paladines de la mentira y el exabrupto, gocen de tanto crédito.

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